20 de octubre de 2019, 19:13:20
Opinion

TRIBUNA


El dinero es tiempo, y no al revés

Nacho López


"Cuando Dios creó el tiempo, creó más que suficiente". Refrán Irlandés

Tiempo y dinero; fascinante la relación que hay entre estas dos variables. Todos nacemos con un tiempo limitado para consumir, y unas regiones del mundo son más afortunadas que otras. El ‘tiempo es oro’, dicen, y en este sentido España es uno de los países más prósperos del mundo, ya que nuestra esperanza de vida es de 83,30 años (datos del año 2014), 86,20 años para las mujeres y 80,40 para los hombres. Cada uno de nosotros tiene, de media, 30.404 días para gastar. Desde el día en que nacemos, la vida, y el tiempo que nos queda por vivirla, se convierte en nuestro recurso más escaso. Pero ¿es acaso el más valorado?

Es evidente que para ganar ‘más’ dinero hace falta invertir ‘más’ tiempo. Tiempo dedicado a educación, a formación y a trabajar, principalmente. Nos aseguran que si desde los 4 años comenzamos a destinar (gastar) una gran cantidad de nuestro tiempo al estudio y al trabajo, conseguiremos mayores recursos monetarios que la media (sectores, proporciones, injusticias y matices aparte), tendremos más seguridad, más propiedades, más ahorros, más cosas… y seremos más felices. Es decir, una cosa por la otra: tiempo por dinero, primero, y dinero para disfrutar de nuestro tiempo, después.

¿Qué elegirían si pudieran: mucho tiempo o mucho dinero? ¿Vivir más de 60 años o llegar a tener 100 millones de Euros?

Aunque parezca una simple pregunta superficial, esta tremenda dicotomía existencial está estrechamente relacionada con el miedo a la muerte o con el miedo a no ser ‘alguien’ en la vida, y resulta muy difícil de contestar cuando hacemos la reflexión más profunda. Salvando al pobre y al moribundo, uno loco por tener más dinero y el otro por tener más tiempo, el resto nos debatimos entre lo que más valora la sociedad, el dinero, y aquello que no valora lo suficiente, el tiempo. El primero es un bien infinito y mal repartido; el segundo es un regalo universal, finito, y sin embargo mejor distribuido. Las dos variables tienen una cosa en común: se relacionan mal la una con la otra. Como bien explica Pepe Mujica, expresidente de Uruguay, en cada una de sus entrevistas o intervenciones: cuando uno compra algo, parece que lo paga con dinero, pero en realidad lo está comprando con el tiempo de su vida que tuvo que gastar para tener ese dinero. Cuando compramos, en el fondo, estamos gastando tiempo de vida que se fue y no volverá.

El término ‘constructivismo’ en psicología se refiere a todas aquellas teorías que no consideran a los seres humanos como receptores pasivos de experiencias y aprendizajes, sino como constructores activos de su realidad y experiencias. Es decir, que cada persona construye su propia realidad y ve la vida con sus propias gafas. Convencer a alguien que ve el mundo a través de unas lentes de ‘color verde’, de que la vida también puede ser de ‘color rosa’, es imposible. Solo cuando uno se prueba esas otras gafas podrá comprobar con sus propios ojos que la vida no era tan verde como parecía.

Convencer a alguien de que el dinero no es, ni por asomo, sinónimo de felicidad, es imposible, y menos al pobre de solemnidad que solo podrá empezar a ‘analizar’ el tema cuando tenga el estómago lleno y un techo bajo el que dormir. El que tiene las necesidades básicas cubiertas solo podrá comprobar tal afirmación cuando se ponga en la piel del rico, cuando se ponga sus gafas. Mientras tanto seguirá viendo con las suyas: “el dinero es el objetivo supremo”. Convencer a quien gasta dinero con devoción y compra cosas (y crea necesidades) ‘innecesarias’ (y la mayoría lo son), de que ese gasto se produce a costa de su vida y de su salud, es imposible. Solo si pudiéramos sentir y experimentar el día a día del que no necesita tanto, entenderíamos que podemos vivir sin derrochar ni acumular. Nadie podría ver -ni comprender- la ligereza del libre, llevando puestas unas gafas de esclavo.

Persuadir a quien está acostumbrado a gastar mucho tiempo y conseguir más dinero, para que deje de hacerlo y empiece a vivir de otra manera, es imposible. Vivir, para él, o para ella, es gastar su tiempo para tener ‘más’ con la promesa de disfrutarlo todo en un futuro cercano. No parecería sensato que alguien con 20, 30 o 40 años pudiera decidir conciliar (repartir) las horas de su trabajo con mucho más tiempo libre para dedicarlo a su familia, sus hobbies o sus amigos y, a cambio, extender su vida laboral hasta los 80. Sin embargo, lo contrario es un hábito heredado y no cuestionado, pero el tiempo no entiende ni de ‘mañanas’, ni de hábitos absurdos ni de clases sociales. El tiempo es generoso con quien lo aprecia, y cruel con quien lo desperdicia. Para valorarlo hay que atreverse, y quitarse la venda, pasar el síndrome de abstinencia (después de tantos años malgastándolo), y observar con atención lo que es: finito pero más que suficiente, y aunque muchos todavía puedan creer que su trabajo les encanta y les llena (la agenda entre otras cosas), cuando lleguen al final de sus vidas: ¿cuántos creen que echarán de menos no haber trabajado lo suficiente?

“Morir es amargo, pero la idea de tener que morir sin haber vivido es insoportable”. Erich Fromm

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