18 de agosto de 2019, 17:30:47
Editorial


Europa frente a Trump



La elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos ha causado una oleada de inquietud por el globo, aunque de forma desigual. El continente que tiene más motivos para estar preocupado es el nuestro. Muchos de los líderes europeos han recibido la llegada del empresario a la Casa Blanca con más preocupación incluso que desprecio. El presidente francés, François Hollande, ha dicho que habrá que estar “vigilantes” frente a Trump y la “era de incertidumbre” que se abre. El ministro alemán de economía, Sigmar Gabriel, expresó las palabras que la prudencia de otros líderes ha acallado, al señalar que es “una amenaza para la paz y la cohesión social”, así como para el desarrollo económico.

¿Cuáles son las fuentes de estos temores? Por un lado, la política nacionalista que, en economía desemboca en el proteccionismo. Los Estados Unidos son el principal socio comercial de Europa, y viceversa, por lo que erigir barreras a esa relación tendrá efectos muy negativos sobre ambas economías. Ya hay economistas que ven probable una vuelta a la recesión en los Estados Unidos, y aunque es pronto para pensar en su reflejo en nuestro suelo, tampoco se puede descartar.

Por otro lado Europa, tras la II Guerra Mundial, ha crecido y ha construido su modelo de Estado de Bienestar gracias a que gran parte de su factura de Defensa la han pagado los Estados Unidos. Trump quiere ponerle fin a esa abultada partida de su presupuesto, así como quiere retirar los esfuerzos materiales que dedica a la OTAN y a otras organizaciones internacionales. El vacío que deje lo van a tener que cubrir nuestros gobiernos, y para hacerlo van a tener que hacer ver a la opinión pública europea que tiene que hacerse responsable de su propia defensa, con presupuestos militares más abultados. Pero el éxito del discurso falsamente pacifista de las últimas seis décadas más la vuelta del nacionalismo lo hará muy difícil.

Por último, Trump pone en el foco de su política exterior lo que entiende que es la principal amenaza a su país, que es el terrorismo islámico. Con ese eje, sólo queda ver qué queda del lado de los potenciales enemigos y del de los posibles aliados. Rusia, otro ejemplo del renacer del nacionalismo de los últimos años, había recobrado su viejo papel de némesis en la guerra fría, aunque sea más fría ahora que cuando estaba sometida al socialismo verdadero. Con la nueva Administración americana pasa a ser un aliado, lo cual deja a la diplomacia europea con el pie cambiado.

Europa tiene motivos para la preocupación, pero no para convertir al nuevo presidente estadounidense en un constante motivo de querella. Barack Obama, en una muestra de patriotismo y de sentido común que le honra, ha llamado a los líderes europeos a colaborar con su sucesor. Europa deberá, por su parte, explicar los beneficios del nuevo comercio, hacer lo mismo con la necesidad de asumir los costes de su defensa, y replantearse su posición en el mundo ante el cambio de política exterior de Washington. No es poca tarea, pero resulta necesaria.
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