18 de noviembre de 2019, 10:19:29
Editorial


Doce años después del 11-M



Madrid conmemoraba ayer el duodécimo aniversario de aquel fatídico 11 de marzo, donde 192 inocentes perdieron su vida en lo que fue el mayor atentado terrorista de la historia de España. Ese día quedo grabado a sangre y fuego en la memoria colectiva, y muchas de sus heridas no se han cerrado aún. Al menos, ayer pudo verse juntas por primera vez a todas las asociaciones de víctimas, algo por lo demás muy positivo.

Hubo una sentencia tras un macrojuicio con más sombras que luces, y muchos son aún los interrogantes que penden sobre el estallido de aquellos trenes y la investigación que posteriormente se llevó a cabo. Muchas preguntas sin resolver, sobre todo por parte de las familias de las víctimas, quienes siguen demandando unas explicaciones que, posiblemente, nunca llegarán.

Fueron, sí, 192 las personas que murieron en aquellos trenes, pero el ataque iba dirigido contra toda la sociedad en su conjunto. Todos somos objetivos potenciales de una barbarie que no conoce límites. Y que, dicho sea de paso, es proactiva y no reactiva: aquellas bombas no hicieron explosión “porque” España estuviera en Irak, sino “para que” España saliese de Irak. Y, de paso, mostrar al mundo la verdadera cara del terrorismo islámico; esa que estos días revelan con toda crudeza los terroristas del IS. Cualquier persona, en cualquier parte del mundo, puede convertirse en blanco de aquellos cuya capacidad de raciocinio ha quedado opacada por el odio y la ignorancia. Por eso ayer no sólo se debía honrar la memoria de los ausentes, sino dejar constancia de que el riesgo de que vuelva a repetirse una barbarie semejante no ha desaparecido aún.
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