13 de diciembre de 2019, 2:37:01
Sociedad

CRÓNICA RELIGIOSA


Crónica religiosa. Un cura en el mar de plástico, por Rafael Ortega

Rafael Ortega

Los misioneros no solo trabajan en el tercer mundo. Hay, gracias a Dios, sacerdotes que se entregan en cuerpo y alma a su labor pastoral, misionera, en algunos lugares de este primer mundo, que en mucho recuerdan a sitios de África, tan cercana, por cierto, de ese “mar de plástico” que invade el poniente almeriense.


He tenido la fortuna, esta semana, de compartir momentos y situaciones con uno de esos curas bonachones, simples dirían algunos de los que mandan, pero pastores sobre todas las cosas.

Guardias Viejas y Balerma son dos pueblecitos situados en ese “mar de plástico” con pocas casas y gente sencilla que tienen dos templos que me han recordado a algunos de los que he visto en países africanos. Iglesias con imágenes y con mucho calor interior, no solo climático, que hace que la Fe sea mucho más firme para el que los visita y con jóvenes que se cobijan bajo el tejadillo de la entrada a la espera de algún trabajo o de que la señora que cuida el templo acuda al mismo y les cuente los últimos chascarrillos.

Pueblos y parroquias a donde acude el cura “simple y bonachón” a hablar de esperanza y a confesar pecados y hablar de futuro. Un futuro próspero que parece muy lejano para los parroquianos aunque a poco más de quince kilómetros se levante la impresionante localidad de El Ejido, eje central de la riqueza del plástico y en dónde hay una de las mayores concentraciones de sucursales bancarias de España y desde donde, diariamente, parten miles de camiones para el centro y norte de Europa con la preciada carga de frutas u hortalizas.

Es el primer y el tercer mundo en un palmo. Riqueza y pobreza que tiene cada una su templo. Esta última, como decíamos, a la espera de que una semana, un día, aparezca el cura “simple y bonachón” a echar una mano en lo que haga falta.

Esa es la Iglesia de las periferias que está presente aquí mismo y que reclama FRANCISCO todos los días y a todas horas. Es la Iglesia que necesita sacerdotes “simples y bonachones” a los que no les hacen falta confesionarios físicos, porque los pecados se perdonan en la calle y el pastor está con la ovejas en contacto directo y si alguna de estas se descarría, él corre a buscarla.

Españoles y emigrantes conviven en las penínsulas de ese mar de plástico donde el salvavidas es un cura “simple y bonachón” que, por cierto, se me había olvidado, se llama Jesús Zapata.

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