18 de mayo de 2021, 1:13:21
Opinión

TRIBUNA


75 años de “Barbarroja”

Alfonso Cuenca Miranda


Se cumplen 75 años del comienzo de la mayor operación bélica de la Historia: la invasión de la Unión soviética por las tropas alemanas en la denominada Operación Barbarroja. Jerjes cruzando el Helesponto, Alejandro llegando a Anatolia, Aníbal franqueando el San Bernardo, Gengis atravesando el Indo, Napoleón vadeando el Niemen… son las resonancias visuales que en el relato de los conflictos bélicos nos evoca la reunión de un formidable contingente con el objetivo, no sólo de la victoria sobre el hostes, sino de su aniquilación y, por ende, de la conquista de su territorio. Barbarroja supera con creces las posibilidades de imaginación del lector, con la movilización simultánea de cerca de cuatro millones de soldados por parte del ejército invasor y la respuesta prácticamente inmediata de casi el doble de hombres para la defensa, en un frente de 3.000 kilómetros, con unas condiciones orográficas y, sobre todo, climáticas extremas (y opuestas) en muchos de sus puntos.

Frente a frente dos enemigos destinados desde hace tiempo a citarse en el campo de batalla. Ciertamente, el choque fue en gran parte ideológico, con un Hitler que ya en 1925 había predicado la yihad contra el bolchevismo…; con todo, las eternas coordenadas geopolíticas ocupan un primer plano entre la causas del enfrentamiento: el corazón del heartland mackinderiano estaba en juego. Bismarck fue consciente hasta la obsesión de la importancia rusa en el equilibrio de poder por lo que siempre redobló sus esfuerzos por tener al oso ruso en su bando, pese a las tensiones que ello le provocara con su aliado natural austríaco. De hecho, la negativa de Guillermo II, una vez caído Bismarck en desgracia, a renovar el Tratado de Reaseguro ha sido considerada como el factor decisivo en el camino hacia la I Guerra Mundial, pródromo del enfrentamiento que habría de tener lugar 25 años más tarde. En relación con ello, como ha destacado Kissinger, el reparto de Polonia en el protocolo Secreto del Pacto Ribbentrop-Molotov de agosto de 1939 no hizo sino precipitar el choque entre los dos colosos, ya que a partir de entonces entraban en contacto directo, al desaparecer las contenciones político-geográficas que los separaban.

En realidad el conflicto era algo vaticinado por ambas partes, con la eventual incertidumbre sobre la fecha de su desencadenamiento. Stalin era muy consciente de ello, y ya en una conversación con su Estado mayor en diciembre de 1940 confesaba que el mismo era irremediable. En cualquier caso, consciente de la debilidad de su ejército, incrementada con la ausencia de suficientes mandos cualificados tras las terribles purgas de la década, el dictador soviético confiaba en que las hostilidades no se desataran hasta pasados dos años. Por ello, ignoró los reiterados avisos que los servicios secretos le hicieron sobre la planeada invasión (incluso el nada tranquilizador factor que desde febrero de 1941 más de 680.000 alemanes estuvieran concentrados en su frontera), temiendo que fuera una estratagema británica para involucrarle en la guerra. Por su parte, la Wehrmacht llevaba más de un año planificando la invasión: una operación en tres frentes muy ambiciosa, alentada por las resonantes victorias en la campaña de Francia y por la debilidad soviética mostrada meses antes en su particular conflicto con Finlandia. El 15 de mayo era la fecha inicialmente prevista, pero las complicaciones de la aventura italiana en los Balcanes, que exigió en último término la entrada en escena germana, retrasó la invasión cinco semanas, retraso juzgado por muchos analistas como determinante de lo que habría de suceder meses más tarde.

A las 3 horas y 15 minutos del 22 de junio de 1941 daba comienzo el acto decisivo del drama bélico. Tropas terrestres salían de sus puntos de partida agrupados en tres cuerpos: Norte, con Leningrado como objetivo, Centro, encaminado a Moscú, y Sur, dividido a su vez en dos grupos, el norte encargado de conquistar Ucrania y llegar al Volga, y el sur, cuyo objetivo último era el lejano Cáucaso con los campos petrolíferos de Bakú en el horizonte. A esa misma hora distintas escuadras de la Luftwaffe partían hacia sus objetivos en los más variados puntos de la geografía rusa, desde Kronstad, en el Báltico, hasta Sebastopol, en el mar Negro. El efecto sorpresa y la asombrosa capacidad de maniobra de las tropas germanas provocaron una serie de fulgurantes éxitos iniciales que hicieron temer por la debacle soviética, con bolsas asombrosas en su magnitud, del entorno de 300.000 hombres en Minsk o Smolenko.

Tras las fulgurantes victorias iniciales, y ante la resistencia de Kiev, Hitler, en contra de su Estado Mayor, partidario de llegar cuanto antes a Moscú, decide detraer hombres del ejército del Centro. Para el antiguo cabo la guerra moderna es ante todo una lucha por los recursos, y estos se hallan en el Sur; pero el retraso para el cuerpo de Bock será fatal, pues en octubre la temible rasputitsa (mezcla de barro y lodo que hace casi imposible el avance de los panzer) será el preludio de un invierno extremadamente frío para el que las tropas del Eje no estaban preparadas. La ciudad dormitorio de Khimki, a escasos ocho kilómetros de Moscú, será el límite máximo de la penetración alemana, y el canto del cisne de la progresión en tres frentes.

A partir de ahí comienza una nueva guerra. Ciertamente, los alemanes volverían a protagonizar campañas exitosas, como las que les llevarían a orillas del Volga, pero nunca más cubrirán un espectro como el abarcado en Barbarroja. Por contra, los rusos recurrirán a la movilización total y a la producción titánica de material de guerra, lo que unido a una formidable capacidad de combate y sufrimiento les llevaría a la victoria final. Por el camino, en esos cuatro años se asistirá a las mayores cotas de horror vividas en la historia humana: ejecuciones masivas (no rigió el denominado derecho de guerra), campos de concentración, canibalismo… y bajo la frialdad de unas cifras, que por sus increíbles magnitudes incluso producen cierto distanciamiento, cientos de miles de vidas rotas para siempre. La brutalidad del conflicto todavía asombra, máxime al ser protagonizada por dos de los pueblos con mayores logros artísticos y culturales, espirituales en una palabra, del planeta. En este caso, como en tantos episodios del conflicto, estremece la duda acerca de si el hombre se degradó pasando a la pura condición animal, o si, por el contrario, como se ha llegado a decir, fue más hombre que nunca, revelando su verdadera naturaleza.

La mañana del 22 de junio de 1941 la tierra tembló como nunca antes lo había hecho a consecuencia de la acción humana. Barbarroja fue la mayor movilización del hombre para la guerra, que nunca más volvería a ser (si es que alguna vez lo había sido) un arte. Daba comienzo la más terrible partida jugada por la supervivencia humana. Leningrado, Stalingrado, Kursk, Bagration… son hitos quizás no tan conocidos como otros del frente occidental, pero indudablemente la guerra, el destino del siglo XX se decidió allí.

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