21 de noviembre de 2019, 22:48:11
Opinion

TRIBUNA


Imre Kertész:la muerte de un sobreviviente

Alejandro San Francisco


El jueves 31 de marzo falleció en su casa de Budapest el escritor húngaro Imre Kertész. Su origen judío marcó su existencia, y le llevó a pasar más de un año por los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald. Días antes de fallecer, casi como una curiosidad, El Cultural había publicado el interesante artículo "Kertész, última posada", anunciando una obra en la que "habla sin trabas de la enfermedad y la muerte, de la escritura y la vida, de totalitarismo y libertad".

Efectivamente, la editorial Acantilado -gran difusora de la obra de Kertész en español- anuncia para este 6 de abril la publicación de La última posada, considerado como un testamento literario y la culminación de una valiosa trayectoria en el mundo de las letras. El 2002 Kertész obtuvo un reconocimiento universal, al lograr el Premio Nobel de Literatura, por una escritura que mostraba "la frágil experiencia del individuo contra la bárbara arbitrariedad de la historia". El escritor húngaro, como muchos otros de su generación, debió sufrir la experiencia del nazismo y de los campos de concentración, para pasar después de la liberación a ser sometido por una dictadura comunista. El siglo XX le daba la oportunidad de vivir bajo los dos grandes totalitarismos, y encontrar ahí las bases vitales de su literatura.

En su discurso de Estocolmo al recibir el Nobel, recordó que había vivido demasiado tiempo bajo regímenes dictatoriales, en un ambiente intelectual hostil, implacablemente ajeno. Sin embargo, en un día de primavera en 1955, se dio cuenta de que existía solo una realidad, "que era yo, mi propia vida". Era un año antes de la Revolución Húngara, sofocada por los tanques soviéticos, y se trataba de un descubrimiento que le permitiría existir a pesar de las contradicciones externas.

Sobre su paso por Auschwitz, el galardonado señaló que el problema no era poner "un punto final o no", tampoco que fuera archivado en un lugar específico de la historia, o que "levantemos monumentos para los millones de asesinados". El gran problema de Auschwitz "es que sucedió, y esto no puede ser alterado -ni con la mejor ni con la peor voluntad del mundo". Sin embargo, precisamente de ese mundo nació su escritura, como ocurrió en otros casos notables del siglo XX que sufrieron el Gulag comunista o los centros de la muerte del nazismo. Como concluía su discurso de Estocolmo, cuando pensaba en el impacto traumático del campo de concentración, llegaba a las cuestiones fundamentales sobre la vitalidad y la creatividad de los que hoy viven. "Así, pensando sobre Auschwitz, reflexiono paradójicamente no sobre el pasado, sino en el futuro".

A Imre Kertész se le dijo muchas veces, en ocasiones con un dejo de distancia o crítica, que era un "escritor del Holocausto". Reclamaba el derecho a dedicar páginas y libros completos a una experiencia de vida personal, pero también sobre una historia que las generaciones futuras debían conocer. De ahí nacieron aquellas obras literarias que lo llevaron a ser conocido en distintos lugares del mundo.

Uno de sus libros más interesantes, muy curioso por lo demás, es Dossier K. (Barcelona, Acantilado, 2007), que es una especie de autobiografía, o una entrevista a sí mismo, donde repasa tanto aspectos de su trayectoria como algunas concepciones literarias e históricas. Ahí recuerda, por ejemplo, el término de la Segunda Guerra Mundial con la derrota del nazismo, y las esperanzas depositadas en la nueva realidad. "Reinaba una sensación jubilosa de libertad", las posibilidades de una verdadera democracia, con la participación del pueblo. Por algún tiempo militó en el Partido Comunista, del que luego se distanciaría. Además sufrió como escritor, porque "el organismo competente de un sistema totalitario" le impidió publicar. Era "una oficina de censura disfrazada de editorial".

Ya había pasado la mitad del siglo cuando empezó a escribir. En sus obras, como era previsible, se mezclaba su realidad vivida con la ficción propia de la novela. ¿Cuánto había de ficción y cuánto de realidad en sus obras? "Por fortuna no puedo responder a tu pregunta", era una respuesta tan críptica como abierta de posibilidades. En otra ocasión, consultado sobre lo ocurrido efectivamente en un caso puntual, respondió: "En la novela, sí. Pero es que la novela es ficción". Agregaba en otro lugar: "El paso de la realidad a la ficción se produjo cuando me puse a escribir la novela". En realidad, se podría decir como en tantos otros casos, Kertész vaciaba su experiencia de vida en la novela, pero la obra literaria tenía una realidad en sí misma, no era historia, sino ficción, aunque precisaba que "no establecería una distinción tan rígida entre ambas", entre ficción y realidad.

Al finalizar Sin destino (Barcelona, Acantilado, 2006), quizá su obra principal, aparecen algunas reflexiones duras y contradictorias. Consultado György Köves a su regreso del campo de concentración de Buchenwald sobre lo que siente al regresar a la ciudad que había abandonado, su respuesta es terrible: "Odio". Poco después, sin embargo, aparece la reconciliación con el mundo: "allí estaba yo, aceptando cualquier argumento con tal de poder seguir viviendo". Es decir, la mezcla del dolor y la desesperanza con la voluntad de vivir y las posibilidades hermosas pese a la adversidad.

Lo que ocurre, reclama Kertész, es una falta de comprensión de las sociedades occidentales, libres, hacia la vida que tuvieron los países de Europa Oriental en el siglo XX. Así lo resume en Dossier K.: "En una democracia occidental ni siquiera habría conocido esos estados de ánimo de la desesperación de los que se alimentaba mi heurística", lo que en algún minuto sintetizó como "el estado de ánimo depresivo de la dictadura", "la vergüenza de seguir viviendo", "la repugnancia y el desprecio por mí mismo", la desesperación que viaja al borde del suicidio, la perpetua coexistencia con la muerte y la aniquilación del ser humano.

Una literatura que vale la pena leer, aunque muchas veces es dura y puede resultar lejana. En cualquier caso, nos acerca a los dramas del siglo XX, a través de la literatura de un sobreviviente.

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