19 de noviembre de 2019, 23:04:42
Opinion

ORIENT EXPRESS


101 años del genocidio armenio

Ricardo Ruiz de la Serna


El próximo 24 de abril se cumplirán 101 años del Genocidio Armenio (1915-1923). En 2015, España perdió una oportunidad histórica para reconocer que la política de matanzas mediante fusilamientos, armas blancas, hambre y marchas forzadas a través del desierto fue la ejecución de un plan para acabar con los armenios que vivían en el Imperio Otomano gobernado por el Comité de Unión y Progreso. Los perpetradores del exterminio quedaron, en su inmensa mayoría, impunes y sobre el crimen se alzó un muro de silencio que solo rompieron las comunidades armenias en la diáspora (Rusia, Francia, Argentina, Estados Unidos). En general, el sufrimiento de los armenios es desconocido para la opinión pública. Durante años, las presiones de la República de Turquía han impedido muchos de los esfuerzos de recuerdo y conmemoración. Por supuesto, ha habido turcos, como Orhan Pamuk y Taner Akçam, que se han atrevido a mirar cara a cara al pasado y reconocer la extensión de la tragedia.

Me entristece que España no acompañe a Alemania, Canadá, Francia, Grecia, Italia, los Países Bajos, Polonia, la República Checa, Rusia, Suecia, Suiza y la Santa Sede, entre otros países, en el reconocimiento formal de este intento de borrar a los armenios de la faz de la tierra que los vio nacer. Han pasado más de cien años y España sigue ausente de esa lista de países que han tenido la suficiente claridad moral e independencia para situarse en el lado correcto de la historia. Quizás sea necesario contar más veces lo que ocurrió. Tal vez haga falta escribir más, publicar más, hablar más de esta injusticia radical que sufrieron los armenios y otras comunidades cristianas. Sí, hay que recordar a los cristianos griegos, a los nestorianos, a las minorías que sufrieron las masacres, las profanaciones de cementerios e iglesias, la destrucción de sus templos y sus escuelas, el expolio de su arte y, en general, los intentos de erradicar todo rastro de su existencia en las regiones donde vivían.

Quién sabe si no hay que insistir en que el pasado no desaparece en la noche de los tiempos, sino que se transforma en el presente. No estamos determinados por él, pero lo necesitamos para comprender qué es lo que sucede.

La desaparición de los grandes imperios centrales -el Austrohúngaro, el Ruso y el Otomano singularmente- marcó las líneas de fractura entre civilizaciones y continentes que aún hoy siguen siendo zona de conflicto. Tómese Ucrania, Osetia del Sur, los territorios de Europa donde viven minorías lingüísticas o étnicas.... Seguimos viviendo a la sombra de la voladura de aquellos imperios. En las últimas semanas, las hostilidades entre la República de Nagorno Karabaj -que casi nadie reconoce- y Azerbaiyán, aliado estratégico de los Estados Unidos y comprador de armamento ruso, nos han recordado que el pasado no se olvida en vano.

Es imposible dar cuenta del mundo contemporáneo sin señalar el horror de los genocidios, los campos, los trenes, las fosas comunes, los trabajos forzados, las marchas extenuantes como forma de asesinato y las hogueras donde ardieron los libros primero y los cadáveres después. Heine fue clarividente cuando advirtió que allí donde se empiezan quemando libros se terminarán quemando hombres. El fuego debe de tener cierto poder simbólico del terror de nuestro tiempo. Mordejai Gebirtig, el gran poeta yiddish, escribió sus versos más famosos con el título “Es brennt”, “arde”, refiriéndose a la aldea judía que se consumía ante las llamas. Lo compuso en 1938. Apenas un año más tarde los nazis invadían Polonia. Cuando Franz Werfel, el novelista checo de lengua alemana, es decir, nacido en la monarquía de los Habsburgo, narró la resistencia de los armenios contra los otomanos en “Los cuarenta días del Musa Dagh”, estaba contemplando en Europa los primeros pasos que conducirían a Auschwitz: el antisemitismo, el racismo y los discursos de odio, el populismo, el culto al líder, la sangre y la violencia, la manipulación de la historia, el uso de la tecnología para manipular y controlar a las masas… Hay quien ha dicho que solo un judío podría haber escrito ese libro que cuenta la defensa armenia de la Montaña de Moisés -eso significa Musa Dagh- durante cuarenta días contra los otomanos. Haika Grossman, partisana y combatiente en los guetos, contó cómo esta novela pasaba de mano en mano entre los resistentes judíos en la Europa del Holocausto. Marcel Reich-Ranicki, el celebérrimo crítico literario que representaba el espíritu de Mitteleuropa, recordó cómo el texto de Werfel tuvo gran éxito en los guetos. Como los armenios, que salvaron libros y partituras escondiéndolos en sus casas o troceándolos para después recomponerlos, los judíos afrontaron la atrocidad de los guetos tratando de leer, escribir y estudiar. Si van a Matenadaran, el Instituto Mesrop Mashtots de los Manuscritos Antiguos, en Yerevan, no olviden que el pueblo que preservó esa memoria pagó un tributo en sangre por ella.

Así, el Genocidio Armenio que se conmemora el próximo 24 de abril entronca directamente con la historia del siglo XX. Él anticipa el horror de los genocidios de nuestro tiempo y la destrucción de los cristianos del Oriente Medio que hoy sigue perpetrando el Estado Islámico en el territorio que controla. En la inabarcable tragedia de los armenios encontramos los trenes, las marchas, las fosas, el asesinato de los intelectuales y todo aquello que Rafael Lemkin comprendió en el término “genocidio”.

No pierdo la esperanza de que España reconozca algún día este acontecimiento central de nuestro tiempo. El genocidio armenio porta un mensaje de advertencia para la humanidad. A los cristianos los siguen exterminando en Oriente Próximo ante la tibieza cobarde -cuando no el silencio cómplice- de muchos Estados de la comunidad internacional. En algunos casos, la complicidad no es pasiva sino activa. Las minorías cristianas siguen siendo la prueba de la diversidad de un Oriente Próximo que los yihadistas, los islamistas y los fanáticos aborrecen. El sufrimiento de los armenios de Nagorno Karabaj, aislados e ignorados durante más de veinte años, es la denuncia evidente de que aún no se les ha hecho justicia. No, los armenios no se dejarán exterminar y resistirán como hicieron el pasado. Aguantarán como llevan haciendo más de cien años. No olvidarán quiénes son ni cuál es su historia.

Un año más esta columna recuerda el genocidio armenio y pide su reconocimiento por parte de España.

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