7 de diciembre de 2019, 8:32:33
Editorial


¿Ha cambiado algo en Cuba?



El 17 diciembre de 2014 el presidente norteamericano, Barack Obama, y el cubano, Raúl Castro, anunciaron la reanudación de las relaciones diplomáticas. En ese momento, la liberación del contratista Alan Gross y su intercambio por tres cubanos encarcelados por espionaje, hizo finalmente posible algo en lo que los dos países venían trabajando: derribar la última frontera heredada de la Guerra Fría. En esa fecha histórica, los dos mandatarios anunciaron una serie de medidas encaminadas a una total normalización, como la apertura de una embajada norteamericana en La Habana y la eliminación de trabas para viajar entre Norteamérica y la isla caribeña.

Aunque no era posible suprimir el embargo que Estados Unidos mantiene hacia Cuba, no depende del presidente sino del Congreso, ahora con mayoría republicana, se fijó una apertura y Obama prometió que trabajaría en el sentido de esa supresión, un deseo permanente del Partido Demócrata. De hecho, en su campaña, la candidata a la Casa Blanca, Hillary Clinton, ha dicho que el embargo debe terminar. Tras el anuncio de Obama y Castro se fue poniendo en marcha el deshielo, que tuvo uno de sus momentos más emblemáticos el 14 de agosto de 2015 cuando el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, reabrió oficialmente la embajada en un acto solemne donde se izó la bandera.

Aunque el mundo saludó positivamente la reapertura de relaciones, no dejó de haber cierta inquietud, y no solo en buena parte del exilio cubano de Miami que no vio con buenos ojos el cambio, respecto a que en Cuba se caminara, y que así se lo exigieran Estados Unidos y la comunidad internacional en su conjunto, hacia la democratización. En todo este tiempo de nuevas relaciones ha habido algunos episodios que precisamente no despejaron esa inquietud. Como precisamente no la despeja que el opositor cubano Guillermo Fariñas, en huelga de hambre desde hace ocho días, haya sido ingresado en un hospital. Y que otro disidente, Carlos Amel Oliva, se encuentre también en huelga de hambre.

No es la primera vez que Fariñas lleva a cabo esta acción para exigir al Gobierno de Raúl Castro que no persiga ni torture a la disidencia. Bien está, sin duda, el deshielo iniciado en 2014, pero mejor estaría que no se abandone la presión para que Castro dé pasos claros para que la libertad, como las relaciones con Estados Unidos, se reanude en la isla. No parece, sin embargo, que el líder comunista esté por la labor. Pero el deshielo o la posible supresión del embargo no puede ser un cheque sin ninguna contrapartida a favor de que los cubanos vivan en el régimen democrático que se merecen.
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