19 de febrero de 2020, 2:51:12
Editorial


Olimpiadas agridulces



A la hora de hacer balance de la participación española en los Juegos Olímpicos celebrados en Río de Janeiro hay que subrayar un saldo positivo. No así en lo que respecta a otros países iberoamericanos. Los deportistas españoles no han ahorrado esfuerzos y en muchos casos este se ha visto recompensado con las codiciadas medallas. Unas medallas que no solo producen la lógica satisfacción a quienes las han obtenido, sino que son un orgullo para todos. El decimocuarto puesto logrado por España en la clasificación general es más que digno, al igual que las diecisiete medallas conseguidas, siete de oro, cuatro de plata y seis de bronce.

Los españoles mantienen el mismo número de medallas que en las Olimpiadas de Londres de 2012, pero lo mejoran en cuanto que ahora se ha elevado la cantidad de las de oro, pasando de tres a siete. Un dato muy significativo es que se ha logrado aumentar sensiblemente el número de diplomas, con los treinta y ocho que se han ganado, lo que habla muy favorablemente del nivel del deporte español, máxime teniendo en cuenta que en estos años la crisis también ha golpeado al mundo del deporte.

Los deportistas españoles -hay que destacar la especialmente exitosa presencia femenina-, nada tienen que envidiar en dedicación y entrega a los de los países que se sitúan en los primeros puestos de la clasificación. Por ello es preciso que se les apoye de manera decidida, pues es todavía mucho más lo que pueden dar y se puede mejorar. Por su potencial, España puede y debe alcanzar un puesto todavía mejor, como ya sucedió en los Juegos de Barcelona en 1992, donde España se situó en el sexto lugar, y obtuvo veintidós medallas, trece de oro. De ahí que haya que continuar trabajando con ahínco para lograr un éxito aún mayor en los Juegos Olímpicos de Tokio de 2020.

Frente al papel aceptable que ha tenido España en Río, hay que lamentar el discreto balance de los países latinoamericanos. Hispanoamérica deberá intensificar sus esfuerzos para no quedar descolgada de un acontecimiento de la envergadura de los Juegos Olímpicos. Especialmente decepcionante ha sido la actuación de México –un país de casi 120 millones de habitantes- con tan solo cinco medallas y ninguna de oro y lo mismo puede lamentarse de la Argentina, con sólo cuatro medallas. El deporte es un índice de desarrollo y educación y hay que tomárselo muy en serio, como hacen países como Nueva Zelanda, Canadá o Dinamarca que con una población reducida han obtenido resultados proporcionalmente muy superiores.

De igual manera, no ha sido precisamente brillante la organización de los Juegos. A duras penas consiguió Brasil que todo estuviera listo para su comienzo y durante su desarrollo no ha dejado de haber problemas como, entre otros, el no siempre óptimo estado de las instalaciones olímpicas. Pese a todo, hay que congratularse de que todo se haya desarrollado sin sobresaltos, y, sobre todo, de que, como llegó a temerse, el terrorismo asesino no los haya ensangrentado. Una vez más, el sueño del barón de Coubertin se ha cumplido.
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