19 de septiembre de 2019, 12:28:08
Críticas de Cine

ÓPERA PRIMA


Crítica de cine. Tarde para la ira: los 'santos inocentes' cañís de Raúl Arévalo

Laura Crespo

El actor Raúl Arévalo debuta en la dirección con Tarde para la Ira, protagonizada por Luis Callejo y Antonio de la Torre.


TARDE PARA LA IRA

Director: Raúl Arévalo
País: España
Guión: Raúl Arévalo y David Pulido
Fotografía: Arnau Valls Colomer
Música: Lucio Godoy
Reparto: Antonio de la Torre, Luis Callejo, Ruth Díaz, Manolo Solo, Alicia Rubio, Raúl Jiménez, Font García

Sinopsis: Madrid, agosto de 2007. Curro sale de la cárcel tras cumplir una condena de ocho años, con ganas de emprender una nueva vida junto a su novia Ana y su hijo, pero se encontrará con una situación inesperada y a un desconocido, Jose, que le llevará a emprender un extraño viaje.

Lo mejor: La atmósfera de desasosiego | Unos personajes con mil matices | Situaciones creíbles | La planificación | El papel secundario de Manolo Solo y la escena que protagoniza

Lo peor: Sigo pensando

Había mucha expectación con el debut de Raúl Arévalo en la dirección. Con 36 años, el madrileño se ha labrado una prolífica carrera como actor y, en cada entrevista que concedía a medida que avanzaba el interés del mundo del cine por su prometedor talento interpretativo, tocaba la tecla que de verdad le interesaba: “Quiero dirigir”. Quizás fuera por esa pasión explícita o porque se tiende a pensar que un actor con la personalidad, los referentes y el gusto cinematográfico de Arévalo va a ser un buen director –y no ocurre siempre, o casi nunca-. Lo cierto es que su primer proyecto tras las cámaras era de lo más esperado de la temporada. Y Tarde para la ira no defrauda.

Raúl Arévalo se presenta en el arranque de la película. No tiene papel –aunque podría haberlos hecho todos, según su amigo Antonio de la Torre- ni cameo. Pero está ahí y quiere que se note. Tarde para la ira abre con una persecución policial rodada en un brutal plano secuencia desde el interior del coche que huye. Así que desde el inicio nos avisa de lo que vamos a ver: una cámara inquieta, presente, agobiante a ratos, intencionada y muy pegada a los personajes. Porque Arévalo se ha cuidado mucho de hacerlos reales, creíbles, de carne, y cierra el plano para que el espectador casi pueda percibir a qué huelen.

El conflicto arranca cuando Curro (Luis Callejo) sale de la cárcel después de ocho años y conoce a Juan (Antonio de la Torre), cliente del bar que regenta su cuñado. Es mejor saber poco más de la trama, que arranca como un drama social de extrarradio, naturalista y decadente, para convertirse en un thriller áspero, turbio y de imagen intencionadamente sucia. Además del cine de género de los setenta y el aroma a barrio de un costumbrismo que se asoma a ratos para liberar tensión, Tarde para la ira toma prestadas pinceladas del western –sobre todo al inicio y al final- y referencias irremediables a la España rural de Saura o Nieves Conde. La banda sonora de la cinta, abrupta y sólo presente en ciertos momentos clave, viene salpicada de tambores que beben sin duda de los que Mario Camus hizo sonar en sus Santos Inocentes.

Y es que el universo seco y asfixiante que crea Arévalo está poblado por un puñado de santos inocentes, personajes condicionados por su pasado y su origen, reeditados en versión siglo XXI y criados en un barrio, pero también resignados a la fatalidad de su destino. Espectacular trabajo compartido, desde el guión a la dirección de actores, del milimétrico casting al esfuerzo interpretativo, para crear unos personajes poliédricos, alejados de cualquier arquetipo, que viajan de la determinación al miedo, componiendo situaciones duras pero creíbles. Antonio de la Torre vuelve a demostrar que los tipos con secretos y zonas oscuras se le pegan a la piel sin fisura perceptible. Y no me extrañaría que a Luis Callejo le llovieran a partir de ahora todos los papeles que se merece desde hace mucho (veremos probablemente a ambos en la carrera de los Goya).

A través de ellos, el director explora la ira como expresión de la violencia contenida. La de Arévalo es una violencia encerrada, implosiva. No explícita, pero cuando se muestra es seca, fea, dura, alejada de todo espectáculo. Una de las mayores virtudes del debut del madrileño es su manejo de la tensión, que va de menos a más y regala un par de secuencias de comerse las uñas o clavarlas en la butaca.

Tarde para la ira es una carta de presentación muy personal. Arévalo avanza por la trama rodeándose de sus referentes cinematográficos, pero también vitales: la partida de mus en el bar, el pasodoble, el flamenco, la familia y los amigos, las fiestas del pueblo, el barrio… Y allí, en medio de todo lo conocido, suelta a unos tipos del montón que se enfrentan a una situación extraordinaria pero realista. Y funciona. El espectador recorre con ellos los 90 minutos del metraje hacia un imposible final feliz para nadie, excepto para Raúl Arévalo. Aunque es un final, el de materializar un sueño en una bobina de 16 mm., que más bien es un principio. Esperemos que así sea.

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