23 de febrero de 2020, 5:23:48
Opinion


"Miembras"

Regina Martínez Idarreta


Las mujeres somos el único sexo que se pasa toda la vida planteándose su condición. Los quioscos no están repletos de revistas que basan su existencia en el mero hecho de ‘ser hombre’, al contrario de lo que sucede con el de ‘ser mujer’. No existe ningún producto que se anuncie bajo el lema ‘me gusta ser hombre’ y, por supuesto, los hombres no pierden tres cuartas partes de su vida analizando sus cambios de humor, evoluciones físicas, reacciones mentales y sentimentales y planteándose qué es ser hombre en las diferentes etapas de la vida. Tan ombliguistas somos, tan obsesionadas estamos con nuestro propio sexo que, mientras las pocas revistas ‘masculinas’ que hay en el mercado están llenas de fotos de mujeres esculturales ligeritas de ropa con las que recrearse, las femeninas tienen todavía más fotos de mujeres de quitar el hipo y con menos ropa aún, con la diferencia de que en vez de para recrearnos, las miramos para autoflagelarnos. No podemos dejar de observarnos y medirnos, tanto en el plano físico como en el mental y espiritual.

Incluso cuando queremos defender nuestros derechos y exigir nuevos logros en nuestro camino hacia la igualdad plena, tan ensimismadas estamos en nuestra condición sexual, que caemos en la trampa de ese histerismo absurdo tan “típicamente” femenino que nos achacan muchos hombres. ¿De verdad hay alguien que crea que con palabros –y con esto no pretende ser el masculino despectivo de la palabra ‘palabra’- como “miembras” vamos a avanzar en la igualdad entre sexos? Por supuesto que el lenguaje no es inocente, que las palabras crean realidades y que a través de él el mundo puede convertirse en un lugar diferente, mejor o peor, según el maquiavelismo de quien decida utilizarlo. Sí, pero, como todo, hay que utilizarlo con inteligencia, haciendo uso de los resortes y trucos que pone a nuestra disposición, de una manera medida e, insisto, inteligente. Soltar un “miembros y miembras (¡¡¡!!!)” en mitad de un discurso, no sólo suena mal al oído, denota estupidez. Tanta como muchos de los comunicados del Gobierno Vasco, estandarte de la igualdad entre los sexos -que no entre los ciudadanos y ciudadanas-. En su libro “Palabra de Vasco” Santiago González recoge algunos ejemplos delirantes de hasta dónde llega el celo del ejecutivo de Ibarretxe en su cruzada lingüística por la igualdad, como el de un estudio en el que se hablaba de “los caballos y las yeguas”. En fin, que ni a las yeguas les va a cambiar la vida porque los bienpensantes funcionarios del Gobierno vasco las menten en sus textos, ni a mi me hace especial ilusión que ser “miembra” de un colectivo que pierde el tiempo en reivindicaciones tan estúpidas.
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