11 de diciembre de 2019, 21:51:36
Opinion

TRIBUNA


El odio. A propósito de Orlando

Alejandro San Francisco


La noticia que estremeció el fin de semana fue el asesinato masivo de 49 personas en Orlando, Estados Unidos. Se trata, según se ha señalado, de la peor matanza a tiros que ha ocurrido en el gigante del norte, perpetrada por Omar Siddique Mateen, un estadounidense de origen afgano, casado, de 29 años. El hombre ingresó armado a Pulse, un club gay, donde abrió fuego provocando medio centenar de muertes y una cantidad similar de heridos. Pronto murió tras ser abatido por la policía.

Los detalles resultan escalofriantes, conmovedores, casi inverosímiles. Pero son realidad, una realidad triste, que se resiste a ser comprendida con facilidad y donde todas las explicaciones son insuficientes, muchas de las palabras de consuelo deambulan entre vaguedades y frases hechas. Parece que los males que nacen y se repiten son pesadillas que se niegan a desaparecer, que nos devuelven a la penosa repetición del odio: racial, social, religioso, homofóbico, nacional y tantos otros que se auto justifican, pero que no tienen justificación.

En este sentido, es necesario volver sobre las palabras del presidente Obama, cuando señaló: "Aunque todavía es temprano en la investigación, sabemos lo suficiente como para decir que este fue un acto de terror y un acto de odio". Y agregaba, refiriéndose a Omar Mateen: "Lo que está claro es que era una persona llena de odio. En los próximos días, vamos a descubrir por qué y cómo sucedió esto, y vamos a ir a donde los hechos nos lleven". Precisamente en el odio debemos ver una de las principales causas de este tipo de sucesos, tanto en el presente como en la historia.

Porque si bien no hay claridad respecto del origen o motivaciones exactas del ataque, han circulado dos versiones por distintas vías, pero ambas conducen al mismo tema de fondo. Una hipótesis señala que se habría tratado de un ataque homofóbico -versión sostenida por el papá del atacante abatido-, mientras otros han señalado que se trata de un ataque terrorista, lo que se reafirmaría por el reconocimiento hecho por el Estado Islámico (ISIS). Aunque todavía no hay pruebas contundentes, el suceso se investiga como ataque terrorista.

Históricamente, el odio ha tenido un lugar ideológico en algunas figuras y corrientes políticas, de manera que junto a ciertas ideas y grupos emerge el sentimiento de aversión y antipatía hacia personas o grupos, cuyo mal no solo se desea, sino que se provoca. El siglo XX, que tuvo muchas manifestaciones de odio en el mundo entero, nos mostró hasta dónde se puede llegar precisamente por el crecimiento y expresión pública del odio.

Adolf Hitler, poco antes de morir y ya derrotado, escribió su Testamento político. Era la jornada del 29 de abril de 1945. Ahí, en lugar de reconocer sus propios errores -lo que en cualquier caso no era esperable- dedicó unas líneas para recordar un factor crucial de su pensamiento y acción política durante un par de décadas: el odio contra los judíos. En esa ocasión señaló: "Los siglos pasarán, pero de las ruinas de nuestras ciudades y monumentos, resurgirá el odio contra aquellos finalmente responsables -a quienes todos debemos agradecer todo lo sucedido- el Judaísmo Internacional y sus secuaces". El mismo odio que lo llevó a actuar con una coherencia terrible y homicida: persiguió a los judíos, los envió a campos de concentración y finalmente al exterminio en una pretendida “solución final”.

Otro personaje interesante en cuanto a la reivindicación del odio político como elemento central de acción política, fue el revolucionario argentino Ernesto Che Guevara, quien había acompañado a Fidel Castro en las horas victoriosas de la Revolución Cubana. Más tarde prosiguió con sus tareas en África y en América Latina. En 1967 escribió un artículo interesante en la revista Tricontinental, donde expresa una de las claves para enfrentar la lucha antiimperialista y para promover la revolución: "El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal…" El texto es conocido como “Crear dos, tres... muchos Vietnam”, y se publicó pocos meses antes de la muerte del icono revolucionario.

Lamentablemente, el odio es un factor espiritual, difícilmente mensurable, por lo mismo no se puede combatir con políticas públicas o meras denuncias. Uno de los problemas es que las acciones marcadas por el odio generan también reacciones y venganzas, la muerte trae más muerte y violencia, retroalimenta la guerra y la destrucción. Es una de las interrogantes que plantea en la actualidad la lucha contra el terrorismo. ¿Cómo responder a los ataques a las Torres Gemelas, a las muertes en París o los ataques de Bruselas? La respuesta no es simple, y quizá deba llevarnos a una reflexión más comprensiva del problema.

Hace poco Tzvetan Todorov, reflexionando sobre el tema, planteó una fórmula más difícil, y de largo plazo, pero que va al centro del problema. A propósito de la atracción de los jóvenes por los extremismos religiosos, el intelectual búlgaro comentaba a Juan Cruz en una entrevista: “Necesitamos hacerlos reingresar en la comunidad de un modo u otro, y no permitir este odio y resentimiento, que ese deseo de venganza no se apodere de ellos. El trabajo no es mandarlos a la cárcel, sino conquistar sus corazones” (El País, 5 de junio de 2016).

Con ello Todorov vuelve a uno de los temas olvidados en las últimas décadas, que no será superado ni por el crecimiento económico, ni por la organización política y social, ni por ninguna estructura, por muy valiosa o creativa que sea. Se requiere un cambio profundo en la persona, en cada persona, en todas las personas: se trata de volver a las raíces clásicas de hacer de sí mismo “el mejor hombre posible”, como señalaba Sócrates muy poco antes de morir; o pasar haciendo el bien, como indica la sabiduría cristiana. Tarea nada fácil, pero urgente y necesaria.

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