14 de mayo de 2021, 8:18:53
Opinión

TRIBUNA


Stalin, la hora de la muerte

Alejandro San Francisco


Stalin, que había nacido en Georgia en 1878 como Iosif Visariónovich Dugashvili, llegó a ser una de las principales figuras políticas del mundo entre 1924 y la fecha de su muerte, el 5 de marzo de 1953, hace exactamente sesenta y tres años. Por lo mismo conviene recordarlo, y conocer más de su vida, la que se puede seguir, entre otras obras, en la completa biografía de Robert Service (publicada por Siglo XXI el 2006).

A la muerte de Lenin, en 1924, no estaba completamente claro quién sería su sucesor. Aparecían con más posibilidades Stalin y Trotski, que tenían méritos y credenciales revolucionarias de sobra para suceder al líder de la Revolución Bolchevique triunfante en 1917, cuya muerte aparecía como prematura y que hacía prever peligros en el horizonte.

El propio Lenin se había referido a ambos en su “Testamento Político” de fines de 1922 y comienzos de 1923, y no dejaba bien parado a ninguno de ellos. De Stalin decía que “ha concentrado en sus manos un poder inmenso, y no estoy seguro que siempre sepa utilizarlo con la suficiente prudencia”, agregando después que “es demasiado brusco, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el cargo de Secretario General”. Sobre Trotski, por su parte, lo consideraba “el hombre más capaz del actual Comité Central, pero está demasiado ensoberbecido y demasiado atraído por el aspecto puramente administrativo de los asuntos”.

Según sabemos, finalmente se impuso Stalin, quien gobernó con mano de hierro, completando la obra de Lenin en la construcción del primer sistema comunista en el mundo. Rápidamente se apropió del “leninismo” y se proclamó su sucesor, después organizó la socialización de la agricultura, con millones de víctimas, promovió la industrialización y llevó a cabo lo que se ha llamado la “autodestrucción de los bolcheviques” en la década de 1930. Ahí cayeron asesinados numerosos miembros del Partido, así como otras muchas personas en una verdadera escalada de terror que en el último tiempo ha sido narrada magistralmente por Karl Schlögel, enTerror y utopía. Moscú en 1937 (Barcelona, Acantilado, 2014).

Entre las curiosidades históricas de esos años, primero celebró un pacto con Hitler poco antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial, en agosto de 1939. Después, el ataque encabezado por el dictador nacional socialista los llevó al enfrentamiento, y la figura de Stalin emergería como aliada de Churchill y Roosevelt en la lucha contra el peligroso enemigo, a quien derrotaron finalmente en 1945. Era la hora cumbre del poder y prestigio del dictador soviético. Sin embargo, muy pronto comenzó la Guerra Fría, que enfrentaría a los Estados Unidos contra la Unión Soviética, y que había sido advertida por el ex Primer Ministro británico en su denuncia de la formación del “telón de acero”, que dividía a las sociedades libres de aquellas caídas bajo el yugo totalitario en Europa del Este que se organizaron bajo el modelo soviético, como ha ilustrado el excelente trabajo de Anne Applebaum, El Telón de Acero. La destrucción de Europa del Este 1944-1956 (Madrid, Debate, 2014). Se podría decir que era el momento triunfal del comunismo en el mundo, conquistando país tras país y anunciando el mundo que venía. El propio Stalin se atrevió a decir en 1948 lo siguiente: “La situación actual, un mundo pacífico y no por ello menos hostil, puede durar todavía varios años, pero llegará el día en que el conflicto, y lo reitero, será inevitable” (citado en Melvyn P. Leffler, La guerra después de la guerra. Estados Unidos, la Unión Soviética y la Guerra Fría, Barcelona, Crítica, 2008).

Sin embargo, en apenas cinco años la muerte alcanzó al propio Stalin, y la noticia sacudió no solo a sus partidarios en todo el mundo, sino que también significó un gran acontecimiento en la Unión Soviética, acostumbrada a su liderazgo y que ahora debía buscar la forma de encarar el nuevo periodo, con desafíos locales e internacionales. Rápidamente se comenzó a ver una mano distinta, una relativa mayor apertura y ciertamente una disminución de ese temor, verdadero terror, que inspiraba el jerarca.

En febrero de 1956 se realizó el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, con la asistencia de numerosos compañeros de ruta alrededor del mundo. Sin embargo, un Informe Secreto venía a terminar con el mito Stalin, condenaba su figura, su gobierno y algunos de sus crímenes, así como reconocía el error que había significado “el culto a la personalidad y sus dañinas consecuencias”: “dueño de un poder ilimitado, su despotismo no conoció límites y fue capaz de aniquilar a los hombres moral y físicamente”, denunciando especialmente el asesinato de numerosos comunistas entre 1935 y 1938: de los 139 miembros y candidatos del Comité Central en 1934, 98 fueron arrestados y fusilados.

Una de las conclusiones del Congreso era la necesidad de “restaurar completamente los principios leninistas de democracia soviético-socialista”. Con esto quedaba definida una posición oficial: Stalin había sido una desviación de Lenin, y era necesario volver a las fuentes legítimas del comunismo. Como suele ocurrir en la historia, el problema era bastante más complejo, y resulta difícil aceptar la versión oficial, más aún cuando Stalin había sido un sucesor coherente de Lenin, a pesar de su personal brutalidad y ciertamente de su formación ideológica más precaria. De esta manera, “el culto a la personalidad” resulta un eufemismo que no logra esconder el problema de fondo del régimen nacido con la Revolución de Octubre.

Como sintetiza Robert Service en su Historia de Rusia en el siglo XX (Barcelona, Crítica, 2000), aunque“seguramente Lenin se habría horrorizado ante la bacanal de represión del NKVD, pero no debe olvidarse lo mucho que Stalin había aprendido y heredado de Lenin”. Por ejemplo, en las ideas de Lenin sobre la violencia, la dictadura, el terror y el centralismo, que se sumaban a los medios específicos para la aplicación del terror. Así continúa el profesor de la Universidad de Oxford: “Stalin no era el que había inventado la Checa, los campos de trabajos forzados, el estado de partido único, los medios de comunicación controlados, la arbitrariedad administrativa legalizada, la prohibición de las elecciones libres y populares y la prohibición de la disidencia en el seno del partido. Lenin había puesto en práctica el terror de masas durante la guerra civil y siguió exigiendo que se aplicara, bien que de una manera mucho más restringida, durante la NEP. Por algo Stalin se llamaba a sí mismo el discípulo de Lenin”, ambos representantes de los dolores del totalitarismo en el siglo XX.

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