14 de diciembre de 2019, 21:00:25
Opinion

TRIBUNA


El buen perro y el mal amo

Juan José Vijuesca


Sacar al perro a la calle y que este haga sus necesidades más primarias es lo mínimo, otra cosa es saber comportarse en la decencia que exige la utilización de los espacios públicos por aquello de ir dejando al pairo la suelta de obra que el animal práctica.

Uno se crea su propia leyenda cuando tiene en casa este animal de compañía y sabe educarlo con el aprecio y buenos modales. Eso sí, valorando que el uno es de la raza canina y los demás somos de otra rama. Al cánido solo le falta hablar –frase hecha, por cierto-, sin embargo para él las reglas de conducta no pueden ser las mismas, pues mientras el perro asocia esto o aquello, nosotros, no obstante, sabemos distinguir un inodoro de una vía pública.

Dicho esto, no a modo de logia doctrinal, sino como recuento de ejemplos cotidianos que venimos padeciendo en nuestras calles y parques, no cabe otra que exigirnos ser mejores dueños más allá de nuestro propio retrete. Resulta que salir a la calle con la mascota y hacerlo en modo bipolar entre el candor y el pasotismo es un todo bastante habitual. Candor por la vida social con otros perros, y pasotismo por aquello de la obligación contractual ciudadana. No cabe generalizar en todo esto, solo que conviene resaltar la vaga costumbre que tienen algunos o algunas a la hora de doblar el espinazo para recoger la bosta de su propio perro.

Resulta curioso porque algunos animales, tales como perros, gatos y ciervos, por ejemplo, poseen una estructura llamada tapetum lucidum en la parte posterior del ojo que les permite reflejar la luz para una visión mucho mejor de la noche que la de los seres humanos; y claro, nosotros andamos en desventaja si al sacar a la mascota en noche cerrada no tomamos precaución de llevar puestas unas gafas de visión nocturna. La cosa no es de exagerada recomendación cuando transitamos por aceras tibias de luz entre variedad de detritos, lo que convierten en perfecto camuflaje la propia deyección canina.

Y llega lo inevitable, el zapato queda lacrado y la huella se adosa al asfalto sin nada que envidiar al paseo de la fama de Hollywood Boulevard. Y claro, viene la jura de Santa Gadea y comienza lo de evocar a las falsas muestras de educación vial que se gastan algunos convecinos con perros. Por eso digo que manda huevos como en este país, con bolsas gratis en dispensadores para que el personal tenga a bien recoger la inmundicia de su propio perro, haya quienes vayan por delante dejando al semejante a la deriva del infortunio -¡Hubiera preferido pisar cristales rotos con los pies descalzos!- exclamó alguien. No es para menos.

Resulta chocante que mientras Einstein, hace ahora 100 años, descubriera con su teoría lo de las ondas gravitacionales, o sea, que los humanos de hoy seamos capaces de escuchar diminutas vibraciones en el universo, pues como digo, mucho más asombroso que este avance de la física cuántica resulta ser lo de la ingravidez de los excrementos caninos que forman parte de nuestro cosmos urbano, mucho más parecido a un agujero negro del cual las conductas cívicas entran y salen como perro por su casa. De manera que la teoría de la relatividad muy bien para la suerte de la ciencia astrofísica pero es que aquí abajo aún estamos en la fase de mirar el suelo que pisamos y eso nos impide observar el firmamento. De manera que ni lluvia de estrellas, ni eclipses de luna, ni cuarto menguante que se precie.

En resumidas cuentas, lo que nos hace falta es crear una clase de Ley Fecal Canina, o sea, un modelo de ADN perro-dueño aproximando la ciencia a un laboratorio capaz de elaborar la prueba de paternidad infractora y acto seguido aplicar el consiguiente reprobatorio municipal.Quizás con ello esta asignatura de educación general básica, tan necesaria para muchos casos, nos permitiría aprender de nuestros perros, porque recordarán ustedes aquél slogan tan ocurrente: “Él no lo haría” Pues eso, apliquemos escuela canina y a ser posible, con efectos retroactivos.

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