5 de diciembre de 2019, 21:54:50
Los Lunes de El Imparcial

MEMORIAS


Imre Kertész: La última posada


Traducción de Adan Kovacsics. Acantilado. Barcelona, 2016. 296 páginas. 24 €. A caballo entre la novela, el ensayo, el diario y las memorias, el premio Nobel húngaro, recientemente fallecido, nos ofrece una brillante síntesis de su cosmovisión, que encierra su legado.

Por Carmen R. Santos


Desde el 31 de marzo de este año Imre Kertész (Budapest, 1929-2016) habita en su “última posada”. Pero allí no “habita el olvido”, pues el escritor húngaro permanecerá para siempre en el recuerdo, y la lectura, de quienes saborean la excelencia literaria, el placer de una literatura sin concesiones. Esa literatura fue reconocida en 2002 con el premio Nobel, otorgado a una obra que desde su comienzo estuvo marcada por una lucidez que resulta tan dolorosa como clarificadora e imprescindible. Kertész, nacido en Budapest en 1929, dio a la imprenta su primera novela, Sin destino, en 1975 -también en Acantilado, el sello que cuenta en su catálogo con la mayoría de sus libros-, en la que se narra el internamiento de un adolescente húngaro y judío en varios campos de exterminio nazis. En 2005, el cineasta húngaro Lajos Koltai la llevó a la gran pantalla, con guión del propio Kertész.

El protagonista de Sin destino, Gyürgy Küves -voz narradora de la historia-, vive una experiencia a la que no es ajena Kerstész, también confinado a los catorce años en Auschwitz y Buchenwald. Su obra encierra así ya en su inicio una raigambre autobiográfica, pero de forma enormemente personal, en una vuelta de tuerca en la que a sus posibles alter ego en la ficción se les otorga personalidad autónoma, incluso rasgos contrarios a los suyos. Se produce de esta manera un distanciamiento que, paradójicamente, es más efectivo. Como lo es el relato de Gyürgy Küves sobre su vida en los campos de concentración, alejado de toda impronta melodramática y de cualquier sentimentalismo. También de toda explotación de la llamada “literatura del Holocausto”, pues, ese sin duda estremecedor episodio histórico, Kerstész lo consigna, en su horror, y más allá de este, también en su dimensión de muestra de la crisis moral de Occidente.

La última posada, último libro que publicó -su edición original se fecha en 2014-, y cuya aparición en España coincidió prácticamente con su muerte, puede considerarse como su testamento literario, en el que se mantienen la huella autobiográfica y la ausencia de sensiblería: “Ayer me enteré de que mi Parkinson pronto iniciará su ‘desarrollo’, se extenderá también por mi lado izquierdo y se volverá cada vez más torturante”. Pero esta confesión -La última posada está llena de ellas-, no la realiza para despertar compasión, algo que en ningún momento ni por asomo solicita el narrador del libro, un escritor gravemente enfermo, poseedor del premio Nobel. El comentario que escribe a continuación de esa confesión en torno a lo que está inexorablemente condenado es sustancial sobre lo que guió la existencia y trayectoria de Kertész: “Tengo que darme prisa con todo cuanto me resulta intelectualmente importante”.

Ciertamente la vida de Kertész no estuvo exenta, sino todo lo contrario, de momentos complicados. Al divorcio de sus padres y a su internamiento siendo un adolescente en los campos de exterminio de Auschwitz y Buchenwald, se suma su vivencia en la Hungría estalinista, en un ambiente opresor y opresivo que reflejara en su novela Fiasco. Tras la liberación de Buchenwald, volvió a su país en 1948, terminó sus estudios y empezó a trabajar como periodista, pero fue despedido por no comulgar con todo el entusiasmo exigido con el credo comunista: “El deseo de justicia social ha creado las injusticias sociales más graves en el mundo, y la ocupación en el destino del otro -descuidando la existencia propia- ha llevado a los asesinatos en masa más espantosos”, certifica en La última posada.

A caballo entre la novela, el ensayo, el diario y las memorias, La última posada está henchida de brillantez que nos sirve la lúcida e implacable mirada de Kertész. Ningún asunto escapa a ella, desde anotaciones sobre su propia obra y sus libros principales -entre otros, Sin destino, Kaddish por el hijo no nacido, Fiasco, Diario de la galera, Liquidación, Dossier K-, incluido La última posada, con lo que también este título tiene no poco de work in progress, hasta comentarios sobre otros escritores, como sus admirados Kafka y Paul Celan, sin morderse la lengua ante vacas sagradas -véase, por ejemplo, lo que dice de Bertolt Brecht o de Milan Kundera-, sobre algún viaje a España y a otros países, el premio Nobel, el paso del tiempo y el inevitable deterioro de la vejez (“Vivir es difícil y la vejez lo hace más difícil todavía”), Hungría (“He pasado gran parte de mi existencia en la dictadura maligna de un país maligno y provinciano”), Israel, el Holocausto, Europa y su actual situación, el Islam…

Y todo desde una postura insobornable e independiente, ajena a la componenda o lo políticamente correcto, y surcada por una visión hondamente trágica: “[Dios] contempla alegremente cómo sus criaturas se devoran y al mismo tiempo se torturan sin piedad las unas a las otras. No existe la compasión ni en Dios ni en sus criaturas. La vida es básicamente maldad. Y el hombre se consuela pensando que le toca la vida eterna en recompensa por la conservación de la especie”. Quizá, también hay otro consuelo. Kertész, incluso con “la última posada” cada vez más cerca, confiesa: “No puedo vivir sin proyectos literarios”, y “escribir una novela es mi único refugio”. La literatura -desde las dos orillas, la de la creación y la de la recepción- se alza con toda su potencia. Frente al sufrimiento, frente a la decadencia, frente a la muerte. Incluso frente a la vida que sucumbe ante el mal.

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