4 de junio de 2020, 3:24:39
Opinión

TRIBUNA


Libertad de conciencia

Natalia K. Denisova


Hoy es el último día de la Semana Santa, que ha batido records del turismo interior y extranjero. Numerosos paisanos y forasteros han seguido las procesiones. Han disfrutado del espectáculo artístico y musical accesible a cualquiera que tenga una mínima sensibilidad estética. Los creyentes, que contra viento y marea mantienen su fe en Dios, pudieron restablecer su espíritu. Pero este año, creo que más que los años anteriores, el son de los tradicionales tambores iba acompañado por el ruido de las voces descontentas y desconcertadas por hechos aparentemente contradictorios: el número de los fieles cae, mientras que la asistencia a las procesiones sube. Tal insólito les ha parecido este hecho a algunos columnistas de El País,tan plagados de prejuicios y lugares comunes, que se sobrecogieron de miedo al ver tantos compatriotas marcando el paso con devoción.

Más que el miedo, verdadera congoja y angustia han vivido los nuevos ayuntamientos y administraciones autónomas gobernadas por los podemitas, socialistas y otras izquierdas mareadas y por marear. Ya no saben cómo ingeniarse para eliminar las costumbres populares de las procesiones, forjadas desde la Edad Media y la época del Renacimiento. Hospitalet de Llobregat se ha reído de su alcaldesa socialista, que prohibió la procesión religiosa con la participación de los legionarios, pero el resultado ha sido el contrario de lo esperado: el humilde acto local ha atraído más participación que nunca.

El ataque a la tradición católica, como cultura y como creencia, últimamente recobra vileza. Recortan los presupuestos, cambian los nombres que mencionan a los santos, aniquilan los monumentos y las placas que conmemoran a los religiosos. Utilizan comparaciones chabacanas o de muy mal gusto para desprestigiar a los fieles y la religión católica, pero el único logro de esta política es la disminución de los creyentes que abiertamente reconocen en las encuestas su credo; por otro lado, los seguidores de estas fuerzas políticas, cada vez están más envilecidos, más fanatizados por alguna creencia de corte pagana ora en el progreso ora en la paz mundial. Son precisamente estos ingenuos “progres”, enemigos de la creencia popular, los que más compasión merecen en esta Semana Santa. Si estos pobres diablos conocieran más historia que la del mes pasado, recordarían que medidas parecidas a las suyas contra las costumbres populares ya fueron aplicadas varias veces durante la larga historia de España. No valieron para nada, porque la fe es más importante que sus consignas asilvestradas.

Uno de los episodios más duros para las creencias populares fue la centuria “ilustrada”, el siglo XVIII, cuando los representantes del despotismo ilustrado, movidos por su zafio modernismo, se rieron abiertamente de las creencias “barrocas” del pueblo español e hispanoamericano. El proceso de la sustitución de la Iglesia por el Estado a nadie perjudicó tanto como al creyente de a pie, al hombre normal. Por ejemplo, las rebeliones que tuvieron lugar en los virreinatos de Hispanoamérica fueron provocadas por varias razones, pero hay dos que no pueden dejar de citarse: la expulsión de los jesuitas y la supresión de las cajas de cofradías destinadas para las opulentas procesiones eliminadas como “gastos superfluos e innecesarios”. La población, española, mestiza e indígena que se oponía a estas medidas fuera considerada “atrasada”, “supersticiosa” y “oscurantista”. De este modo, no deben de sorprendernos los aspavientos y el griterío de las izquierdas hoy. Actúan como los herederos directos de aquellas fuerzas monárquicas, absolutistas, porque en ambos casos el poder absoluto lo que busca es aniquilar el mayor obstáculo que tienen ante sí: un individuo que ejerce la libertad de su conciencia. La libertad religiosa es sobre todo libertad de conciencia.

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