21 de noviembre de 2019, 22:48:27
Mundo

COMUNICADO DEL GRUPO MARITAIN


ELECCIONES EEUU: Globalizados y desglobalizados


A continuación, reproducimos el comunicado del Grupo Maritain:


“La Nación tiene o ha tenido un suelo, una tierra, lo cual no quiere decir –como quiere decir para el Estado- un área territorial de poder y de administración, sino una cuna de vida, de trabajo, de sufrimiento y de sueños”.

Jacques Maritain

Dime quién celebra tus victorias, y te diré quién eres. Apenas horas de ser anunciado el triunfo de Donald Trump, entre los primeros en celebrar gozosamente el resultado estuvieron Marine Le Pen de Francia, Nigel Farage en Inglaterra, y el primer ministro húngaro Viktor Orban. Si en un futuro cercano se crease una internacional de líderes populistas –como las ya existentes internacionales socialdemócrata, demócrata cristiana, conservadora o liberal- podemos estar seguros que muchos de ellos estarían entre sus dirigentes más destacados.

Farage, desde el partido independentista del Reino Unido (UKIP), y uno de los jefes de la campaña del Brexit, a raíz de este nuevo y sorprendente resultado ha advertido sobre “nuevos shocks políticos en los próximo años”, que traerán consigo “el final de que los grandes negocios y los partidos políticos tradicionales sigan controlando nuestras vidas”.

Afirman los expertos que resultados como el Brexit y la victoria de Trump significan un nuevo mensaje contra lo que se considera la élite, palabra que tiene connotaciones económicas, culturales y sociales.

En junio pasado los británicos votaron a favor de abandonar la Unión Europea dándole un duro golpe al sistema financiero, a los partidos políticos, a la prensa, a las encuestadoras, a las clases cultural y económicamente privilegiadas. Y ha sido propinado por votantes trabajadores residentes de áreas deprimidas y golpeadas por políticas económicas que defienden la austeridad como dato innegociable y superior a otras consideraciones, por ciudadanos molestos con una inmigración sin control, preocupados porque perciben una pérdida de identidad nacional en un mundo sin fronteras.

La democracia es el medio por el cual los ciudadanos le comunican a los dirigentes cuáles son sus preferencias, sus deseos, sus aspiraciones y temores. Si esa comunicación no existe, o lo que reciben de vuelta los ciudadanos es un mensaje contradictorio o incluso insultante todo puede pasar.

O los líderes económicos, políticos y sociales encuentran maneras de empatizar con las mayorías en sus países y hacer del modelo socio-económico prevalente no una fuente de desigualdad creciente entre las minorías que navegan confortablemente en los mares de la globalización y las mayorías abandonadas a su suerte en botes salvavidas averiados, o la ira ciudadana seguirá creciendo y llevándose todo a su paso.

Esa ira se está exhibiendo con la presencia en los centros de votación de personas que en el pasado no votaban. Así sucedió en el Reino Unido, así acaba de ocurrir en los Estados Unidos. Y podría pasar en la segunda vuelta presidencial austríaca y en el referendo constitucional italiano, ambos a realizarse este próximo mes de diciembre, así como en las elecciones francesas y alemanas del año próximo.

Las realidades socio-política, cultural y económica han cambiado y los liderazgos nacionales y mundiales no se han enterado.


La vieja divisoria derecha-izquierda, básicamente fundada en una concepción económico-determinista de la historia y en una acción política propicia o no al cambio estructural, ha perdido una parte importante de su capacidad explicativa acerca de los más relevantes problemas políticos, sociales y culturales por los cuales atraviesa desde hace décadas la humanidad. Por eso es necesario que comencemos a sustituirla por un nuevo eje que se condensa en una divisoria social, cultural y económica dramáticamente clara: globalizados y des-globalizados.

Los globalizados son los beneficiarios de las nuevas formas económicas mundiales, de los más novedosos modelos educativos, de los intercambios tecnológicos crecientes, de un mundo donde las culturas se mezclan e intercambian entre sí valores, mensajes y prácticas.

Los desglobalizados, mientras, viven una realidad que se convierte en una creciente pesadilla, son los que no tienen un empleo o, si lo tienen, apenas les alcanza para sobrevivir.

Los desglobalizados son los que vieron con preocupación cómo Barack Obama, comenzando su periodo presidencial, usó dinero de la Reserva Federal para auxiliar con centenares de miles de millones de dólares a una economía nacional que, a partir del derrumbe de las hipotecas sub prime, se desplomó causando una tremenda crisis, la más violenta luego de la Gran Depresión de la década de los años treinta del siglo pasado. Ese inmenso caudal de ayuda financiera dirigida a lograr la reflotación económica, a superar la caída del PIB y a disminuir la tasa de desempleo, sirvió al mismo tiempo para darle sólido respaldo a un Wall Street mezcla de codicia, incapacidad y mezquindad. Esta misma institución hizo mofa del Gobierno y de su país, así como despreció opiniones sensatas y ponderadas que se emitieron en aquellos delicados momentos, cuando apenas unos meses después procedía a repartir entre altos cargos de la industria financiera -los probables culpables directos de la crisis-, miles de millones de dólares en bonos.

Para ellos, en realidad nunca hubo crisis, pero millones de ciudadanos sí vieron que sus bienes –en propiedades, pensiones, ahorros- se desvanecían, hundiendo su mundo.

Los desglobalizados son todos aquellos ancianos que consideran que el sistema les mintió, la pensión no les alcanza, y sus hijos no solo no tienen presente, sino incluso menos un futuro. Son todos aquellos jóvenes que a pesar de obtener un título la sociedad no les ofrece expectativas de empleo, y sufren una perenne disolución de esperanzas. Frente al olvido en que viven, exigen nuevas formas de reconocimiento y de equidad. Esperan de la política protección, no abandono y frustración.

Como consecuencia, los desglobalizados se alejan de la democracia y sus instituciones porque sienten que la democracia se ha alejado de ellos.

Estos mismos desglobalizados, crecientemente huérfanos de la política, son responsables, en una muy buena medida, de la victoria de Trump en el reciente proceso electoral de renovación de autoridades ejecutivas en los Estados Unidos. En realidad el proceso de globalización ha impactado profundamente en la estructura económica de ese país, en especial en sectores industriales tradicionales localizados en el corazón del aparato económico norteamericano y que geográficamente se ubican en su mayoría en el denominado Rust Belt, que corre desde el Noreste hasta el Centro Oeste y Sur Oeste de los EEUU. Este impacto se ha traducido en el desplazamiento masivo de millones de trabajadores semi-calificados o poco calificados por la mudanza de líneas de producción que se trasladan integralmente a países de otras latitudes con menores costos; pero, además, ese desplazamiento ha ocurrido, adicionalmente, debido a otro fenómeno relacionado íntimamente con la globalización: La expansión y potenciación de la transformación tecnológica. Esta ha tendido a que las antiguas manufacturas que utilizaban mano de obra abundante, estén siendo sustituidas en numerosos casos por nuevas plantas caracterizadas por el empleo de la robotización o por diversos procesos automáticos.

La victoria de Trump obedece a un conjunto de variables explicativas culturales, sociales, políticas y económicas. Dentro de ellas, sin embargo, una de las variables con más potente poder exploratorio está constituida por ese impacto de la globalización: La presencia silenciosa y eficaz de estas clases blancas trabajadoras y medias desplazadas y abrumadas por la expansión de la tecnología, se expresó en las urnas electorales entregando su voto a la candidatura de Trump.


Siendo la economía un elemento sin duda importante, sostenemos, sin embargo, que es un grave error pensar que la cura es exclusivamente económica. Como un cáncer, el proceso desglobalizante se ha extendido a territorios que afectan la propia identidad, el sentido de pertenencia a una nación y a una sociedad que se sienten insolidarias, produciéndose la ruptura de lazos comunitarios y personales, así como una creciente anomia expresada en el rechazo a las instituciones.

Como en el Reino Unido, como en Francia, el 8 de noviembre había ciudadanos en Florida, en Michigan, en Alabama, en Ohio, en Carolina del Norte, afirmando un deseo contundente: “quiero que me devuelvan mi país”.

Frente al viejo dicho de la primera campaña de Bill Clinton, en 1992, “es la economía, estúpido”, hoy se puede afirmar que “es la identidad, estúpido”.

El hecho es que las razones culturales e identitarias son incluso determinantes mayores de la ira y del deseo de un cambio que puede significar el arrase de todo lo políticamente conocido y acostumbrado.

La política, reducida cada vez más a mera gestión técnica, debe renovar, con hechos concretos, la vieja sentencia de que una democracia constituye una comunidad de valores compartidos y en búsqueda de comprensión mutua, no la lucha de intereses y ambiciones individuales. Una polis dialogante, no una selva egoísta.

La democracia está siendo víctima de una grave contradicción: por una parte se exigen políticas económicas centradas en la austeridad, mientras que a nivel socio-cultural se estimulan anti-valores materiales basados en el consumismo.

Por ello, dos temas a debatir con urgencia son la relación entre tecnocracia y política, y la renovación de metas democráticas que den prioridad a valores de convivencia e inclusión, no a razones estrictamente económicas.

Ninguna cifra puede ser más importante que la construcción de ciudadanía. No hay que olvidar nunca que hay algo mucho peor que la política, buena o mala: la anti-política.

Mientras tanto, todos estamos siendo atacados por un mensaje populista renovado. Un mensaje emitido por líderes oportunistas y demagogos que se acomodan a los vientos huracanados que soplan en la sociedad. Apelarán a los fastos, liturgias y lenguajes de la vieja izquierda si así conviene (como Hugo Chávez o Pablo Iglesias) o a las jergas y estilos fascistas si por allí viene el éxito (como Marine Le Pen o Donald Trump). Un líder populista no dialoga, simplemente impone sus propias Tablas de la Ley (con el no poco frecuente apoyo de líderes religiosos fundamentalistas). Para el liderazgo populista, cortesano del engaño, la realidad convencional no existe, solo las interpretaciones convenientes e interesadas de la misma. Este neo-populismo, una auténtica máquina de fabricas mentiras, se nutre de lemas sencillos y utilitarios que apelan a sentimientos y emociones como el miedo, el deseo de revancha y el retorno a unos tiempos pasados que se recuerdan como paraísos hoy perdidos.

Tanto el mensaje como el mensajero populistas se dirigen específicamente a la abundante masa desglobalizada, hablan siempre de derechos, nunca de deberes. Lavan culpas, justifican ambiciones y celos y exoneran errores, pero así mismo amenazan con castigos indecibles a quienes se les oponen. Desestiman toda autocrítica a favor de un chivo expiatorio, que siempre será el “Otro”, alguien distinto a mí, alguien preferiblemente extraño, bien sea por su nacionalidad o porque vive en un mundo de privilegios materiales al cual yo nunca podré acceder.

La victoria de Donald Trump ya está siendo manipulada en Europa como una supuesta legitimación del populismo. A fin de cuentas, si los norteamericanos lo abrazaron ¿por qué no los austriacos, alemanes, españoles o italianos? Ninguna sociedad occidental está protegida contra este tsunami ciudadano.

En palabras vía Twitter de uno de los directivos del Frente Nacional francés, Florian Philippot: “su mundo se derrumba, el nuestro se está construyendo”.

El señor Philipot olvida que una cosa es ser oposición y otra distinta el ejercicio del gobierno. Una cosa es prometer, otra cumplir. Quizá pronto veremos a Trump chocar una y otra vez con el frondoso entramado institucional de su país.

Mientras, los desglobalizados crecen y esperan.

*El Grupo Maritain está formado por un grupo de ciudadanos venezolanos, comprometidos con el pensamiento demócrata-cristiano y con las causas de la libertad y la democracia plenas. Sus miembros son: Marcos Villasmil, Abdón Vivas Terán, Sadio Garavini di Turno, Oswaldo Álvarez Paz, Julio César Moreno León y Haroldo Romero.

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