13 de noviembre de 2019, 3:40:27
Opinion

TIRO CON ARCO


El placer de la indignación

Dani Villagrasa Beltrán


Como todo el mundo, yo también me indigno. Me indigno por poca cosa, o por mucha, depende. La indignación es libre y arbitraria. Que nadie se llame a engaño en esto. La indignación también es un placer que se practica con fruición. Es un placer humilde, pero placer al fin y al cabo. Cuando ya no queda nada, sólo cabe indignarse.

Creo que España podría ser campeona del mundo de la indignación. Llevamos muchos años practicando. Mucho más de cinco años. “¿Qué es lo que nos ha frenado (como país)?”, le pregunta Joaquín Soler Serrano a Josep Pla en la ya mítica entrevista que le hizo en los años 70. “Somos una gente totalmente insatisfecha, históricamente hablando”, le contesta el escritor catalán. Esa insatisfacción lleva a todo el mundo a pensar que se merece mucho más de lo que la vida le ha dado. Y ahí comienza la indignación.

“¡Indignaos!”, gritó Hessel, hasta entonces un completo desconocido que, de pronto, estaba por todas partes. Y aquí se le hizo caso, claro que sí. La indignación es una vieja conocida, y las columnas periodísticas suelen triunfar indignando a la gente. Pienso en Arturo Pérez Reverte clamando contra las injusticias, la corrupción y los abusos. La adhesión siempre es inmediata. ¿Quién podría rechazar el ‘empoderamiento’ –palabra de moda- de tener una opinión radical sobre cualquier cosa?

La indignación no tiene ideología. Es sistémica y muy anterior al 15 de mayo de 2011. Si la diputada de las CUP Anna Gabriel abre la boca para decir que le gustaría que la crianza de los hijos corriera al cargo de la ‘tribu’, en lugar de la familia… ¡Qué magnífica ocasión para indignarse! En Barcelona, la policía se ha indignado porque en la semana de la poesía les han colocado un cartel con un poema de Charles Bukowski, ‘4 polis’, que han considerado una provocación. Pues a indignarse. Televisión Española tuvo que disculparse por una broma de humor blanco del programa de José Mota que creo que hubiera pasado desapercibida antes de alcanzar estas cotas de refinamiento indignado.

Dirán los defensores de la indignación –esa que, insisto, practico y mucho, a mi pesar- que en la España post-crisis hay más motivos para indignarse que en otras sociedades que percibimos idílicas como, digamos, las del norte de Europa. Pero, una vez cogido el gusto a la indignación, creo que aunque viviéramos en el paraíso y merendáramos ambrosía buscaríamos la manera de indignarnos.

En fin, que, por un día, me voy a conceder el placer de no estar indignado por nada. Es agradable, si quiera por una tarde, tomarse las cosas como son. Se lo recomiendo a todo el mundo. Para variar. Que nadie se preocupe, no faltarán ocasiones para indignarse, con la que nos espera.
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