23 de enero de 2020, 4:27:47
Opinion

TRIBUNA


Los partidos en crisis

José Manuel Cuenca Toribio


“¿No estará el porvenir en la desaparición de los partidos políticos, tal como hoy están organizados, y en la formación de agrupaciones pasajeras para la realización de formas concretas, que pueden congregar a gente de muy diverso origen, y que, en todo lo demás, dejan intacta la independencia del pensamiento individual y libre la forma en que cada uno cree poder contribuir al provecho común?”

Hace poco más de un siglo, en la Valencia de 1908 y en el libro intitulado España en América (p. 315), una figura venerable de la gran cultura española de la primera mitad del siglo XX y por todos los pujantes egos intelectuales respetada, el alicantino D. Rafael Altamira y Crevea (1866-1951), expuso el antecitado pensamiento que suscribirían sin excesiva renitencia los caudillos más renombrados de los actuales movimientos antisistema, varios de ellos precisamente educados en el culto hacia el gran institucionista levantino por muchos varios de sus maestros en la Facultad de Ciencias Política de la Universidad Complutense, a la manera de Dª Mercedes Cabrera Calvo Sotelo, D. José Álvarez Junco o, entre otros muchos, D. Javier Varela, antes de su espectacular tournant hacia nuevas latitudes.

No hay, ciertamente, nada nuevo bajo el sol, sobre todo, en el ordenamiento político de sociedades que exhiben o exhibieron en el transcurso de la historia el manto del poder. La Grecia clásica conoció o experimentó todas las manifestaciones que ha revestido hasta el presente la convivencia pública. Aristóteles escribió hondamente sobre ello; pero fue su maestro el que, atesorando unas experiencias en la materia mucho más ricas que las de su discípulo, nos dejó el cuadro del poder quizá más vivo legado por la Antigüedad. Por supuesto que fue el romano el pueblo de dicha época tal vez con mayor sentido y congenialidad con el poder en estado puro –el derivado de la fuerza militar-; mas su no menos profundo sentido del Derecho y su severa reluctancia hacia la individualidad extrema y la acracia le privaron, siquiera en gran escala, de dejar a la posteridad un repertorio tan extenso como el del mundo griego y helenístico. Otra gran floración de la vida política, la renacentista, amplió, si ello fuera posible, el catálogo de las formas políticas, invariable ya hasta la era de las denominadas historiográficamente “revoluciones atlánticas”, inspiradas en esencia por el movimiento y la filosofía de la Ilustración, indiscutible partera de las sociedades occidentales de nuestros días.

Así, las imágenes más impactantes de la actualidad política del Viejo Continente ofrecen, claro es, un ropaje diferente al de otras épocas, pero están cortadas por el mismo patrón. Responden seguramente a unas exigencias o necesidades no satisfechas por el Estado de partidos. Para ir no lejos en un final de artículo ya obligado: en España y por la pluma de una personalidad tan excepcional como la de D. Manuel García Pelayo, en pleno éxtasis del redescubrimiento de la democracia, dio a la luz una obra ya justamente clásica, toda ella irisdicente: El Estado de partidos. Como era de esperar en una clase política que –contra leyendas urbanas más o menos áureas- preludiaba, en no pocos de sus comportamientos, a las hodiernas, las enseñanzas de su denso al par que fruitivo contenido cayeron en el más espeso de los silencios…
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