30 de mayo de 2020, 18:23:53
Editorial


¿Quién liderará la izquierda?



Varias encuestas demoscópicas publicadas en el inicio de este mes de mayo coinciden en señalar que la formación preferida por los electores sigue siendo en estos momentos el Partido Popular, con un respaldo sin duda superior al obtenido en las pasadas elecciones del 22 de diciembre. La convocatoria de nuevos comicios para el mes de junio y el resultado de los actuales sondeos ratifica una vez más que la tentativa de cercar y aislar al PP ha vuelto a fracasar por enésima vez. Fracaso lógico, en todo caso, ya que el propósito de acorralar no a Mariano Rajoy, ni al partido que encabeza, sino a una base social de siete u ocho millones de electores que representa mayoritariamente el centro-derecha español, es una auténtica insensatez, si es que se pretende conservar un sistema democrático libre y estable. Aunque ensayado con un discutible éxito en municipios y autonomías -a la vista están sus lamentables efectos-, trasladarlo a escala nacional constituye un disparate mayúsculo condenado a la frustración, como en varias ocasiones se ha constatado en lo que llevamos de siglo XXI.

No solo la gobernabilidad del país pasa por entenderse con la lista más votada, sino que cualquier cambio y modernización -algunos muy urgentes en nuestro país- exigen el diálogo y el acuerdo de las fuerzas constitucionalistas, ya sea materializada en una gran coalición o en una acción parlamentaria consensuada a gran altura. Demonizar a cualquier actor político constitucionalista y tratar de darle la espalda a nivel nacional, garantiza la parálisis, la imposibilidad de gobierno y el patrocinio indirecto de las fuerzas antisistema. No fue el voto de la ciudadanía el que ocasionó unos resultados electores inmanejables, sino más bien la decisión del Comité Federal del PSOE de prohibir cualquier tipo de diálogo con la lista mayoritaria -prohibición entusiásticamente secundada por Pedro Sánchez-, la que convirtió los resultados en un galimatías frustrante e inviable. Y es ese mismo Comité Federal el que debe hacer una revisión crítica de sus prohibiciones, tomando conciencia de que la lógica en el gobierno de un ayuntamiento es radicalmente distinta a la del Ejecutivo de la nación.

La gran duda que ofrecen ahora los sondeos no es qué lista posee mayor respaldo, sino qué lista representará a la izquierda en el Parlamento. En la historia de la actual democracia, siempre ha sido la socialdemocracia del PSOE. La radicalización e intransigencia durante la etapa de Rodríguez Zapatero y el propio miedo socialista a Podemos, imitándolo en ciertos aspectos y claudicando ante él en otros muchos, ha fomentado un sectarismo en parte de sus bases que favorece la trasfusión de votos desde el socialismo hacia los populistas. El PSOE debe dejar a un lado su miedo y fascinación por los antisistema, y recuperar y afianzar sus señas de identidad socialdemócratas y su talante abierto al diálogo con las fuerzas a su derecha. Solo así conservará la centralidad, la hegemonía en la izquierda y permitirá el gobierno y las profundas reformas que necesita hoy España. En caso de no hacerlo corre el riesgo cierto de ser sobrepasado por una coalición Podemos-IU, convirtiéndose en un partido prescindible y abocando a España a un frentismo de preocupantes consecuencias.
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