23 de octubre de 2019, 16:11:24
Opinion

TRIBUNA


Los Premios Nacionales

Agapito Maestre


Dicen que los Premios Nacionales que otorga el Gobierno de España cada vez tienen menos reconocimiento. Me cuesta creerlo. Recibir un Premio Nacional de Cultura tendría que ser algo importante. Pero la gente, según leo en los periódicos, no le da demasiada relevancia, porque fueron muchos los premiados que, en lo últimos años, lo rechazaron por disentir políticamente del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. No tengo criterio firme para definirme sobre este asunto. Tiendo a pensar que la cosa es un poco más compleja de la opinión pública dominante. En cualquier caso, tengo claro que el intelectual a lo largo de la historia se ha vendido con suma facilidad al poderoso. Los filósofos en este punto constituyen un paradigma de la cobardía universal y es que, porqué no reconocerlo, la filosofía es una profesión de alto riesgo. Sócrates, que fue el inventor del oficio, murió asesinado por ejercerla hasta sus últimas consecuencias.

Desde entonces, desde la muerte de Sócrates por ejercer con coraje su profesión, el filósofo se ha escondido para no correr tales riesgos. El filósofo es para muchos, sin duda alguna, un oficio de cobardes. Esta regla se confirma con excepciones relevantes. Son pocas a lo largo de la historia, menos aún dentro de una época, y rarísimas en el período de una generación. El filósofo valiente es una excepción. Lo normal es el tipo asustadizo, remiso y emboscado. Prefiere vivir acobardado a morir con dignidad. La modernidad tiene en la figura de Immanuel Kant el prototipo de filósofo cobarde. Marcó una tendencia que aún hoy es difícil de superar intelectual y psíquicamente. Las genuflexiones reiteradas de Kant ante los poderosos tuvieron que dañar mucho sus rodillas. Quizá sus cotidianos y regulados paseos no tuvieran otro objetivo que recuperarse de tanto rodillazo ante el poder. Quizá por haber sufrido personalmente tanta humillación, tanta condescendencia con el poder, prefirió hablar del hombre universal que no de los ciudadanos de Könisberg, o peor, de los siervos como él mismo se consideraba ante los que mandaban en su época. En fin, quizá para evitarse problemas, como el de Sócrates, Kant pensó que era mejor hablar antes de lo general, de lo “universal”, que de sí mismo. ¿Se imaginan alguno de los premiados de este año contando sus éxitos académicos a través de los lametones al poderoso?

Lo cierto es que el caminar erguido de todo ser humano, bella metáfora para defender la dignidad del hombre, fue una apuesta de Kant surgida de su sometimiento al poder de los “tiranos” de su época. Por cierto, este sometimiento de Kant, el inventor de la crítica moderna, al poderoso no fue una cuestión coyuntural o táctica, sino permanente y estratégica. Se sometió como un obediente servidor y humilde súbdito en su juventud a Federico de Prusia, a la Emperatriz Elisabeth de Rusia, y en su madurez a todos los poderosos del momento. Por injustos que fueran, Kant siempre se llevó bien con los poderes establecidos. Llegó a decir que la Ilustración es la época de Federico. Más aún, es todavía un ejemplo para los intelectuales de nuestro tiempo las palabras que utilizaba Kant para despedirse en las cartas que dirige a los poderosos: Eu. Excellenz untertänig gehorsamter Diener (De vuestra Excelencia, el más fiel y servidor obediente).

Pues, querido lector, en eso estamos. Estoy convencido de que la mayoría de los intelectuales españoles darían su alma al poderoso por un Premio Nacional de Cultura.

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