21 de julio de 2019, 19:57:28
Opinion

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La crisis de España, desde la ciencia política

Carlos Ramírez


Todos los estudiosos de las transiciones y crisis políticas coinciden en que los sistemas políticos son organismos que reflejan los comportamientos de las personas que lo operan; es decir, que no son inmutables. Juan Linz, Samuel Huntington, Dankwart Rustow, Leonardo Morlino, Robert Dahl y otros han establecido la dinámica de los sistemas políticos, toda vez que los sistemas son producto --no sólo reflejo-- de la correlación de fuerzas sociales.

De todos, el más esquemático fue Morlino. En Democracia y democratizaciones señala el circuito del desarrollo político para pasar de los autoritarismos a la democracia: crisis del viejo régimen-crisis-transición-instauración de nuevo régimen-consolidación-crisis. Ningún régimen es para siempre; y aquellos que tienen posibilidad de cambiar con rapidez son los que presentan mejores condiciones de gobernabilidad.

España vive una crisis de sistema político: el modelo de la transición democrática de 1975-1978 es insuficiente para responder a las expectativas de las evoluciones de la sociedad española desde 1978: cuando menos una nueva generación española busca un sistema más adecuado a su configuración social moderna y europea. Desde 1996 ha irrumpido en la dinámica social la nueva población de 18 años que nació en el 1978 de la Constitución y su correlativo arreglo institucional. Sin embargo, el viejo sistema político bipartidista no pareció entender el reflujo de la nueva sociedad.

La transición se puede entender como la modernización política e institucional de España; o como lo dijo Adolfo Suárez, “elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es plenamente normal”. Desde 1978 España no había sufrido una severa crisis externa del sistema --choque económico que afectó los acuerdos institucionales-- como la de 2008. A lo largo de treinta años --1978-2008-- el sistema bipartidista tuvo sus espacios de absorción de las crisis externas. De 2008 a 2011, el sistema político vigente no supo entender la dinámica de la protesta social hasta que se encontró en las calles con el movimiento social de los indignados en mayo del 2011. De nueva cuenta la calle le ganó la iniciativa a las instituciones.

En el modelo Morlino el sistema político español ha pasado por las fases naturales del desarrollo político: crisis del franquismo, transición democrática, instauración del nuevo sistema/régimen/Estado y consolidación del nuevo arreglo social. Pero la propia democracia española ha impulsado un nuevo dinamismo político que hizo crisis en el sistema. Las dos nuevas formaciones partidistas --Podemos y Ciudadanos-- han sido producto de la crisis del sistema político de 2000-2011.

El detalle significativo de la crisis española fija una diferencia de fondo de 1975-1978: el agotamiento del régimen de Franco y la democracia como el camino rumbo a Europa. Hoy la crisis no es de democracia porque el sistema democrático funciona bien; en todo caso, lo que ya no responde a la nueva dinámica política de las fuerzas sociales es lo procedimental: la forma de acceso al poder y el problema de la representatividad de las nuevas fuerzas sociales. El sistema español estuvo diseñado para un juego de equilibrios bipartidista, con un papel de cámara de compensación del Partido Comunista de Carrillo y luego de Izquierda Unida.

En consecuencia, la crisis del sistema político democrático de la transición es de reacomodo y representatividad de nuevas fuerzas sociales. Es curiosa --aunque en ciencia política no existe esa categoría-- que la expresión de fuerzas partidistas sea de un bipartidismo entre cuatro: dos de izquierda --PSOE y Podemos-- y dos de derecha --PP y Ciudadanos--, con el desafío ideológico de una alianza sólida entre PSOE y Ciudadanos; y de nueva cuenta IU como fiel de la balanza social.

Como la crisis no es de democracia --lo cual aleja la de España de una nueva transición-- sino de definir el nuevo sistema representativo con cinco fuerzas sociales, entonces habrá que asumir que se trata de una crisis de reorganización social, producto de la acumulación de contradicciones y retenciones sociales que el sistema de la transición fue posponiendo. La alternancia bipartidista en la presidencia del gobierno pareció ser suficiente en los años de la estabilidad económica, los breves sobresaltos económicos y el posicionamiento de España en la moderna Europa.

Las crisis de los indignados del 2011 no encontró en el PP ni en el PSOE el espacio necesario para canalizar demandas de bienestar; en el 2005 nació Ciudadanos como preludio de la crisis que ya se veía venir. Las políticas asistencialistas ayudaron a posponer un poco la ruptura, hasta que el colapso de 2008 cortó de golpe las posibilidades de la política económica. El programa inevitable de ajuste --por descuido de las variables macroeconómicas-- hizo casi permanentes los costos sociales. Las protestas de los jóvenes provocaron nuevas organizaciones políticas.

El otro detalle que hay que registrar es que Ciudadanos y Podemos fue germinado en la comunidad epistémica de las ciencias sociales por profesores e investigadores, seguramente porque las inquietudes comienzan a estallar en las universidades. Pero la parte más importante no es la juventud ni la preparación académica, sino que las dos formaciones fueron diseñadas por especialistas en ciencia política, sin duda que forjados primero en la filosofía política. Los políticos tradicionales que escalaban posiciones en las estructuras del poder institucional se fueron alejando de las ideas.

El desafío de España, por tanto, es el de asumir el agotamiento del sistema político de la transición --sus reglas, protocolos y sus equilibrios-- y la urgencia de transitar a un nuevo sistema político funcional a la nueva correlación de fuerzas sociales. Si no hay respuestas prontas, entonces habrá unas crisis de gobernabilidad huntigntoniana: cuando las demandas sociales son mayores a las ofertas institucionales, y la salida es la violencia o la atrofia del Estado.

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