23 de octubre de 2019, 14:59:06
Opinion

TRIBUNA


Obama en Cuba

Alejandro San Francisco


Este domingo 20 de marzo de 2016 el Presidente de los Estados Unidos Barack Obama arribó a Cuba, donde el concepto que más se ha repetido es que se trata de un viaje histórico. No es para menos.

Después de las relaciones que han tenido ambos países desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 hacia adelante, la verdad es que se trata de un hito significativo, que se presume será decisivo no sólo en la forma como se vinculan ambos sistemas, sino que también podría tener consecuencias internas especialmente pensando en el futuro de la dictadura de los Castro.

En primer lugar, resulta evidente que esto modificará al menos parcialmente el tradicional discurso antiimperialista del régimen comunista. En buena medida Fidel Castro creó toda una narrativa según la cual la explotación propiciada por Estados Unidos provocaría la pobreza de Cuba. Para esto un aspecto determinante era el bloqueo económico del “imperialismo yanqui” sobre la pequeña isla. Adicionalmente, se agregaba, los norteamericanos tenían una política de explotación económica sobre el continente en su conjunto, lo que llevó a la isla a autoproclamarse el "primer territorio libre" de América Latina. Es interesante destacar que una vez caídos el Muro de Berlín y el régimen de la Unión Soviética, el gobierno de Cuba no modificó en lo esencial esta retórica tan característica.

En segundo lugar, se plantea una cuestión abierta en torno al futuro de la propia dictadura. Raúl Castro está jugando con fuego, quizá por razones económicas o tal vez por cuestiones de imagen. La nueva relación con el gigante del norte va a ir instalando progresivamente la idea de democracia para Cuba, lo que lejos de ser una excentricidad, ya está presente en alguna medida en la mentalidad de la gente y de la comunidad internacional. Ya entrado el siglo XXI, la existencia de una dictadura es una realidad difícil de aceptar en Occidente. Por otro lado, no es casualidad que durante décadas miles de personas hayan intentado llegar incluso por balsa, arriesgando sus vidas, a la costa de Florida. O que haya más de dos millones de cubanos en Estados Unidos. Es el fruto de la búsqueda de libertad, que hoy significaría la llegada de divisas a la isla, pero también la probable difusión del modo de gobierno y la organización económica de Norteamérica. Tarde o temprano es muy probable que Cuba haga su propia transición hacia la democracia y anticipe el fin práctico de la Revolución, aunque resulta imposible predecir fechas o el modo específico en que esto sucederá.

Un tercer aspecto se refiere al régimen comunista y a las figuras de los dos dictadores, Fidel y Raúl Castro. Aquí se mezclan las cosas, la política se combina con la biología y da como resultado una proyección de corto alcance para el socialismo real que se instaló en la isla poco después de 1959 y que incluso sobrevivió, dramáticamente, después de la derrota ideológica y práctica del comunismo en la última década del siglo XX. Aunque las conjeturas siempre tienen el riesgo de no acertar, es muy probable que no haya transición a la democracia posible mientras Fidel Castro esté vivo. Por lo mismo, todo parece indicar que habrá que esperar algún tiempo para que en Cuba haya elecciones libres, exista una oposición sin represión, se abran las bases para una "futura" democracia.

Quizá eso es lo que tiene en mente Obama con la visita realizada a la isla. Si se analiza en profundidad este "primer paso", como le ha llamado el líder norteamericano a su incursión en Cuba, hay una clara voluntad de aparecer simpático y cercano, en un periplo que tiene mucho más de muestra comunicacional que de viaje político. Pero algunas repercusiones ha tenido en otro plano más allá de la imagen: algunos modestos gestos de reclamo por derechos humanos, además de su reunión con el Arzobispo de La Habana, el cardenal Jaime Ortega, y la decisión práctica de no entrevistarse con Fidel Castro.

El mayor peligro que tienen este tipo de relaciones, como han manifestado algunos analistas, es que sirvan para legitimar a la dictadura, debido a lo que parecen éxitos internacionales, como la visita del Papa Francisco y ahora la de Barack Obama. Sin embargo, es el propio régimen el que se ha encargado de que no sea así, al menos hacia el exterior. La represión violenta, una vez más, contra las Damas de Blanco y otros opositores, es una muestra de algo que la evidencia ha demostrado por años, cual es la incapacidad del gobierno de Castro de convivir con los elementales principios de libertad política. Pero con ello también ha transparentado su estilo y la continuidad del proyecto que, hoy por hoy, no tiene claro el camino a seguir.

Uno de los mensajes de Obama es que fue a Cuba “a dejar atrás los últimos vestigios de la Guerra Fría”. Es necesario creerle, pero hay un par de aspectos que el Presidente norteamericano no controla y que son más relevantes que los gestos de comunicación política, y representan sucesos históricos de gran relevancia y que podrían cambiar efectivamente la historia. Ambos deberían ser paralelos, para no dejar cabos sueltos: uno es el fin del embargo económico de Estados Unidos sobre la isla, el otro es el fin de la dictadura y el comienzo de un régimen democrático en Cuba. Ambas tareas, en modo alguno, resultan fáciles, pero tienen la virtud de mostrar cambios reales, y no meros saludos, gestos o palabras de apertura. Son cuestiones de fondo que representan logros reales por sobre una “Obamamanía” explosiva, pero transitoria.

El escritor chileno Roberto Ampuero, que tuvo sus propios años en la isla de Cuba a la que llegó siendo un joven comunista, ha señalado que parece claro que el viaje ha sido histórico para Obama y también para Raúl Castro. Queda en cambio por ver si será a la vez histórico para el pueblo cubano, que lleva décadas esperando.

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