20 de septiembre de 2019, 3:10:56
Opinion

TRIBUNA


Internet no es la vida

Enrique Arnaldo


Como sin darle importancia así lo desliza una ingeniosa escritora novel, Karina Lambert, en “El edificio de las mujeres que renunciaron a los hombres”, una novela tan fresca como ácida.

Internet no es la vida, aunque lo parezca. Su poder seductor nos ha cautivado con tal intensidad que nos ha vuelto internetdependientes. Nos ha subyugado con su fuerza tan atractiva como adictiva, por su inmedible capacidad de almacenamiento. Es la superbiblioteca que encierra todas las respuestas a todas las preguntas por nimias o menores que éstas sean. Todo lo que queremos saber. Es la megahemeroteca que no olvida, pues nunca llega realmente a desaparecer ninguna noticia por más que sea inveraz o desactualizada. Es la hipervideoteca que nos invita a visitar cualquier grabación incluso prescindible.

Es instantánea nuestra forma de reacción ante cualquier duda. Tomamos el teléfono (si es que no lo teníamos previamente en la mano) y tecleamos una, dos o tres palabras clave. De inmediato accedemos, como se dice, en tiempo real (o sea en pocos segundos) a una serie de referencias denominadas páginas, y todo solucionado. Con el mínimo esfuerzo, o sin esforzarnos lo más mínimo, dejando de lado la memoria (perdida) o el razonamiento (marginado), nuestro deseo es cumplido. ¡Respuesta conseguida! Sea una definición, un nombre, una imagen, un documento, un vídeo… Cualquier cosa.

La sociedad del conocimiento ha supuesto la transferencia del conocimiento a ese ente oscuro y sin dueño conocido que es Internet, del que somos súbditos subyugados y esclavos felices. Nuestro conocimiento es por y a través de Internet. Si hace algunos años el sabio Sartori alumbró el concepto de “teledemocracia”, hoy ésta se ha transformado en “internetdemocracia”, pues el dominio es ejercido no por los medios audiovisuales como hace unos pocos años sino a través de los alimentadores y aceleradores de Internet, que controlan la información, sin que nadie rechiste.

En su ámbito se puede sobrevivir bajo el anonimato, que permite la impunidad en la que campan a su antojo manipuladores, saboteadores, chantajistas y calumniadores incontrolables e incontrolados.

Aunque Internet, el nuevo soberano de la sociedad contemporánea, no es la vida… ciertamente lo parece. Pero no olvidemos que también debe estar regulado para que su dominio no se transforme en totalitario.

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