10 de abril de 2020, 2:26:40
Opinion

TRIBUNA


La impotencia de la política

Juan José González Fernández


"Me cambiaré de nombre si al final de mi mandato siguen existiendo niños indigentes en las calles venezolanas",declaró Hugo Chávez en diciembre de 1998, recién elegido presidente de la República.

Casi dos décadas después y en contraste con los enternecedores propósitos iniciales de aquel gobierno, contemplamos una Venezuela mucho más pobre, destrozada socialmente por la demagogia totalitaria y por la falta de realismo de sus dirigentes. En Europa, mientras tanto, desde Cádiz a Barcelona, desde Atenas a Londres, proliferan políticos imprudentes que prometen lo que no pueden dar y viven ajenos a las limitaciones a que está sometida la acción política.

El último ejemplo de esta situación se vivió hace pocas semanas en el Pleno del Ayuntamiento de Cádiz, al irrumpir una pareja que denunció ( http://www.larazon.es/espana/kichi-nunca-ha-dado-la-cara-OC12329601#.Ttt1TuOqrC0Hc1G ) “el pasotismo y las mentiras del alcalde”, que “prometió ayudas, trabajo, que se ocuparían casas que estaban en manos de los bancos… Y al final, nada”, decían, indignados y desencantados por las promesas incumplidas del alcalde, llamado Kichi.

Unos meses antes, en agosto de 2015, se produjeron tres acontecimientos significativos en el mismo sentido, que conviene repasar.

Por una parte, la alcaldesa de Barcelona nos sorprendió haciendo un reconocimiento expreso de su impotencia (http://www.elperiodico.com/es/noticias/barcelona/colau-confiesa-sentirse-impotente-por-poder-dar-respuesta-casos-individuales-4423399 ) al frente del gobierno municipal: "aparentemente tengo más poder que nunca y sin embargo me siento más impotente; a diferencia del activismo social en el que he estado muchos años, ahora no puedo actuar para dar respuesta a casos individuales" (de mucha gente que le para por la calle y le pide un piso donde vivir, un trabajo, una ayuda social, una pensión, librarse de un desahucio,...) porque, entre otras limitaciones, podría ser considerado "clientelismo" o "tráfico de influencias".

Por otra, el primer ministro griego, Alexis Tsipras, con un poder y unas competencias mucho mayores que las de Colau, sufrió un baño de realidad aún mayor. Tras tensar la cuerda durante meses y echar un órdago imposible a la Unión Europea, corralito incluido, terminó aceptando un tercer rescate cuyas condiciones eran peores que las rechazadas por el pueblo griego en el referéndum celebrado tan solo un mes antes (en julio), traicionando así su resultado. Ante las críticas de diputados de su propio partido como Varoufakis, justificó el haber aceptado el tercer rescate (http://www.efectococuyo.com/efecto-cocuyo/rebelion-interna-hace-que-tsipras-pierda-mayoria-en-parlamento-griego ) afirmando: "no me arrepiento de elegir el compromiso antes de someter al pueblo griego a un suicidio heroico, como el del baile de Zalongu".

Por su parte, a finales de agosto, Tony Blair, el ex primer ministro británico, acusó (http://www.theguardian.com/commentisfree/2015/aug/29/tony-blair-labour-leadership-jeremy-corbyn )a su compañero de filas, Jeremy Corbyn, nuevo líder del partido laborista, de una falta total de realismo y de desarrollar una estrategia política basada en la "fantasía" de una "realidad paralela", como en el famoso cuento de Alicia en el país de las maravillas. Una política cuyo "rey" no es la razón, ni la evidencia de los hechos, sino el "impacto emocional", la irritación y la distracción de la ciudadanía con un discurso que, sin embargo, "doesn't alter the 'real' reality".

Jeremy Corbyn podrá seguir en el mundo feliz de la oposición al menos hasta las elecciones generales de 2020. Pero Kichi, Tsipras y Colau, ya en el poder, han tenido que aterrizar a la fuerza y se han percatado de que gobernar no es tan fácil. Han comprobado que su ambición por cambiar las cosas como querían encuentra obstáculos, algunos insalvables. Seguramente ya supieran esto -¡cómo no saberlo!- cuando estaban en la oposición o en el mundo del activismo social, pero entonces pasaban de puntillas sobre tal circunstancia. Prometían a la ciudadanía soluciones que no estaba en su mano cumplir y teñían sus declaraciones de un tono cuasi épico transmitiendo la impresión de que, con su llegada al poder, todo cambiaría, rápido y a mejor, en especial para los grupos sociales más desfavorecidos, tan maltratados por la "nulidad" (corrupción aparte) de las políticas de los gobiernos anteriores, a los que menospreciaban. Como si ellos tuvieran el monopolio de la sensibilidad o de la virtud. Solo unos meses en el poder han bastado para comprobar que una cosa es predicar y otra dar trigo.

La política es una actividad compleja y no funciona, desgraciadamente, como nos gustaría. No es solo la nobilísima tarea de procurar el bien común, considerada en abstracto. Es más bien la lucha por el poder: por conseguirlo y conservarlo. La gestión de las ambiciones, las vanidades, las filias y fobias de los gobernantes. Y de sus votantes. Es la miríada de intereses contrapuestos que interactúan en los grupos sociales y en las relaciones internacionales, y la interdependencia de unos y otros para encauzar la solución de los problemas. Es la gestión de las expectativas (sensatas o no tanto) de los votantes. La administración de los recursos limitados y el respeto a las formas del Estado de Derecho (los problemas no se pueden solucionar de cualquier forma, sino solo mediante los cauces previstos en las leyes; no se puede "tomar el cielo por asalto", como pretende Pablo Iglesias, de quien A. Elorza nos prevenía en El País el 1.5.2015 por su "preocupante propensión a la violencia").

Incluso sin dudar de la buena intención del plan ideado por cualquier gobernante para lograr ese objetivo del bien común, es una evidencia que todos los caminos tienen fallos (y unos más que otros, por cierto). No hay solución perfecta. Además, con frecuencia, por falta de mayoría o por otros muchos condicionantes, ni siquiera se pueden hacer las cosas como se habían planeado inicialmente y hay que adoptar la solución menos mala entre las posibles, no la solución ideal -pero irreal- que alguna vez se había imaginado. Y es que el ejercicio de la política está lleno de contradicciones.

Por ello, resulta conveniente afrontar siempre la actividad política con los pies en el suelo, y no engañarse ni engañar a la ciudadanía. Aunque sea amargo al principio, el baño de realidad es a la larga bueno. Y permite, además, ponerse en el lugar de los gobernantes anteriores y reconocer que no había ni entonces ni ahora soluciones mágicas. Y que no estaba en sus manos arreglar todos los males, como, irresponsablemente, se solía insinuar desde la oposición.

"Hay que reconciliarse con la imperfección de las instituciones para no caer en la histeria colectiva", dijo hace unos años Javier Gomá. Es preciso tomar conciencia de esa imperfección y asumir la impotencia relativa de la política frente a la épica o el romanticismo con que a veces se desarrolla la protesta o el activismo social. Siempre es más fácil criticar que construir y gobernar (y conste que el activismo social a veces también construye). Por ello, vemos que la alcaldesa de Barcelona ahora -solo ahora que tiene poder- empieza a sentirse desbordada e impotente y a comprender que la política no es la panacea. Y más aún el primer ministro griego, que en un ejercicio de responsabilidad ha tenido que desdecirse o posponer sine die tantas promesas iniciales, ha recortado las pensiones y otros cuantos capítulos impuestos por la realidad de las cuentas públicas. Y es que, incluso lleno de buena voluntad, el activista o el político a menudo no hace el bien que quiere y hace el mal que no quiere (Rom 7,19).

Solo cuando el gobernante asume que no puede solucionar todo como imaginaba empieza a hacer una política sensata y viable. Tan solo desde la conciencia de esa limitación se encuentra una base sólida para desarrollar una política que no encone más los problemas y coadyuve al bien común, con realismo y humildad en los planteamientos. Ahora bien, la asunción del principio de realidad y de la imperfección de la acción política no equivalen ni a burocracia ni a conformismo con lo que hay (corrupción, partitocracia…), ni puede servir de excusa al político para la inacción. Al revés, desde el realismo, el político ha de ser exigente y responsable para ir construyendo, poco a poco, con sensibilidad social, un país más justo y mejor. Pero, al mismo tiempo, todos hemos de saber que nunca se alcanzará la perfección completa y soñada del sistema político y económico.

Como ha escrito Javier Cercas, "las utopías siempre traen el infierno, la política es prosa y no poesía, razón y no sentimiento", de modo que "la política no debe ser épica y sentimental, sino aburrida y sosa". Es bueno volver a recordarlo hoy, para estar prevenidos y no dejarnos seducir ni en España ni en ningún otro lado por quienes prometen soluciones imposibles.

Si, como afirmaba Mark Twain, "es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados",todavía estamos a tiempo de no caer en esa trampa en las elecciones generales que se avecinan.

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