11 de diciembre de 2019, 13:25:54
Editorial


El Gobierno, en Barcelona



2016 es el año en que Soraya Sáenz de Santamaría más ha viajado a Barcelona. Lo ha hecho no se sabe muy bien en calidad de qué, aunque el hecho de que Rajoy le haya puesto un despacho en la delegación de Gobierno para “hablar” con los independentistas la convierte poco menos que en “enviada especial en misión diplomática”. Esta ha sido una de las razones que llevaron a Aznar a renunciar a la presidencia de honor del PP, descontento con la actual deriva del partido.

Es comprensible. Resulta imprescindible buscar espacios comunes de entendimiento entre el Gobierno central y la Generalidad. Ello pasa, obviamente, por reunirse de forma más o menos discreta, sea donde sea. Pero el hecho de que Rajoy “comisione” a la Vicepresidenta del Gobierno en Barcelona es tando como dar carta de naturaleza al estatus “diferencial” de Cataluña con respecto a las otras comunidades autónomas.

Supone algo más que una mera cuestión de formas. Es, en cierto modo, plegarse a las exigencias del independentismo y escenificar encuentros “inter pares”, a modo de una relación bilateral entre estados. La “cuestión catalana” es muy compleja. Requiere grandes dosis de diálogo y política con mayúsculas, pero no este tipo de claudicaciones cara a la galería. Porque, uno de los mayores problemas del reto nacionalista viene siendo desde hace mucho tiempo la cobardía intelectual -y la falta de pedagogía- de los partidos constitucionalistas frente a la desfachatez y la soberbia del discurso nacionalista.
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