15 de diciembre de 2019, 2:10:42
Opinion

TRIBUNA


Venezuela y su última oportunidad

Alejandro San Francisco


Si América Latina vive una situación ambivalente, la situación de Venezuela es francamente dramática. Las noticias no pueden ser más desalentadoras: hay una crisis institucional, que muestra una incapacidad para resolver una situación contradictoria entre el gobierno de Nicolás Maduro y una oposición mayoritaria en la Asamblea Nacional. Por otra parte hay una aguda crisis económica que tiene rasgos de emergencia humanitaria, la que lejos de agravarse ha tendido a profundizarse en los últimos meses. Como si esto fuera poco, continúan las movilizaciones sociales, en una sociedad cada vez más desesperada por no encontrar una salida pacífica al conflicto político.

Lo curioso, o lo esperanzador, es que dicha solución existe, es viable, está prestablecida en la Constitución y tiene una posibilidad real de llevarse a cabo: es el referéndum revocatorio. Con esta fórmula, debería ser el pueblo venezolano el encargado de definir si Maduro debe continuar en el cargo o debe dar paso a elecciones que permitan elegir un nuevo gobierno. En enero pasado, en este mismo foro, señalamos que Venezuela se encontraba en peligro, debido a la emergencia económica decretada por la administración, al resurgimiento de la odiosidad social y a la arbitrariedad con que estaba actuando el régimen. Por otra parte, señalamos la irrupción de la solidaridad internacional y el surgimiento de voces que pedían sensatez y resolución democrática del conflicto político.

Ha pasado casi medio año y la situación sigue empantanada. No se han acabado ni las agresiones verbales ni físicas, ni tampoco han desaparecido las detenciones políticas arbitrarias. El presidente Maduro, lejos de darse por enterado de la situación que vive su país, parece empecinado en llevarlo hasta extremos que podrían derivar en la violencia, ante la negativa -mediante triquiñuelas legales o interpretaciones forzadas- a someterse a una definición popular. Probablemente sabe que dichos comicios significarían una reprobación a su gestión y a su continuidad, que no está dispuesto a ceder frente a una oposición que descalifica sistemáticamente.

Hace unos días el líder uruguayo José Mujica -hombre de izquierda, muy respetado en su mundo político- señaló que Maduro está “loco como una cabra”. La respuesta del gobernante fue curiosa, al sostener que está loco de amor por Venezuela. No es excusable este exceso afectivo, porque resulta obvio que en el amor también se debe actuar con racionalidad, más todavía cuando dicho amor afecta la vida, la libertad y la seguridad de millones de personas, y cuando está en juego el futuro del país que se dice amar. Con un ingrediente adicional: es tal la división que el resultado podría ser una explosión social o una salida extra institucional al conflicto.

Desde la OEA hasta líderes de opinión de distintos países han hecho ver la necesidad de resolver la crisis mediante el referéndum. Es decir, que la democracia venezolana -lo que queda de ella en medio de la organización dictatorial del chavismo- resuelva sus problemas democráticamente. Nada más, nada menos. No resulta tan complejo y puede abrir las puertas a una salida civilizada de la situación, que se vuelve cada vez más desesperada y alarmante.

De hecho, en los últimos días se han oído algunas voces que llaman a las fuerzas armadas a definirse si están por el gobierno de Maduro o por la Constitución; incluso dentro del Ejército se levantan algunas protestas, todavía tímidas pero demostrativas de la nueva realidad. El heredero de Chávez, en cambio, permanece impasible, anunciando a los cuatro vientos que nada lo moverá, descalificando a sus adversarios dentro y fuera de Venezuela, convencido de que sus diatribas antiimperialistas o contrarias a la oposición son tomadas en serio.

Venezuela tiene una opción: lo saben los venezolanos, lo saben los gobernantes (otra cosa es que no lo quieran reconocer), lo sabe la oposición y lo señalan los observadores internacionales. Esa alternativa es el referéndum revocatorio, fórmula constitucional, inédita pero a la vez sensata para cambiar la situación actual por una en que pacíficamente se transite hacia la normalidad. El problema de esto es que, al no ser reconocido por el gobierno, se vuelve en la práctica la última oportunidad para salir de la desesperación, la miseria y la violencia. ¿Qué hacer en estas circunstancias?

Como la situación está en las manos de Maduro, la clave parece estar en seguir empujando hacia la convocatoria al referéndum, no caer en las provocaciones y evitar que la violencia asome como el camino inmediato para zanjar el asunto. Las transiciones a la democracia no son procesos fáciles, requieren convicciones, pero también aprendizaje político, unidad en la diversidad, objetivos claros (y pocos), prudencia y decisión. Parece razonable que, dadas sus convicciones ideológicas y trayectoria política, el chavismo no quiera soltar el poder: el socialismo del siglo XXI no tiene una lógica democrática, sino de concentración del poder, no gusta de las alternancias sino de la perpetuidad, tiene como referente a la Cuba de Fidel Castro, la única dictadura perpetua del continente. Pero no todo está perdido.

¿Cuáles son las alternativas hoy? Es imposible predecir el futuro, pero hay tres que se asoman a la vista. La primera, la que corresponde, es la alternativa democrática, la realización del referéndum, que debe realizarse en condiciones de limpieza y participación y debe terminar con una salida pacífica a la crisis institucional. La segunda, que algunos ya comienzan a mencionar, es el golpe de Estado, que puede darse en forma de levantamiento contra el gobierno o bien en forma de autogolpe. La tercera, la más dramática de todas, es la guerra civil, un mal recurrente en el siglo XIX latinoamericano (y en parte del XX) y felizmente desaparecido de la esfera regional. Como no se puede descartar ninguna de las opciones, y porque todas son factibles, vuelve a ser urgente y necesario elegir la más sensata, la fórmula civil, la resolución popular a través de un referéndum.

Si esto era necesario hace algunos meses, hoy lamentablemente se vuelve imperativo, porque de lo contrario la situación podría terminar mal, incluso peor de lo que hoy está Venezuela. Y esto sería realmente triste y dramático. La política tiene sus tiempos, y el de Venezuela se está acabando.

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