18 de septiembre de 2019, 1:45:17
Opinion


Combate perdido

Juan José Solozábal


A medida que pasa el tiempo se asienta progresivamente la idea de Ibarretxe como un púgil sonado que antes que arrojar la toalla está dispuesto a agotar todos los expedientes posibles para prolongar un combate ya perdido. Le falta, eso sí, la gallardía de presentar claramente su consulta como una reedición de su plan soberanista, declarado incompatible con el marco constitucional y frenado en seco antes de su toma de consideración en el Congreso de los Diputados. Pues de lo que se trata, ahora también, es de poner en marcha un proceso de autodeterminación para el País Vasco. Esto es de lo que verdaderamente estamos hablando.

No debe extrañar que una consulta con tal propósito, tan evidentemente fuera de las competencias de la Comunidad Autónoma, pues supone un ejercicio de soberanía que ninguna fracción territorialmente delimitada posee, y que corresponde al pueblo español en su conjunto, conlleve una respuesta del Gobierno, que tiene la obligación jurídica de oponerse a las infracciones constitucionales. La consulta se hace incumpliendo además dos condiciones que el propio lehendakari había establecido: la de la ausencia de violencia por parte de la organización terrorista ETA y la del acuerdo de los tres territorios vascos.

No puede calificarse sino de imprudente el suscitar una cuestión de la gravedad política de la consulta en un contexto político como el del actual momento vasco.

Sólo una visión cesarista de la democracia, que confunde sus propios problemas con los de la comunidad, a la que convoca plebiscitariamente, ha podido llevar al lehendakari a olvidar su perfil institucional, identificándose con la porción más radical de su partido. Ibarretxe se aparta así de la senda de los lehendakaris estadistas, como Aguirre en la Segunda República o Ardanza ahora, capaces de lograr un reconocimiento más allá de la porción nacionalista de la sociedad vasca. La iniciativa de la consulta preconizada por Ibarretxe se inscribe, por el contrario, sectariamente en el soberanismo territorial, que a muchos nos parece que no es el camino adecuado, pues en la conformación vasca es bien difícil prescindir de España. Como dejó escrito don José Miguel de Azaola, “En vez de conspirar para llegar a una situación que podría suponer la desintegración del Estado, cumplamos lealmente con éste las obligaciones inherentes a la foralidad y exijámosle que cumpla con nosotros las que por el mismo Fuero (actualizado hoy por el Estatuto) ha contraído. Tal es, en la España que se dispone a entrar en el siglo XXI, el mejor modelo de Estado a que podemos aspirar” (Diario Vasco, 12 de Mayo de 1998).
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