1 de noviembre de 2020, 1:53:35
Editorial


Suiza: dinero a cambio de nada



El peculiar sistema político suizo hace que desconozcamos quién es el primer ministro de aquél país, pero que de cuando en cuando sepamos del país con motivo de algún referendum. Esto ha vuelto a ocurrir ahora que el 77 por ciento de los ciudadanos de la confederación helvética ha rechazado la propuesta de implantar una renta, así llamada, básica que aseguraría a cualquier ciudadano recibir 2.500 francos suizos, unos 2.250 euros, por el hecho de haber nacido. Así, una familia con dos hijos recibiría, sin necesidad de hacer nada. 10.000 francos suizos todos los meses, unos 9.000 euros.

La idea es sustituir, con este plan, al Estado del Bienestar. Desaparecerían, de un plumazo, todos los programas de ayuda por cualquier concepto. El Estado se ahorraría la parte de su Administración que se destina a gestionarlas. La recepción del dinero sería independiente de su situación personal, y por el simple hecho de ser suizo.

El plan puede resultar sugerente y sin embargo una inmensa mayoría de los ciudadanos de aquél país lo ha rechazado. El motivo de tal negativa sólo lo puede aclarar la demoscopia, pero tampoco es necesario recurrir a ella para advertir que hay sólidas razones para rechazar un esquema como ese. La primera pregunta que a cualquier ciudadano con un mínimo de sentido común se formula es ¿de dónde sale ese dinero? Si tiene que salir de los impuestos, el maná de la renta básica será lo que reciba cada uno menos lo que le toque contribuir a ese fondo de reparto. Por otro lado, como renta y trabajo están disociados, el incentivo para trabajar y para mejorar profesionalmente mengua hasta desaparecer por completo en muchos casos.

Esta propuesta supondría un cambio fundamental en el sistema económico. Por un lado, desaparecería el Estado del Bienestar, tal como lo conocemos. Por otro, los trabajadores menos cualificados, entre los que están los más jóvenes, tendrían un incentivo casi invencible para no trabajar y vivir de la llamada renta básica, a costa del resto de la sociedad. El conflicto social, que sería absurdo decir que marca el devenir de aquél país, pasaría a ser el centro de la política. En definitiva, se han impuesto la racionalidad y el sentido común. Sólo podemos desear que el pueblo español dé muestras de tener ambos en la misma medida.
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