5 de diciembre de 2019, 16:43:24
Opinion

TRIBUNA


Geopolítica

Alfonso Cuenca Miranda


La geopolítica goza desde hace más de medio siglo de una mala prensa inmerecida. En ello ha sido determinante la exaltación del Lebensraum como concepto geopolítico clave por la ideología nazi, de la mano del impulso académico de Haushofer. Desde entonces cuando menos se la ha orillado en el circuito académico y no digamos ya en el discurso público, detectándose al respecto una suerte de pudor a la hora de hablar de nociones como zonas de influencia o intereses estratégicos. A ello debe añadirse en los últimos tiempos la banalización del espacio físico como consecuencia de la fe irredenta en unas nuevas tecnologías que habrían arrumbado los tradicionales parámetros de tiempo y espacio. Así, en un mundo crecientemente globalizado, de acuerdo con dichos análisis, la geopolítica habría perdido mucho de su sentido e importancia tradicionales.

Con ser ello aceptable parcialmente, con todo, en los inicios del siglo XXI se asiste a la que ha sido denominada como “venganza de los mapas”, esto es, a la revitalización del espacio geográfico como factor clave para comprender el presente y, sobre todo, el futuro de los Estados y del equilibrio mundial. Las cuestiones fronterizas, las guerras territoriales, el desplazamiento geográfico de poblaciones y, en especial, el papel capital que han adquirido determinadas rutas comerciales, principalmente marítimas (a las que habría que añadir los nuevos tránsitos terrestres para petróleo y gas), ponen de manifiesto que las coordenadas geográficas ocupan un lugar fundamental en la comprensión del mundo actual.

Y es que la geopolítica es esencial para entender el modo en el que las comunidades humanas se han asentado en el planeta y su posterior evolución. De esta forma, no es de extrañar que los primeros historiadores, con Heródoto y Tucídides a la cabeza, fueran a la vez geopolíticos, centrando la geografía buena parte de sus análisis, preocupación ésta recogida en la contemporaneidad por herederos como Pirenne o Toynbee. La geopolítica como disciplina específica surgida del cruce entre Clío y Gea, en tanto ciencia que explica la causalidad espacial en la dinámica histórica, nace propiamente a finales del siglo XIX, coincidiendo con la edad de oro de los nacionalismos. Nombres como los del alemán Ritter, el sueco Kjellén, el británico Mackinder o el estadounidense Mahan figuran como “founding fathers” de la nueva ciencia.

Un aspecto recurrente en la geopolítica es la contraposición entre tierra y mar. Un antagonismo sobre el que Tucídides escribiera algunas de las páginas más brillantes de su “Guerra del Peloponeso”: con el mismo se explicaría, de una parte, la rivalidad intrahelénica entre Esparta y Atenas, y de otra el “clash” entre la ecúmene griega (principalmente talasocrática) y el imperio continental persa de los aqueménidas. La contraposición del elefante y la ballena, como nos recordara Carl Schmitt en su muy sugerente excurso geopolítico, se repetirá en diversas ocasiones a lo largo de los siglos, como ejemplifican en máximo grado los conflictos entre Roma y Cartago, o, dos mil años más tarde, entre la Francia napoleónica y el Reino Unido (por cierto, sorprende cómo la mayoría de estudios históricos geopolíticos pasan casi de puntillas por la hegemonía marítima española, derivada en buena parte del hecho de que, como se ha afirmado, la Península Ibérica sea un portaaviones en medio del océano). Más adentrados en la contemporaneidad, autores como Mackinder señalarán que el espacio clave para la dominación mundial es el pivote euroasiático (la isla mundial junto con África). De acuerdo con tales tesis, la potencia hegemónica en la franja situada entre Turquía y Ucrania y toda la zona central asiática (Heartland) tendrá todos los ases de la baraja en la partida por la supremacía planetaria. Frente a ello, el almirante Mahan insistirá en la importancia del dominio del mar por encima del terrestre, dada su estrecha vinculación con el comercio mundial. Así, se ha llegado a describir la II Guerra Mundial como un enfrentamiento a nivel práctico de las tesis de Haushofer (quien, con muchos matices continúa la senda de Mackinder) y Mahan, traslación que sólo puede aceptarse en ciertos aspectos, siendo más aplicable para el período de la Guerra Fría. En relación con esta última, se suele subrayar la influencia del geopolítico Spykman (cuya obra capital se publicara en 1942) en la política norteamericana: para aquél más importante que el dominio del pivote central del manera directa era el control de los llamados anillos continentales (Rimland), es decir, los extremos o áreas periféricas del pivote continental, zona de confluencia con el poder marítimo y en último término asegurados por éste (caso de Europa Occidental, Japón, Corea…).

Al margen de la opción o teoría concreta que se escoja como referencia, lo cierto es que quizás fue precipitado guardar las brújulas y astrolabios geopolíticos en el baúl de la Historia. Un simple repaso de los principales desafíos a los que se enfrenta el presente y el futuro del equilibrio de poder planetario (por utilizar la idea totémica de Kissinger, expuesta una vez más, de manera asombrosamente lúcida a sus casi 94 años, en su reciente “Orden Mundial”) ponen de manifiesto la importancia de acudir a los mapas, tal y como han subrayado autores como Kaplan o el propio exsecretario de Estado estadounidense. Así, desde distintas posiciones se ha señalado como escenario-detonante más probable de un eventual tercer conflicto mundial Extremo Oriente, como consecuencia del impulso chino por encontrar una auténtica (indiscutida) salida al mar con el dominio del Mar de China Meridional (por lo demás extremadamente rico en recursos energéticos). La partida en dichas aguas tiene como protagonistas adicionales a Japón, las dos Coreas, Taiwan, Filipinas… y la Séptima Flota. En el horizonte de tal partida el dominio del estrecho de Malaca, auténtico corazón del comercio mundial. En relación con lo apuntado, el Índico se vislumbra también tablero de juego, en este caso con una India deseosa de asegurar un “hinterland marítimo” que nunca tuvo y una China para la que la garantía de las rutas de aprovisionamiento de unas materias primas y combustibles, localizadas en África y Oriente Medio, sin las que moriría por afixia (la financiación china de puertos en Bangladesh o África Oriental es buena prueba de ello). Frente a los escenarios principalmente marítimos señalados, el pivote central y, más en concreto, Oriente Medio, vive una sacudida cuyas futuras réplicas están lejos de presumirse menores que los seísmos recientemente padecidos. Es sin duda el espacio en donde mayores cambios se están produciendo: la vuelta de Irán a la comunidad ordinaria de naciones y los acercamientos estadounidenses son una muestra más de la privilegiada posición que ocupa dicho país en una región con demasiada Historia. Junto a Irán, Turquía se atisba como potencia con mucho que decir en el futuro en una zona donde fronteras y población nunca fueron conceptos acompasados. La trama se complica con ingredientes como Israel, el terrorismo fundamentalista islámico, el agotamiento de los recursos hídricos indispensables para una población en crecimiento desbocado y la construcción de oleoductos y gaseoductos alternativos a las rutas tradicionales de abastecimiento del nuevo oro.

¿Y el actual “hegemon” mundial? La mayoría de analistas subraya que intentará mantener el control del anillo continental mediante su dominio del mar, amparado en una flota cuya magnitud China está aún lejos de alcanzar (a pesar de los esfuerzos recientemente emprendidos: portaaviones, base de submarinos, marina mercante…). La posición estadounidense ha sido privilegiada, ya que en términos geopolíticos ha sido una isla, dado que sus flancos son dos Océanos (desde los que controla el mar, control acrecentado con la inminente ampliación del Canal de Panamá) y sus fronteras terrestres se han contado entre las más pacíficas del mundo. Con todo, su mayor desafío futuro se halla en el Sur. Méjico, con sus más de 100 millones de habitantes, sus importantes recursos naturales, su desigualdad económica y la grave amenaza planteada por el narcotráfico, ha de jugar un papel clave en el devenir de su vecino. De cómo resuelva su relación con Méjico, la integración de la desesperada migración, mayoritaria ya en algunas zonas de la superpotencia, y de la propia supervivencia mejicana frente al peligro de convertirse en Estado fallido, depende el futuro de Estados Unidos.

Los análisis dan para mucho más, pues las escalas a escoger son prácticamente infinitas. En un mundo en donde los espectaculares avances en los softwares centran toda la atención, en donde se ha llegado a afirmar que en el futuro todo estará en la nube, no debemos olvidarnos del hardware. Somos entes físicos y como tales ocupamos un espacio (la expresión ciberespacio no dejaría de ser una contradicción en los términos), el medio que nos condiciona y en el que debemos proveernos de lo necesario para subsistir. Somos tierra y vinimos del mar.

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