24 de agosto de 2019, 19:05:38
Deportes

TURQUÍA


Haga como Arda Turan y no entre en política

Diego García

Erdogan pone a hervir la dialéctica político-deportiva. Por Diego García


Que la política y el deporte se retroalimentan de manera natural, casi instintiva, en tanto que ambos son artefactos sociales diseñados y conformados por individuos subjetivos que emiten juicios libremente sobre lo tocante a estas y cualesquiera otras facetas de la realidad, es un axioma de debate, apoyo y crítica de recorrido tan ancestral como el misticismo guerrero, de cisma y mezcolanza perpetuos, que rodea al territorio, paisanaje y espíritu otomanos. Pero, lejos de desbrozar la espesura de lo muy pretérito, tanto el primer punto como el segundo -que han redescubierto su puente y nexo común esta semana- son demostrables en lo contemporáneo. Y es que en este tiempo de fluidez líquida (relativa a fronteras geográficas, mentales, culturales y de cualquier índole) no sólo las esteladas que enfrentan al Barça con la UEFA argumentan el feedback entre deportistas e ideas políticas, porque política es todo, como dirían algunos congresistas protagónicos. Y, por tanto, nadie es ajeno a formarse un criterio y compartirlo. Así, la elección de Donald Trump desperezó al experimentado activista en pro de los derechos civiles y leyenda en la pintura baloncestística angelina, Kareem Abdul-Jabbar, como en su día Mohamed Ali excedió su etiqueta de atemporal estilista boxístico para engrandecer su legado, micrófono en mano. Pues bien, el episodio del magnate uniformado de ocupante electo de la Casa Blanca vino acompañado por la loa de Tom Brady, quarterback de los epicúreos New England Patriots, y el antagonismo de Lebron James, vigente campeón de la NBA y portavoz, en este apartado, de buena parte de los jugadores de su liga. Es decir, quizá las dos estrellas deportivas que más brillan en la constelación estadounidense en este lustro, y futuros propietarios de un escaño en el Salón de la Fama de sus disciplinas respectivas, corroboraron la hipótesis.

El segundo caso, referido al corazón volcánico de la nación turca, desfragmentado en sus variopintos ingredientes presentes que desdibujan el testamento del imperio multisecular o la herencia dispuesta por el general y estadista Atatürk -fundador de la república que hierve estos días-, se anuda en estos años en torno a la figura de Recep Tayyip Erdogan. En su derredor se posicionan las conciencias afines y en su envés le confrontan los escépticos del presunto golpe de estado fallido. Sin aparente margen para la concordia, pues el presidente electo aprobó este 21 de enero realizar un referéndum sobre la idea de convertir a su gobierno islamista en un sistema presidencialista. El paquete de 18 reformas constitucionales se someterá a escrutinio en abril, según pronostican las fuentes gubernamentales, generando, como se antoja inexorable, el ascenso de la temperatura social que ha lanzado madera a la lumbre ya incendiada de las numerosas asociaciones civiles -que despliegan campañas por la vía asamblearia, digital y de protesta presencial- y de los fervientes acólitos. Y he aquí, en esta polarización, que los deportistas tampoco resultan extraños a esta reflexión que sume en el suspenso al pueblo turco. Ni los anónimos ni los símbolos del país rehúyen la proporcional potencia de su altavoz como integrantes de una sociedad que es consultada. Política y deporte de nuevo en inevitable conjunción.

El relato de este desarrollo salta del plano de la sección de internacional a la deportiva en un diario español porque uno de los astros del fútbol de La Liga se ha erigido, pese a su pretendida intermitencia opinante, en uno de los testimonios de mayor peso en pro del sí a la transformación emprendida por Erdogan. Del anecdotario viene al caso rescatar que el futbolista más seguido en Turquía (pese al sometimiento opresivo sufrido en la pasada Eurocopa) se encontraba en Antalya el día de la presunta intentona golpista (15 de julio), junto a los exjugadores del Barcelona Carles Puyol, Deco, Eric Abidal y Samuel Eto'o, con motivo del partido benéfico organizado por el camerunés en dicha ciudad. Lo que ha rebasado la categoría de expresión aislada es la determinación con la que el pilar técnico del resurgir del Atlético defendió, desde aquel trance, la legitimidad del mandatario puesto en cuestión. "Va a volver a unir este país", declamó en aquel tiempo, y mientras arengaba a las masas a poblar las calles subrayó su "lealtad" a su "comandante". “Ustedes son nuestros héroes, nuestros verdaderos héroes. Tomen posesión de la democracia. Sean dignos de la nación y dignos de vuestro líder. Queremos esta democracia con nuestro presidente", azuzó a los manifestantes el genio blaugrana que pasea indolente sobre el césped en la víspera de la recepción organizada por Erdogan en Ankara. En paralelo se endurecían las medidas represivas a los opositores y los encarcelamientos se multiplicaban, un escenario que retrató el pelaje más permeable de Mario Gómez, pichichi de la competición doméstica con el Besiktas -con 26 goles en 33 partidos-.

"Ha sido una decisión muy difícil y tuve que pensar mucho. Debo decir a todos los aficionados del Besiktas que será muy duro para mí no poder jugar más para este fantástico club, delante de esta magnífica afición y este estadio único, pero tomé esta decisión sólo por la situación política y por los eventos terribles que acontecieron en los últimos días. No hay razones deportivas y espero que me podáis comprender", confesó el delantero campeón del Mundial 2014 con Alemania en su partida de Estambul. El goleador, cedido por la Fiorentina, se despidió deseando "que los problemas políticos se puedan resolver muy pronto de manera pacífica. Esto es lo mejor que os puedo desear".

Medio año más tarde, Arda Turan ha esputado a la palestra internacional la vigencia del abrasivo potaje al sumarse a la campaña por el “sí” en favor de Erdogan, nutrida desde lo futbolístico por Ridvan Dilmen, emblema del Fenerbahçe y del balompié del país en las décadas previas al cambio de siglo que, además, se postula para presidir la Federación de Fútbol de Turquía. "Nuestro país atraviesa un período muy duro. Es como la Guerra de Independencia. Queremos una Turquía fuerte", verbalizó el ex jugador conocido como “el diablo”, que pidió el aliento de Arda. Y lo obtuvo. El ilustre sustituto de Iniesta se sumó a la cadena de mensajes de deportistas alineados con la entrega de poder ejecutivo al gobierno islamista. Su escueto “por una Turquía fuerte, yo también me uno” ha desbaratado los servidores turcos al generar miles de reacciones, sobre todo de aquellos que demonizan la pretensión del Jefe de Estado. Esta, la crítica, no es la postura de otro de los jugadores referenciales del fútbol otomano -Burak Yilmaz, ex Galatasaray que interesó a la aristocracia continental en su ignición y que compite en el Beijing Guoan-, pero sí rima con el razonamiento del delantero inolvidable para la tribuna turca, Hakan Sükür. El anotador enfermizo, que encabezó el repunte del nivel del balompié de su nación y es el autor del gol más rápido de la historia de la Copa del Mundo, rozó la cárcel en junio de 2016 por diferir del criterio de su presidente. Ese su es especialmente preciso porque Sükür perteneció al AKP de Erdogan y llegó a ser diputado en Estambul hasta que renunció tras el movimiento del Gobierno contra las escuelas de Gülen, pero esta escisión, que es el núcleo de la grieta presuntamente golpista y de la polarización social, se retomará a continuación, encuadrada en la dialéctica política-deporte. “¿Es así cómo uno se convierte en político, imprudente?”, aseveró el ex futbolista para denunciar un escándalo de corrupción que ensució al entorno de Erdogan en 2013. La fiscalía del distrito de Bakirköy (Estambul) pidió entre uno y cuatro años de prisión por “insultar”, de ese modo, al gobernante. El proceso contra el disidente, que ahora vive en Estados Unidos, fue aplazado pero marcó el compás de actuación frente a los divergentes que exponen tal condición públicamente. Aunque sigue bajo orden de arresto.

Por último, el repaso se asienta en terreno norteamericano, recomponiendo la gravedad de la profundidad que ha tomado el enfrentamiento político turco y sus ramificaciones sociales. La lupa esclarece como gravitacional el conflicto entre Fethullah Gülen, el líder del movimiento Hizmet, y Erdogan, del AKP. Ambas representan las tradicionales corrientes islamistas aliadas frente a los seguidores de Mustafa Kemal, figura trascendental en el país, que apostaba por un Estado desligado de la religión. Y la casuística que prueba la ruptura de la entente islamista como picante y esencia de las escaramuzas se centra en Enes Kanter, pívot y escudero de Russel Westbrook en los Thunder venidos a menos en la NBA (sobresaliendo como uno de los más lucidos 'sextos hombres' del campeonato). No en vano, el fino baloncestista ha transmutado su estatus de gran esperanza turca en este deporte a “terrorista” que ha perdido a su familia por su posicionamiento político afiliado a Gülen. En cinco años.

Cuando era imberbe, a los 17 años, partió de la cantera del Fenerbahçe para concluir su formación en América del Norte y acercarse a su sueño: participar en la National Basketball Association. Con el apoyo de los suyos, su calidad le condujo a la Universidad de Kentucky, aunque no pudo jugar por infringir una normativa de la liga universitaria estadounidense -haber cobrado dinero como profesional-. Sin embargo, sus aptitudes le situaron en el distinguido número tres del draft de 2011. Fue seleccionado por los Utah Jazz y convocado por su selección para el Europeo dicho año. Todo hacía presagiar que su carrera como símbolo nacional despegaba, pero las lesiones y su actitud susurraron pronto la senda hacia la censura político-deportiva venidera, no exenta de contextualización si se atiende a la radicalización que terminaría por deshilachar sus lazos familiares. Nunca volvería a vestir la camiseta roja de su combinado nacional.

Ya asentado en la mejor liga de baloncesto y como pieza irresistible en un candidato al anillo (que contó con la pareja Westbrook y Durant desde su traspaso a Oklahoma en 2014), Kanter combinó su perfeccionamiento estadístico y defensivo con peroratas, en determinada defensa del clérigo Gülen, que acabaron por desconectarle de su patria (el aparataje de Erdogan no tardaría en bloquear su cuenta en Twitter, amenazas de muerte mediante). En dicha red social dibujó una escalada retórica, en la que desligaba al islamista radicado en Pensilvania del presunto golpe, que degeneró en el desarraigo sobre el que navega hoy el mejor baloncestista turco (acaba de romperse el antebrazo al descargar su ira contra una silla del banquillo con resultado de 2 meses de baja).

En agosto de 2016 su familia aseguraba sentirse avergonzada hasta el punto de pedirle que suprimiera el apellido Kanter de su nombre. Mehmet Kanter, su padre y portavoz consanguíneo además de profesor universitario, mostró su repulsa hacia la inercia adoptada por su “hipnotizado” vástago -con el que no habla desde 2015- sin escatimar en su alocución pública: “Pido perdón ante el pueblo turco y ante el presidente por tener un hijo así”. Horas después de tan doliente pronunciamiento, Enes Gülen (como firma desde ese instante el jugador profesional de la élite del básquet) emitió un comunicado no menos explícito. “Hoy he perdido a quien durante 24 años había llamado mi familia. Mi propio padre quiere que cambie mi apellido. La madre que me dio a luz me ha rechazado. Pero sacrificaré a mi padre y a mi madre por el Hizmet, por esta causa. Que Dios tome cada segundo de mi vida y se lo dé a mi valiente Maestro”, escribió un hombre al que Hedo Turkoglu -el tótem y baloncestista más exitoso de Turquía- atacó con ferocidad en el discurrir de este intervalo. El 15 cursos jugador NBA, faro de las platas turcas cosechadas en el Europeo de 2001 y en el Mundial de 2010, ejerce ahora como presidente de Federación Turca de Baloncesto y asesor directo de Erdogan. Y completó, en noviembre, el árido paisaje referido categorizando a su homólogo como exponente de los representantes otomanos en las canchas norteamericanas del siguiente modo: “Es un traidor, espero que Dios no le dé a nadie un hijo como él. Ya dije hace dos años que su cabeza no funcionaba y el tiempo me ha dado la razón”. En definitiva, se adhiere otro capítulo para que prosiga el debate sobre la conveniencia (o no) del coqueteo consustancial entre política y deporte.

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