28 de noviembre de 2020, 14:52:27
Opinión

TRIBUNA


Esterilidad de género

Fernando Muñoz


En los últimos días se ha levantado una importante polvareda en relación con dos acontecimientos que están profundamente vinculados, tan profundamente que es posible que sólo resulten evidentes sus vínculos más inmediatos. De una parte una virgen que se transformaba en una suerte de crucificado recibió el primer premio en el concurso drag de Las Palmas, en el contexto de un carnaval en cuya naturaleza está precisamente la transgresión y la burla de formas y maneras socialmente aceptadas. Por lo demás esa transgresión es la norma constante entre los que practican el cross-dressing, uno de cuyos objetivos es el escarnio de la distinción binaria de género que subyace al hetero-patriarcalismo (genderfuck). En el carnaval cotidiano de reinas y reyes de la noche, ídolos de la transformación, no hay formas canónicas, ni substancias intocables. Es un orden plástico y de plástico en el que nada es lo que parece, porque parecer es todo en este orden de un subjetivismo exaltado, en el que la propia voluntad, concebida como potentia gaudendi, es el único principio. Un principio insubstancial que es absoluto dinamismo, potencia incesante, proteica capacidad transformadora.

Por otra parte, la organización pro-vida Hazte Oír puso en circulación en Madrid un autobús rotulado con rotundas afirmaciones: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer seguirás siéndolo” El autobús fue detenido, dado que podría incitar al odio y violar las leyes contra la LGTBfobia: la ley integral contra la discriminación por diversidad sexual y de género, aprobada el año pasado con apoyo unánime de la Asamblea de la Comunidad de Madrid, siguiendo la línea trazada ya en otras comunidades y atenta a directrices europeas.

Frente a la alegre plasticidad transformista, la severa rigidez de unas naturalezas inmutables, condenadas a seguir siendo lo que son. Las simpatías masivas de la opinión pública contemporánea se orientarán a favor de la fiesta de la híbrida confusión y su lúdica multiplicación de formas inestables, de la misma naturaleza que el magnífico centro comercial en que habitamos.

El discurso de la emancipación y la vieja consigna revolucionaria (Igualdad, Libertad, Fraternidad) se esgrimen en defensa de la plasticidad a voluntad. Y no tiene sentido preguntar por la naturaleza de esa voluntad porque carece de naturaleza, no tiene sentido preguntar en qué consiste esa potentia gaudendi, esa voluntad o capacidad de disfrute, porque carece de consistencia. No es y puede ser cualquier cosa. Es el vacío hueco de la nada, sin centro ni perímetro, a que se reduce la vieja condición humana. Y esto no es sólo un discurso, desde el momento en que las tecnologías de la vida hicieron posible la construcción a voluntad de ilimitadas formas orgánicas. Evolución de las especies, ingeniería genética, cirugía plástica: modificamos la composición hormonal, la morfología genital, la estructura genética. Donde había una vulva podemos poner un pene, donde un pene podemos poner una vulva. Podemos hacer un hombre, podemos hacer un superhombre y – objetivada la vieja subjetividad – podemos hacer cualquier cosa. Y, sin embargo, no podemos… todavía. Aunque el progreso traerá, qué duda cabe, nuevos poderes al servicio de nuestra voluntad.

Hay ya numerosos casos de hombres que han gestado a sus hijos, recuerdo el caso de Thomas Beatie. Pero justamente aquí encontramos un límite. Beatie nació dotado de la posibilidad de gestar, pero siguiendo la voz de su género masculino, se sometió a la transformación de la que ha resultado el varón que hoy conocemos. Conservó su matriz y gestó a sus hijos, mediante fertilización asistida. La reproducción sexual ha sido hasta hoy el límite de la indiferenciación. Podría haberse rotulado: los machos fecundan, las hembras gestan; al margen de que se conciban varones o mujeres. Y, sin embargo, también esto sería un exceso en los tiempos de la fertilización artificial, la gestación subrogada, los úteros externos…

Pero en la defensa progresista de la indiferenciación, en los ambiguos cantos al triunfo de la voluntad individual hemos de reconocer su linaje histórico. Herederos de la gran revolución, evocan la Igualdad, Libertad y Fraternidad, pero no deben olvidar que aquella revolución es inseparable del tan denostado liberalismo tecno-económico. La exaltación de su presuntamente prístina subjetividad a la posición de ultima ratio es solidaria del curso de esa modernidad capitalista que los actuales ideólogos del género dicen debelar, pero que vienen a culminar y apuntalar. Su radical subjetivismo individualista, que exige que cada uno resulte ser lo que le dé la gana, extrema una antropología liberal según la cual no hay más que solos individuos. Frente a esa concepción liberal del hombre como individuo, el comunitarismo cristiano opone una idea de persona, inseparable de una comunidad cuyo núcleo elemental inviolable es la unión reproductiva de un hombre y una mujer.

Llévese la polémica donde se quiera, pero ha de tenerse claro quiénes están de parte del orden de cosas vigente y quienes son los verdaderos resistentes. ¿No sorprende a nadie la posición que adopta el poder dominante en cerrada defensa de los presuntos críticos de la dominación?

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