17 de octubre de 2019, 2:11:37
Deportes

SEMIFINALES: PORTUGAL 2 GALES 0


Un impulso de Ronaldo sangra a Gales y Portugal llega a la final | 2-0

Diego García

La efectividad lusa noqueó a un partido denso. Por Diego G.


El Stade de Lyon, cuna modernista del Olympique y sustituto del ancestral Gerland, engalanó su novel mística para acoger el primer gran hito de su escueto recorrido. Portugal y Gales enfrentarían allí sus ilusiones y potencialidades, de trayectorias diversas a lo largo del torneo, con un inesperado billete a la final de la Eurocopa 2016 sobre la mesa. Los lusos arribaron con un bloque en creciente autoestima táctica y la constatación de representar un secarral ofensivo (cuatro empates y la única victoria, en octavos y ante Croacia, en la prórroga y por la mínima). Con su estrella en nítido claroscuro anatómico y mental. Los galeses, por su parte, desembarcaron en el verde al galope de un colectivo granítico, de preclaras y toscas convicciones, y sobre la estela burbujeante de Gareth Bale. Se desplegaba en el tapete una charla de asimilado estilo dialéctico pero antagónico contexto, pues los ibéricos manejaban experiencia y urgencia por degustar una gloria que tantas veces les ha resultado esquiva, mientras que los británicos se embarcaron en la travesía despresurizada que constituye perseguir una ensoñación tan sorprendente como honrosa. El único combinado con opciones de título del Reino Unido terminó por ser, pese a los pronósticos, el ‘Dragón de Cardiff’.

Fernando Santos, defensor de colmillo afilado de la espiritualidad -no refutada por la estadística- de su grupo de futbolistas (“prefiero jugar feo y no irme a casa”), hubo de lidiar con dos ausencias sensibles en su concepción del juego. Pepe y William Carvalho (central jerárquico y obrero rutilante de la pretendida musculosa medular) se cayeron del peldaño elitista en disputa y el experimentado Bruno Alves y el exuberante Danilo ocuparon sus escaños con dudosa capacidad de cobertura del vacío dejado por los titulares. Así, el bloque portugués disponía un férreo sistema de repliegue que volaría en la verticalidad de su franja ofensiva, conformada por Joao Mario, Renato Sanches (sensación del campeonato) Nani y Cristiano Ronaldo. Adrien Silva adosaría su clase distributiva al orden de Danilo y los laterales Cedric y Guerreiro mantendrían una bella disputa exterior con sus homólogos. Fonte sería la última frontera de Rui Patricio en un dibujo que pretendería vigilar las escapadas del rival y reducirle metros al frenesí galés, sin desdeñar el encierro y salida, por tanto. La identidad camaleónica de los lusos trataría de imponer tempo o adaptarse al del rival, con el fin de lucir, al fin, fluidez con balón y puntería de cara a portería. La cohesión táctica, otrora hándicap, constituía un punto decisivo para la supervivencia de los favoritos. El talento de Moutinho, Quaresma o Andre Gomes esperarían turno.

Chris Coleman tuvo en mente afianzar los conceptos que condujeron a su ópera magna hasta esta altura, pero debía suturar dos ausencias nucleares: Aaron Ramsey (el mejor de los cuartos de final que derrocaron a Bélgica) y Ben Davies (alma de la retaguardia) quedaron fuera por acumulación de amarillas. La indigesta labor de suplencia recayó sobre King, menos dotado técnicamente que el interior del Arsenal, y el espigado Collins. Intentaba el seleccionador reconducir su apuesta hacia el equilibrio, por mor de la coyuntura, entregando a Allen y Bale la exclusividad del cortejo del balón en una medular sellada por lo físico. Ledley y King ejercerían como anclas por delante de la arquetípica línea de tres zagueros (Williams y Chester completaban la nómina). La responsable ejecución, de ida y vuelta, de los carrileros Taylor y Gunter recibía una importancia similar a la inteligencia y acierto -en el cuerpeo con sus marcadores y en el papel de desahogo- de Robson-Kanu. Necesitaría Gales un desaforado ejercicio de cierre (con Hennessey como último filtro), achique y transición, con la herramienta de la dictadura anatómica y de ritmo como argucias de posible aplicación, según el fuelle propio. A un pasito de redoblar la épica, el ordenado conjunto isleño no debía exponerse con la valentía precedente, ya que a la espalda de su centro del campo yacían atacantes astutos y punteros en la amortización de espacios. Se daba por hecho, visto lo visto, que el pánico escénico no sería un factor envenenado en este lado de la trinchera.


El apasionado ritual de los himnos no escondió el desigual reparto de la tensión y la fe. Portugal y Ronaldo (de quien Maradona había dicho que estaría, con 31 años, visualizando esta Euro como la última que disputaría) tenían mucho más que perder. El correr de la pelota atestiguó los complejos que amarrarían, hasta el destierro, a una paleta valiente y colorida que no aparecería en un primer acto de brocha gorda. Se alzó el telón con dos equipos más cómodos a la expectativa, que no presionan ni se sonrojaban por acumular minutaje en disposición contemplativa. Alternaron posesiones en horizontal, inocuas debido a la escasez de talento para batir líneas por vía terrestre en la salida del esférico, y lanzamientos volátiles en profundidad, en busca de segundas jugadas. En paralelo al desarrollo de la plácida trama se confirmó la ausencia de patrón claro. Las faltas cortaban cualquier consecuencia de las escasas imprecisiones y el rigor táctico presumía por tocar ratios absolutos. Los dibujos de ataque (muy) estático designaron que el bando ibérico colocó a Adrien Silva y Renato Sanches entre líneas, con Guerreiro y Cedric abriendo el campo y Ronaldo, Nani y Joao Mario fluctuando en la mediapunta; y que Coleman obligó a Allen a clavarse en el mediocentro, presionado por Adrien Silva o Nani, y Ledley y King ganaban metros para escalonarse, con Kanu afianzado en el área y Bale virando para asociarse con los adelantados carrileros. Pero el juego entre líneas centrado adolecía, prohibido por la superpoblación de la parcela central ejecutada por ambos sistemas. Se entrevió con celeridad que el centro lateral se erigiría como la ruta paradigmática mutua de acceso a posiciones de remate. Las circulaciones desprovistas de rapidez favorecían las continuas emboscadas estudiadas, que desenchufaban la influencia de Nani, Ronaldo, Renato Sanches, Bale, Allen o Kanu.

Pasado el hierático 15 de partido, Portugal quiso asumir con mayor vehemencia el mando de la posesión, aunque relativizó la presencia de las porterías en un tempo ya congelado. Ambos escuadrones hacían de la dinámica un intercambio plomizo de asociaciones sólo interrumpidas por aceleraciones en cambios de ritmo vertical, anacrónicos y desacertados, en tres cuartos de cancha. El fútbol control gobernaba con arrogancia en un prólogo que, por el contrario, iría sacándose capas de seguridad replegada para desnudar la verdadera naturaleza de los combatientes. El trecho descontextualizado esclarecedor, que se constataría como anexo y espejismo, se abrió con Joao Mario tomando el cuero en el ecuador del terreno y trazando una pared frenética con Ronaldo. El extremo del Sporting se adentró en la frontal y cruzó demasiado su remate en el primer tiro del partido -minuto 16-. Respondió, apresurado, el conjunto británico con un movimiento de ruptura de Bale a la espalda de los mediocentros lusos. Ganó un mano a mano en carrera con Fonte, pero el zaguero taponó su aproximación inaugural y centro. Dio paso la jugada a un córner que sacó Taylor raso y hacia el punto de penalti. La estrella madridista se zafó de su sombra y escapó para sellar la acción ensayada con un zurdazo fuera de arco -minuto 18- por poco.

La ventana por la que se matizaba el conservador miedo a fallar y empezó a discurrir, a borbotones, el chispazo coyuntural de alternativas, precisó el descenso de metros de Bale, que reclamó protagonismo y las riendas de un duelo por definir. Lo hizo para combinar, engrasar la anestesiada asociación de los suyos (Ramsey sollozaba en tribuna) y dispararse en slaloms individuales a su antojo. En el minuto 21 propulsó su potencia para pisar línea de fondo y centrar a las manos de Rui Patricio. A continuación detectó la primera contra cristalina del combate. Condujo para dañar la espalda de Guerreiro, desbordar a la medular y afrontar un tres para tres hiperactivo que concluyó con el chut serio inaugural del partido, desde la frontal, centrado y a las manos del meta portugués. Sin órdenes referidas a un aumento de valentía posicional, la intensidad quedaba constreñida a la atención en campo propio y la lógica confirmó un tramo de mayor soltura galesa. En el 25, Kanu cayó a la cal diestra para romper y centrar, y Fonte arrebató el remate a King in extremis. De inmediato se desató Renato Sanches para encender una transición que desestabilizó a los isleños y terminó en centro de Cedric y salto de Ronaldo que no conectó, por poco, con el envío. La querencia contragolpeadora de los dos comparecientes quedó, entonces, refutada. Y el partido tendía a romper las líneas. Parecería que ambos equipos se habían descubierto cómodos en el refresco del vuelo y arrinconaron el devenir hacia una anarquía más natural e interesante. Subió el derroche, los vatios y la exigencia física, con escenas energéticas y rudimentarias alternas. En el 29 Fonte disparó muy desviado desde larga distancia.

Pero la pulsión de toma y daca fue domada, con severidad, por la densidad previa. La creación en estático volvía a ocupar la escena, rebosante de la previsibilidad industrial del juego directo galés y la anodina acumulación de envíos parabólicos portuguesa. La línea argumental, plana, cercenaba cualquier atisbo de terciopelo. Y la calidad técnica no localizaba espacios para respirar entre el vil racimo de pelotazos. Adrien Silva probó suerte en el 32 sin acertar desde media distancia: el lanzamiento desde la cueva era ya una opción predilecta respetable.

La afinada superioridad de los tres centrales galeses en la pugna por centros se imponía a Ronaldo y Nani, que perecían en inferioridad (varias ocasiones ofrecieron un tres contra uno, con el madridista como islote). El ajuste que neutralizaba los avances de los pupilos de Santos llenaba de telarañas la distancia técnica entre ambos equipos. En el otro lado de la cancha, Danilo, Adrien Silva y los centrales se pegaban para complicar la ocupación británica de la mediapunta y sus centrímetros mitigaban la tratativa exterior. Sin superioridades por banda, el Santo Grial de estas estratagemas, los dos sistemas defensivos aplicados con eficiencia exprimían la tozuda vulgaridad combinativa de las selecciones enfrentadas. Kanu se afligía, menos acertado en la contención del baile con Alves y Fonte, y su equipo lo pagaba. Por tanto, el desapego de esta semifinal a su pegajosa aridez creativa y primitiva gestión de la pelota quedaba supeditada al acierto, inconexo, de un desmarque cortante de Bale o Ronaldo.




En el minuto 41 aconteció el primer tiro del goleador del Real Madrid. El cuero llegó en asociación exterior para encontrar al 7 portugués a 25 metros de la portería. Con electricidad en el lenguaje, se hizo hueco, talonó y remató para el despeje del cortafuegos galés (tres obreros le taponaron). Se avecinó el intermedio con la sensación de haber visionado un ensayo sobre la prudencia y un acercamiento peligroso postrero. El tú a tú de Adrien Silva con Collins, descolocado en la cobertura a su lateral, y centro hacia el segundo poste para el remate, muy desviado, de Ronaldo, llegó en el 44 para susto de la templada hinchada galesa. Ganó a Chester la posición pero no dirigió su testarazo el campeón de la Champions League. El camino hacia vestuarios subrayó, a través de la relación estadística, lo comedido del rendimiento y la actitud ofrecida sobre la hierba. Gales, que dirigió el guión hacia un recinto de comodidad para con sus presupuestos, celebró vencer en tiros a portería (cero a uno) y en la posesión (51%), pero, a pesar de navegar con los punzones técnicos achatados, Portugal tampoco sufría por el pentagrama de juego, y generó cinco remates por un total de tres intentos isleños. Sin convulsiones registradas, el decantar había circundado con peligrosidad el bostezo.

El acontecer había susurrado, entre las conclusiones extraídas, que la disputa estaba planeada para durar 120 minutos, dirigiendo el foco hacia el cansancio. El descorche del segundo tiempo especificó la veracidad de la perspectiva, pues ni unos ni otros implementaron enmiendas al contenido desempeño. Gales y Portugal proseguían en su control sosegado de las pulsaciones, sin arriesgar una pulgada para alcanzar un botín de complicado acceso, comprobada la negación artística global. Es por ello que el balón parado, reducto que iguala fuerzas y, a la vez, distingue a los virtuosos por el mimo en el toque, se convertiría en el patrocinador del punto de inflexión que condicionaría la eliminatoria. El marasmo despertó con abrupto sobresalto. Un saque de esquina estándar se revistió de trascendencia cuando Joao Mario eligió el salto de página. En lugar de repetir el lanzamiento sin consecuencias propio de los 45 minutos precedentes, decidió tocar en corto, para la llegada de Guerreiro. El talentoso lateral desató, con su zurda, un centro puntiagudo que remarcaría la fuerza de la pizarra. Su flecha enlazó con el testarazo soberbio que Ronaldo dirigió hacia el 1-0. El merengue, que empató como máximo goleador histórico del torneo con Platini (nueve goles acumulados), se incorporó como un rayo por detrás del bloqueo coral efectuado por sus compañeros. Chester no llegó a término y el cabezazo heló la reacción ausente de Hennessey -minuto 49-.

El prematuro mordisco activó la personalidad batalladora de Gales, que reaccionó con gallardía y subió metros. Pero dicho movimiento valeroso conllevó el ofrecimiento de hectáreas para que la calidad de Portugal resplandeciera con espacios, en su atmósfera favorita. Lo pagaría muy caro Coleman: dos posesiones después del venenoso primer gol enganchó el astuto combinado ibérico una transición que edificaría su paz. La combinación, que encuadró a la retaguardia contrincante en un descompuesto balance, conectó con las botas de Ronaldo. El astro aglutinó oponentes y chutó desde media distancia. Nani, en soledad y en el interior del área, desvió la dirección del desatinado disparo lo justo para que Hennessey volviera a verse vencido -minuto 54-. Un impulso de acierto y jerarquía de la referencia portuguesa aniquiló la equidistancia entre los contendientes. Quedaba moribunda la competitividad de una semifinal abocada a su extinción antes de tiempo, debido a un incendio sólo imputable al pedigrí de su protagonista.


Respondió Coleman al brete mutándolo en un desafío. El seleccionador en desventaja movió su dibujo y a sus peones con desaforada ambición, entregándose a un urgido suicidio ofensivo. En una horquilla de cinco minutos deshizo su zaga de tres centrales y agujereró su mediocampo sacando a su único destructor. Collins y Ledley cedieron sus escaños a dos atacantes: Vokes, héroe de la sentencia belga, se añadiría al interior del área y Williams buscaría hacer renacer el juego interlineal para esbozar un renovado afán dañino galés que, para su desgracia, terminaría desembocando en el crecimiento, integrista, del modelo de centro lateral. Estableció Fernando Santos un ajuste para este último punto que se confirmaría determinante. Danilo replegó velas para añadirse a los hombros de sus torres defensivas (Alves y Fonte). Los antiaéreos ibéricos gozaban de más centímetros y provocaban el amaine de la voluntad británica . Además, la soga posicional portuguesa frenó el ímpetu reactivo de su herido rival. Los isleños fueron presa de cierta desesperación por acercarse en el electrónico con rapidez y la experiencia lusa reforzó el aspecto quimérico del anhelo galés, delineando un exponente del juego en contraataque, a sus anchas sin obligarse a enfrentar los asideros de la vigilancia roja. Con Taylor y Gunter uniformados como extremos y sin una pieza de sostén táctico, el peligro descendió hacia Hennessey.

Sólo Bale imaginó rutas accesorias para complicar a Rui Patricio. El extremo madridista, falto de alimento, se escabulló del entente aéreo para asentarse en la media distancia, como distribuidor y finalizador francotirador. De este movimiento nacieron los tiros de intención más retorcida de la tratativa galesa. El primero se gestó desde la segunda línea y tras un despeje luso. La pelota arribó en la zurda del 11 rojo, que controló y trazó una volea que detuvo, en dos tiempos, el guardameta portugués –minuto 75-; y el segundo, obra de la unicidad de Gareth, ocurrió desde 25 metros y a través de un misil propulsado con dirección variable. El portero del Sporting corrigió su posición en un par de ocasiones y lanzó su estirada para eludir un recorte pesado en la distancia inscrita en el luminoso –minuto 81-. Hasta aquí llegaría el bagaje productivo de tiros a puerta del descabalgado púgil galés.

El epílogo de impotencia asociativa y rematadora del digno perdedor quedó salpicado por la asiduidad de los contraataques lusos que crecían hasta posiciones de remate. Hasta seis ocasiones, de diverso pelaje, inquietarían a Hennessey antes del pitido final. Una falta frontal lanzada por Ronaldo y que lamió el larguero -minuto 62- alzó las hostilidades en la espalda de la maltrecha medular galesa. Prosiguió el repunte con un chut lejano de Nani que evocó un despeje precario del arquero del Crystal Palace. Joao Mario cazó el rechace pero no embocó entre palos -minuto 65-. El cabezazo de Fonte hacia el ángulo, detenido por el meta británico –minuto 70- ejerció como preludio de una transición voraz (en superioridad de tres para cuatro) que Renato Sanches decidió vestir de monólogo. El fichaje del Bayern condujo, dividió y chutó, sin consecuencias –minuto 73-, antes de ser sustituido por Andre Gomes. De la inmediata pérdida de Bale emergió la contra que Danilo tradujo en otra superioridad concluida en solitario. El bregador chutó y Hennessey detuvo sin atrapar y rescató la pelota sobre la línea. Sufría Gales para mantenerse a flote sobre su pundonor ofensivo. Luchaba contra su cansancio multifacético y su desacierto en el pase definitivo.

Moutinho disfrutaría de minutos para el descanso de Adrien Silva (muy completo) y cerrar el partido. No quedaba tiempo ya más que para las dos últimas acciones de disparo de un hambriento Ronaldo. La primera colegó un robo y salida lanzado por André Gomes, que finalizó con centro hacia el segundo poste. Cristiano controló y fintó la salida del portero pero se topó con el lateral de la red tras su chut angulado; y la segunda certificaría el triunfo portugués. Había entrado en el campo Quaresma por Nani, como colofón de una sensacional actuación de la nueva incorporación del Valencia, y la última estación del viaje del inesperado superviviente británico sucedió entre el estruendo de los cánticos de la afición galesa y una falta directa de Ronaldo estrellada en Bale. El esfuerzo solidario de los pupilos de Coleman honraron su despedida -influenciada en grado sumo por la ausencia gestadora de Ramsey- de esta deliciosa aventura de la que quedaron apeados en un pestañeo decisivo del que empezará a sonar como firme candidato a levantar su cuarto Balón de Oro en enero. Se legitimó el prestigió y estatus adquirido por Gales en la fase de clasificación para esta Eurocopa y también lo hizo el libreto de Fernando Santos. Tiene a su equipo en la final del torneo y sobre los hombros de una plantilla que ha crecido desde el prisma colectivo e individual. Alemania y Francia se desgañitarán por acceder a la cima balompédica estival, pero allí espera ya la quintaesencia de la aplicación del rigor táctico a la calidad. La mezcla, en ese orden de fuerzas, que domina la gloria del fútbol en el presente. Con su estrella in crescendo, como si tuviera que demostrar algo. Como si todavía no le creyeran capaz de decidir cualquier título.

Ficha técnica:
2- Portugal: Rui Patricio; Raphael Guerreiro, Fonte, Bruno Alves, Cédric; Adrien Silva (min. 80, Moutinho), Danilo, Joao Mario; Renato Sanches (min. 73, André Gomes); Ronaldo, Nani
0- Gales: Hennessey; Gunter, Chester, Collins (min. 64, Jonny Williams), Ashley Williams, Taylor; Allen, Ledley (min. 57, Vokes), King; Robson-Kanu (min. 60, Church), Bale.
Goles: 1-0, min. 50 (Ronaldo) y 2-0, min. 53 (Nani).
Árbitro: Jonas Eriksson (Suecia). Mostró tarjetas amarillas a Allen (min. 7), Chester (min. 60), Alves (min. 70, Ronaldo (min 72) y Bale (min. 88).
Incidencias: Asistieron al Parc Olympique Lyonnais unas 58.000 personas para presenciar partido de semifinales de la Eurocopa. Desde el palco de honor presenciaron el partido el presidente de Portugal, Revelo de Sousa y el primer ministro francés Manuel Valls.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es