12 de abril de 2021, 23:57:40
Opinión

EPPUR SI MUOVE


Cristianofobia y LGTB

Antonio Hualde


Según el diccionario de la Real Academia Española, “normal” es “todo aquello que está en su estado natural”. No debiera extrañar, pues, leer que “los niños tienen pene y las niñas, vulva” -el autobús de hazteoír- y, sin embargo, hay a quien le resulta hasta ofensivo. Se ha llegado al extremo de que ofenda la normalidad y, en su defecto -nunca mejor dicho-, se haga bandera de la transgresión unidireccional.

Algunas personas nacen con alteraciones a nivel endocrino que les hacen muy complicada la vida. En la Alemania nazi, esto se resolvía exterminando a la persona en cuestión ya que, como sostenía Rudolf Hess, “el nacionalsocialismo es biología aplicada”. Por desgracia, actualmente aún perviven ciertos comportamientos más propios de aquel totalitarismo infame que de una sociedad sensata. Se ha pasado de estigmatizar ciertas conductas o situaciones a fomentarlas entre los niños con el adoctrinamiento de la ideología de género. Y ambos extremos son igual de reprobables.

Dicho lo cual, conviene huir de las generalizaciones. Sólo algunos homosexuales hacen suya la beligerancia del lobby LGBT. Ni ven a la Iglesia como al enemigo, ni tienen fijación hacia “lo hetero”; se limitan a vivir su sexualidad con respeto y normalidad a partes iguales. Lo dice la Constitución en su artículo 14, pero es que también lo dice el sentido común: nadie debe sufrir discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión u opinión. La xenofobia, el racismo, la homofobia y el machismo deben ser combatidos. Y también la cristianofobia y la heterofobia.

El imán presidente de la Federación Islámica de Canarias, Tijani El Bouji, era muy claro sobre la polémica de la Gala Drag Queen de Las Palmas: “no quiero ni imaginar que se pudiese hacer algo así con una imagen de Mahoma. No queremos que la comunidad musulmana se exalte ya que no aguantaría una falta de respeto de este tipo”, a la vez que mostraba su solidaridad con los católicos de Canarias por el ataque “blasfemo”. El tipo en cuestión que, travestido, hizo una performance de la Virgen María crucificada consiguió su propósito de hacer daño y hacerse famoso. Pinchó, en cambio, a la hora de provocar que su odio se extienda a lo que odia: los católicos perdonamos, por más que nos duela que mancillen lo más sagrado.

Tiene razón el imán canario: nadie se habría atrevido a hacer algo así con Mahoma -todos sabemos porqué-. Y de haberlo hecho, sería igual de reprobable: todas las creencias deben respetarse. Todas. Ocurre que el sector más extremista del lobby LGBT ha emprendido desde hace ya tiempo su propia cruzada, con un triple objetivo: la vida humana, la familia y los valores cristianos. En el primer caso, con el aborto y el engendro de la maternidad subrogada, auténtica “cosificación” de la mujer en tanto es conceptuada como una mera carcasa. En el segundo, fomentando desde el colegio una hipersexualización sin control ni distinción de géneros. Y en último término, un ataque frontal contra una Iglesia de la que también ellos forman parte, por cuanto todos somos hijos de Dios. Han llegado incluso a Disney, metiendo con calzador a un personaje gay en la reciente versión de “La Bella y la Bestia”. Hay, por supuesto, una escenita ad hoc especialmente dirigida al público infantil. Lo escandaloso, en fin, no es un autobús con frases obvias, sino la deriva destructiva que imponen desde ámbitos sectarios.

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