24 de septiembre de 2019, 10:54:07
Opinion

TRIBUNA


Sin grandes pretensiones

Nacho López


Ambición: “Deseo incontrolable de ser difamado por los enemigos en vida y de ser ridiculizado por los amigos tras la muerte”. Ambrose Bierce, ‘El diccionario del diablo’

Aunque parezca lo contrario, es difícil encontrar alguien que no tenga grandes pretensiones: las suyas propias o las de sus hijos. Estos grandes deseos, a veces ocultos, se manifiestan en forma de objetivos físicos, personales o profesionales, pero sobre todo en forma de fantasías materiales, como ganar un gran premio de lotería o llegar a tener un hijo futbolista de éxito, por ejemplo. Difícil es no tenerlas, pero no siempre fue así, ya que hasta hace no mucho, las grandes ambiciones eran cosa de unos pocos, nada más.

Estos ‘pocos’ llevaron a la humanidad por el camino del ‘progreso’, muchas veces explotando al resto; animales y vegetales, incluidos. Ciencia, cultura, trasportes, infraestructuras, avances médicos, agrícolas, financieros, tecnológicos y, por supuesto, el gran INTERNET, nos han llevado en menos de un siglo: del pueblo a la ciudad, de lo sencillo a lo complejo, de lo productivo a lo innecesario, de lo agrícola a lo lúdico, y, parafraseando a André Comte-Sponville, de la quietud a la inquietud, de la alegría a la preocupación, de la ligereza a la seriedad, de la espontaneidad a la reflexión, del amor al amor propio y de la verdad a la pretensión. La seriedad y la reflexión, sin embargo, se subastan hoy en día por frivolidad y, sobre todo, por evasión.

¿Quién dijo que tener grandes aspiraciones fuera ilegítimo? Dios me libre de ser el primero en hacerlo, sobre todo porque siempre las tuve y las sigo teniendo. El enemigo habita dentro de uno mismo.

Creo que si no tuviera grandes pretensiones estaría a salvo de muchas preocupaciones. Estoy convencido de que dormiría a ‘pierna suelta’ y sería inmune a una gran cantidad de afecciones contemporáneas. Al menos aquellas que mi mente produce, que son la mayoría. Sin grandes propósitos, mi biología estaría más cerca de la presencia, de la aceptación y, en definitiva, de la sabiduría. La naturaleza nunca las tuvo y no quiso ser más de lo que es, por su propio bien y por el nuestro.

Sin ellas, estaría libre de grandes agitaciones, por cumplimiento u omisión. Evitaría sobre-excitaciones que uno terminaría por apaciguar por la vía oral (alcohol, comida, medicamentos, drogas), la material (ludopatía, negocios, inversiones), la auditivo-visual (TV, redes sociales, internet, móvil) o por la vía físico-extra-sensorial (multi-deporte, sexo). Antes, la obesidad era problema de unos pocos, ‘gordos’ los llamaban, a los ricos me refiero; ahora, como ven, la frustración vital de no cumplir ciertos sueños nos premia con adicciones de lo más absurdo (unas más que otras, sin duda). Antes los que no tenían demasiadas pretensiones se rendían, no se resistían demasiado; ahora sueñan, pero también sufren con las pesadillas y preocupaciones que sus sueños les producen. Los sueños venden, pero la frustración de no cumplirlos, vende aún más.

Uno viviría con lo justo: el esfuerzo justo, los amigos justos y los problemas justos. También haría un uso más justo del tiempo que le queda de vida. ¿Acaso hay algo más elevado que amar, criar, ayudar o conversar? Descuidar todas estas actividades no es progreso, es ruido. En un mundo sin grandes ambiciones materiales, la moralidad y los valores humanos estarían por encima del dinero. Nuestros compañeros, jefes y gobernantes harían siempre lo correcto, en vez de lo más lucrativo. Uno no tendría necesidad de pedir justicia a todas horas, porque justos serían los que nos pagan, los que compran nuestros productos o los que nos emplean, ya que ninguno de ellos tendría más pretensión que la de hacer el bien. Y el bien sería su mayor recompensa. Seguro que sin tantas aspiraciones no habríamos llegado a la luna, ni descubierto la anestesia general, los hobbies, los mercados bursátiles ni las redes sociales, pero igual tampoco nos habríamos multiplicado sin mesura, ni purgado las entrañas de nuestra madre y huésped, La Tierra.

¿Se pondrá algún día de moda aspirar a tener poco, ser un ‘don nadie’, un pequeño agricultor o un amo de casa? ¿Sería eso progreso? Quien esté libre de grandes aspiraciones, que arroje la primera piedra y de paso, que se atreva a decirles a todos los pobres del primer al tercer mundo que dejen de multiplicarse, de crecer y de tener grandes pretensiones. Quizás lo máximo a lo que uno puede aspirar es a dejar de hacerlo, de decirlo o de escribirlo. El bien de la humanidad, en definitiva, empieza por el de uno mismo.

“El hombre sencillo no se plantea tantos problemas con respecto a sí mismo. ¿Quizá sea porque se acepta tal y como es? […] Es como los pájaros del bosque, ligeros y siempre silenciosos incluso cuando cantan, incluso cuando se posan. Lo real es suficiente para lo real, y la sencillez es lo real en sí mismo.” André Comte-Sponville, ‘Pequeño tratado de las grandes virtudes’

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