28 de enero de 2020, 12:30:11
Editorial


Erdogan y Putin: ¿un giro copernicano en la geopolítica mundial?



La primera visita de Estado que ha hecho Erdogan después del fallido golpe de Estado ha sido a Rusia. Y la ha hecho con una actitud enormemente conciliadora hacia un país con el que Turquía no deja de tener abiertos contenciosos de gran calado, como su muy distinta postura en Siria, llegando Putin a acusar a Ankara de beneficiarse del yihadismo, y el arrastre de más de seis meses de tensiones por el derribo a manos de la aviación turca de un avión de combate ruso que, según Ankara, había violado su espacio aéreo. Y no solo los desencuentros son de ahora mismo, sino que Turquía y Rusia han sido enemigos históricos: la tradicional aspiración de Rusia, como líder de la Iglesia ortodoxa, ha sido, desde siglos, preservar los Santos Lugares y recuperar Constantinopla para acceder a las aguas calientes del Mediterráneo. Por eso, los países de la OTAN, empezando por los EE.UU. siempre han apoyado el acercamiento y la incorporación de Turquía, independientemente de su régimen político. El giro, pues, en la política de ambos países es copernicano.

Sobre todo motivado por el episodio del avión, hubo un momento en el que Rusia y Turquía estuvieron a un paso de romper relaciones. Ahora, sin embargo, no solo todo son parabienes y deseos de fructífera colaboración, sino que los dos mandatarios han escenificado una gran sintonía personal. Erdogan se refiere al inquilino del Kremlin como “mi amigo” y le ha agradecido públicamente su rápida llamada telefónica después del intento del golpe que, ha dicho, “me ayudó mucho psicológicamente”. Bien distinto es lo que Erdogan piensa de otros cuando dijo a raíz del golpe: “Si hubiera muerto, nuestros amigos occidentales saltarían de alegría”.

Tanta sintonía precisamente ahora no es, sin embargo, por azar. Las relaciones de Erdogan con Occidente no atraviesan su mejor momento. Un Occidente que, con la UE a la cabeza, le reprocha que esté utilizando el golpe como pretexto para realizar purgas masivas en todos los ámbitos -al respecto, el silencio de Rusia ha sido sepulcral-, y plantearse incluso el restablecimiento de la pena de muerte, algo que alejaría prácticamente a Turquía de manera definitiva de sus pretensiones de entrar en la UE. Un Occidente que ve con inquietud el acercamiento entre dos líderes muy propensos a derivas que no son precisamente profundizaciones en la democracia, sino todo lo contrario.
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