12 de noviembre de 2019, 12:04:15
Críticas de Cine

SUPERPRODUCCIÓN HISTÓRICA ESPAÑOLA


Crítica de cine. 1898. Los últimos de Filipinas: el 'imperio' del cine español

Laura Crespo

Llega a los cines la superproducción española 1898. Los últimos de Filipinas, dirigida por Salvador Calvo con Luis Tosar, Eduard Fernández, Karra Elejalde, Javier Gutiérrez y Álvaro Cervantes, entre otros.


El cine español no puede sino celebrar una película como 1898. Los últimos de Filipinas. El debut en pantalla grande del realizador Salvador Calvo (Lo que escondían sus ojos, Las aventuras del capitán Alatriste, Mario Conde, los días de gloria, Motivos personales…) viene a demostrar las capacidades técnicas, artísticas e incluso ideológicas de una industria harta de verse cuestionada y concebida como un género en sí misma, con sus partidarios y sus detractores enfrentándose más allá de las salas. De la mano de Enrique Cerezo –cuyo indiscutible olfato le ha llevado a convertirse en el portador de los derechos de media industria del cine de nuestro país-, la cinta saca la artillería pesada, empezando por el arrojo de contar a la propia España.

Porque 1898… narra los 337 días que permaneció sitiado el último destacamento del Ejército español en Filipinas en lo que se conoce como 'el sitio de Baler'. Medio centenar de hombres fueron enviados a la aldea de Baler, en la colonia española de Filipinas, para sustituir al destacamento anterior, masacrado por los rebeldes tagalos. El glorioso Imperio español había perdido lustre, y sus últimos intentos por mantenerse a flote pasaban por cincuenta hombres con uniformes viejos y botas que no se correspondían con su talla que nunca habían disparado. Los ‘nuevos’ españoles en el pueblo, tras el primer ataque de los rebeldes filipinos en el verano de 1898, se atrincheraron en la Iglesia, en la que permanecieron durante casi un año, defendiéndola como si de una metáfora de España se tratara, sin saber –o sin querer enterarse- que desde el mes de diciembre, Filipinas ya no pertenecía al Imperio.

La única referencia cinematográfica del acontecimiento más surrealista de la historia española –si no supiera que es real, no me lo creería- es la cinta que Antonio Fernández-Román estrenó en 1945 con un nada disimulado tufillo franquista; así que era de justicia revisitar Baler desde la perspectiva del siglo XXI. Calvo y los productores sabían el riesgo, seguro, de rodar una historia patriótica: riesgo a las etiquetas y al maniqueísmo. Pero el lugar desde el que se cuenta la historia ha sabido encontrar el equilibrio, la oportunidad de quitarse complejos y espantar fantasmas sin caer en una defensa rancia del patriotismo como causa por la que morir. Y ahí indaga 1898…: en el sinsentido de la guerra cuando se cuenta desde la carne y el hueso, en el daño psicológico, en la paranoia de la reclusión, en el hambre y la enfermedad, en la inoperancia del esquema buenos-malos. Calvo consigue, con algunos recursos de realización interesantes a pesar de que la narración responde a un esquema clásico, que la Historia no nos estropee la historia, logrando generar una tensión y una claustrofobia que atrapan. A pesar de ser una cinta histórica, apela más a las sensaciones que al relato, trasladando al espectador el dolor del ‘biri biri’ –la enfermedad provocada por la falta de vitaminas de la que murieron muchos de los soldados españoles-, la sensación de ahogo y el hedor de la sangre seca azuzada por la nula higiene.

Otra fortaleza a la hora de abordar un argumento delicado es la capacidad para hablar de la España de hoy. En el 89, España vendió Filipinas y Puerto Rico a Estados Unidos por 20 millones de pesetas –y paralelamente perdía Cuba- y se olvidó de los soldados a los que había hendido el pecho de orgullo patrio antes de mandarlos a la otra punta del mundo. Inevitable sentirse identificado como espectador, un siglo después, con la desesperanza y el sentimiento de desconexión y desamparo hacia la clase política actual.

Es de celebrar también el escaparate que 1898. Los últimos de Filipinas supone del talento interpretativo español. Porque ahí están las caras más respetadas del panorama actoral, esas de las que se espera, cuanto menos, la capacidad abrumadora que demuestran en esta cinta: véanse un Luis Tosar que es la integridad robusta, el valor regio, la inquebrantable fe; un Eduard Fernández que, con un papel menor, se mete la cinta en el bolsillo sin pestañear; Javier Gutiérrez –¡bravo!-, la venganza y el odio; Carlos Hipólito discretamente inmenso como personificación de la integridad; un Karra Elejalde del que poco hay que decir, bonachón y campechano en el papel del religioso encargado de la iglesia de Baler.

Pero la película ha servido para calmar a los más agoreros: tranquilidad, porque esta generación tiene ya dignos herederos. Álvaro Cervantes sigue demostrando que yendo paso también se llega lejos; su personaje, un extremeño aspirante a pintor que sólo se alistó como paso previo a estudiar Bellas Artes, es el conductor de la historia y representante de una nueva hornada de españoles que nacieron en un Imperio pero vivirán en un Estado decadente –inevitable, de nuevo, la lectura desde el hoy-; junto a él, solventes Patrick Criado, Miguel Herrán –sorprendente cambio de registro desde su debut en A cambio de nada; habrá que estar pendientes de él- y Emilio Palacios.



Por último, una factura técnica más que notable. La fotografía -siempre impecable Alex Catalán- juega al contraste entre la exuberancia de los verdes y los azules de la naturaleza filipina –la película fue rodada en realidad entre Tenerife, Gran Canaria y Guinea Ecuatorial- y la oscuridad, el sudor y el polvo del interior de la Iglesia. La cámara subjetiva apoya de manera acertada la atmósfera de tensión y la narración objetiva se rompe en algunos momentos para trasladar al encuadre la psique de los personajes. Las escenas de batalla están rodadas con pericia y el impresionante plano cenital que presenta a la isla a sus nuevos colonos se convertirá, sin duda, en seña de identidad.

Con un presupuesto de 6 millones de euros –muy superior a la media española de 1,5 millones pero una nimiedad comparada con presupuestos de Hollywood-, 1898. Los últimos de Filipinas es una película de dignidad absoluta, profesional y española.

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