7 de diciembre de 2019, 11:04:19
Opinion

TRIBUNA


Voto de silencio

Nacho López


“Si uno se lanza sin vigor, siete de cada diez acciones suyas se quedarán cortas. Es sumamente difícil tomar decisiones en estado de agitación. Por el contrario, si lejos de preocuparnos por las consecuencias insignificantes, se abordan los problemas con el espíritu afilado como una navaja, se encuentra siempre la solución en menos tiempo del que se necesita para soplar siete veces.” Yosho Yamamoto, “Hagakure: El libro secreto de los samuráis”

Seguro que todos conocemos a alguna de esas personas que no puede evitar comentar y soltar todo lo que piensa. Es como si todos los pensamientos, ideas, ocurrencias, imágenes e impulsos que surgen en su cabeza salieran de inmediato por su boca sin poder remediarlo. Sin filtro, sin embudo y sin control. Si conviven con una de esas personas, les compadezco, pero si el mayor ‘charlatán’ de su familia es usted mismo, me apiado y me solidarizo, ya que yo también sufro muchos de los inequívocos síntomas de la creciente epidemia de Incontinencia Vital –y Verbal- de Origen Digital (IVOD), y asisto, sin poder remediarlo y bastante a menudo, a una de las traiciones más insólitas a la vez que humillantes: la de mi propia boca y de mi propia lengua. ¿Por qué no podrán callarse las muy puñeteras?

Aparte de la verborrea típica de cotorras y locuaces fácil de detectar, la IVOD puede traer otros comportamientos igualmente indeseables, como por ejemplo: la imposibilidad de mantener un secreto o de esperar al día señalado para recibir (o entregar) un ‘supuesto’ regalo sorpresa; una irrefrenable respuesta inmediata –y acalorada- a provocaciones, mensajes ofensivos o malestar verbal general (oír o leer cualquier cosa que nos agite mínimamente); interrupción constante en conversaciones como si fueran un niño pequeño o como si eructaran sin poder evitarlo; comprobar los mensajes del móvil antes de salir de la cama o mirar la pantalla cada pocos minutos; no poder escuchar a nadie más de 1 minuto sin intervenir (sudores, picores, nervios); respirar a medias, es decir, llenar los pulmones a medias o apenas utilizar el diafragma (sacar tripa mientras se respira… y no al revés); dificultad para leer dos páginas de un libro o cualquier texto con más de 3 párrafos sin distraerse o, de nuevo, sin mirar el móvil; necesidad de responder de inmediato a mensajes, e-mails y comentarios en redes sociales; necesidad de restaurar los bajos niveles de dopamina al instante (vicios, excesos); picores, tics, tocar mucho el claxon o cualquier hábito que denote nerviosismo fuera de control; indiscreción e imprudencia generalizadas, insistencia y sinceridad excesivas, impulsividad y aburrimiento constantes y por último, el más novedoso de todos ellos: dar la brasa en los grupos de whatsapp.

En tiempos de chats, de tweets y de apps, todavía hay gente que se sorprende al comprobar cómo se comunica de forma oficial el nuevo presidente de EEUU o peor aún, que este hombre no pueda controlar sus palabras y suelte por esa boquita ‘las cosas’ que dice y escribe. Como se pueden imaginar, él no es un caso excepcional sino más bien un infectado más, corriente y normal, ya que la Incontinencia Vital de Origen Digital se ha convertido en un virus global que, como en su versión corporal, necesitaría de grandes dosis de antidiarreicos o de prolongados periodos de descanso y desintoxicación para aliviar los síntomas que provocan o para erradicar su origen. Móviles, ordenadores, tablets, internet, redes sociales… más agitación, más estrés: ¡GO HOME! Hoy en día parece prácticamente imposible mantener la boca cerrada o los deditos tranquilos. El aluvión de mensajes, vídeos, chistes, ‘cadenas’, memes, bulos y paridas es insostenible. No me extraña que los móviles pidan actualizarse cada dos por tres, ya que la estupidez humana es capaz de colapsar las capacidades de la tecnología más puntera. Los efectos son innegables, ya que de la misma forma que replicamos sensorialmente de alguna manera lo que vemos en una película de terror o en un drama, como si estuviéramos viviendo lo que acontece en la propia película, el hecho de sucumbir a las hordas del invasor tecnológico también está transformando nuestra manera de comunicarnos, de vivir y, sobre todo, de sentir. Con impulsos, retortijones y espasmos inclusive, al más puro estilo del Donald.

Cuentan que Mark Twain era un hombre muy ácido y mordaz y que, de vez en cuando, escribía cartas a sus enemigos cargadas de insultos y de veneno. A pesar de su sangre caliente, también tenía la sana costumbre de dejarlas reposar toda la noche. Las guardaba en el bolsillo de su chaqueta hasta la mañana siguiente y cuando se despertaba, las releía con calma y casi siempre se arrepentía de lo escrito y las destruía de inmediato. También cuentan que los samuráis descubrieron que un estado de agitación mental siempre venía precedido de un ritmo cardíaco acelerado y de una respiración violenta, y por eso supusieron –muy sabiamente- que para intentar controlar la mente, antes deberían aprender a dominar su propia respiración. Si lograban controlarla de una forma consciente, serían dueños de su propio destino.

Más allá de estos dos consejos elementales, retrasar la respuesta y respirar como dios manda, toda práctica que conlleve cultivar la paciencia y el silencio físico o virtual, y erosione la necesidad de satisfacción y réplica inmediatas, nos ayudará a erradicar esta extendida enfermedad contemporánea que nos trae cada vez más disgustos.

“Existe una brecha o un espacio entre el estímulo y la respuesta. En el empleo de ese espacio está la clave de nuestro crecimiento y nuestra felicidad”. Stephen Covey
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