19 de octubre de 2019, 19:32:13
Opinion

Y DIGO YO


Malos humos en Madrid

Javier Cámara


Cabreo, mucho cabreo, enfado e irritación. Estas son las principales reacciones que se han escuchado a la mayoría de las personas que este jueves se han visto afectadas por las restricciones de tráfico impuestas por el Ayuntamiento de Madrid. Los pocos que apuntan a la bondad de la medida, que también los hay, eran personas que no tienen una hora y media de transporte público de ida al trabajo y lo mismo de vuelta. Por no hablar de los que, directamente, han tenido que suspender reuniones o compromisos.

La polémica está servida y, aunque ya se ha levantado la prohibición de circular por el centro de la ciudad en función de la matrícula del coche para este viernes, pasarán las fiestas y volveremos a sufrir estas limitaciones, sobre todo si el tiempo no acompaña.

La principal razón aportada, y parece lógica, es la salud, pero ¿dígame alguien a quien le parezca bien contaminar? ¿Conoce algún ciudadano al que le importe tres pimientos su salud y la de su familia? Cualquier argumento en este sentido para justificar una medida política es pura demagogia. Nadie quiere perjudicar de forma deliberada a los demás, salvo locos y malvados.

El problema de este famoso nivel 3 por alerta de contaminación que tanto ha trastocado los planes de miles de madrileños es político y, por ende, ideológico. De hecho, no parece que en tan solo medio día de restricciones se hayan reducido los niveles de dióxido de nitrógeno como para anular la medida al día siguiente. El populismo de manual dice que no se puede tocar la moral “de la gente” dos días seguidos y menos si es ya casi fiesta. ¿Qué pasa, que si es Fin de Año la salud no importa?

Por otra parte, si la salud es lo que importa y lo único que importa, lo de este jueves se queda en una medida a muy corto plazo e improvisada. La política de un Ayuntamiento no puede estar en función de lo que diga el hombre del tiempo. Si de verdad se quiere solucionar el problema habría que planificar medidas más severas y todos los días del año, pero eso también va contra lo políticamente correcto.

Y hablando de política y de correcciones, ¿se imaginan que hubiera sido Ana Botella la promotora de esta prohibición? Lo que habríamos oído, incluso a los que hoy la defienden, es política-ficción, pero seguro que muchos de ustedes se lo imaginan.

Entendiendo que hay que hacer algo para evitar que el aire que respiramos sea, valgan todas las redundancias del mundo, irrespirable, no parece de recibo alterar de forma aleatoria la vida de un ciudadano que, por cierto, no tiene por qué vivir pendiente de la radio, la televisión o los diarios digitales (los de papel ya no valen, sería tarde) para conocer las decisiones, muchas veces arbitrarias, de un ayuntamiento caprichoso.

No hay previsión. No hay planificación. Ya llevan más de año y medio en el Consistorio y no hay nada previsto a medio plazo. La medida hoy es esta, ¿y mañana? ¿Y cuando estén los autobuses escolares funcionando y los trabajadores que ahora tienen unos días de descanso? ¿Y cuando las previsiones meteorológicas no den lluvia en varios días? ¿Y cuando empiecen a poner el grito en el cielo empresas y autónomos que no pueden seguir con estas restricciones a su ‘modus vivendi’?

Y ya que avisan con dudosa antelación (hemos comprobado que a veces ninguna) de las restricciones al tráfico o al aparcamiento, sería agradable encontrarse un día con la sorpresa de que el transporte público es gratuito o, si el gratis total es demasiado, que han bajado a la mitad el precio. Pero, ¿qué se apuestan a que no cae esa breva?

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