18 de junio de 2019, 7:24:06
Opinion

DESDE ULTRAMAR


Me entusiasma festejar San Patricio

Marcos Marín Amezcua


¡Qué extraordinaria coincidencia resulta ser el que pueda usted leer esta entrega el mismísimo día de San Patricio! Si pudiera ser, esta columna correspondiente al 17 de marzo iría ribeteada de fieltro verde esmeralda honrando a la verde Erín y sí, haga usted de cuenta que sí está perfectamente teñida de ese color típico, rebosante de tréboles de cuatro hojas prodigando buena suerte a todos mis lectores asiduos en ambos hemisferios y a los recién llegados, también; deseando buena fortuna para todos. Los buenos augurios siempre son bienvenidos y más si los desean y propician unos alegres y bonachones leprechauns, evocándolos al más estiloso carácter irlandés y su festejado y compartido folklore.

¿Por qué nos gusta el día de San Patricio y nos unimos a esta fiesta irlandesa que ha cobrado ciertos tintes planetarios? Dándole vueltas considero que ello obedece a que en México hay una empatía por Irlanda y unas ganas de festejar que no paran. Para el caso mexicano existe, además, una simpatía particular y una suerte de correspondida solidaridad con la república irlandesa que explicaré más abajo. Siga usted leyendo.

Es que cada año entre los mexicanos se va consolidando nuestro gusto por marcar la fecha de una festividad que poco a poco hemos ido adoptando, celebrándolo el día de San Patricio, santo patrono de Irlanda, que fue la antigua Hibernia romana. Ha sido un proceso largo pero consistente, firme y continuado y me entusiasma de verdad. Hemos ido de menos a más en una celebración que nos agrada a muchos, siguiéndola de mil maneras y nos convida poniéndonos en sintonía con el mundo entero al observar que la sigue. Es posible que sea ya de esas fiestas universales, empero revestida de una sencillez que solo te pide ponerte algo verde o beberte una cerveza irlandesa, de preferencia, y con eso enlazas al mundo entero. Ello la torna muy incluyente. Y acaso sea verdad: en quien menos pensamos es en el patrono que la origina.

Y es que los mexicanos tenemos por un lado la simpatía por Irlanda, un país de tradición católica, por lo cual el santo nos viene estupendo y nos es fácilmente identificable su significado, pudiéndonos explicar perfectamente bien su simbolismo como santo patrono y en su calidad de presidir una fiesta nacional para Eyre. Aunque no hablemos ni una pizca de gaélico.

Luego ha nos caído esta moda mundial creciente y ya infaltable homenajeando a Irlanda o secundando su celebración, de alumbrar de verde edificaciones emblemáticas de muchas ciudades del mundo para señalar la ocasión, en un guiño a la Isla Esmeralda y de pasadita, promoviendo sus propias atracciones; pero no sé si sucede así por estar todos en la misma frecuencia que Irlanda, mas si del mundo en su mayoría, o por homologar conductas. El guiño responde desde luego, a percibir a Irlanda como un país amigable, con su estela de atractivas y simpáticas leyendas, gaitas, guisa de duendes verdosos con zapatos y sombreros luciendo prominentes hebillas y que son guardianes celosos de ollas de oro situadas al final del arco iris, quienes nutren nuestro imaginario y parecen responder a todos los gustos y calibres por las tradiciones alimentadas con un sabor celta, aderezadas con tréboles de cuatro hojas y ese verde irlandés, esmeralda para más señas, que bien recuerdo de la campiña de la verde Erín, tan vistoso y reconocible a leguas, no obstante que los irlandeses presuman de contar con más de cien tonalidades de verdes. Y conste que una suerte de azul rey es el color nacional de ellos.

Para la Ciudad de México el monumento a la independencia nacional, situado en el Paseo de la Reforma –el afamado Ángel– suele ser el escogido para iluminarlo de verde la noche del día 17 de marzo y es una gozada. Desde hace algunos años se ha convertido en la construcción utilizada para solidarizarnos con muy diversas causas. Y como después de todo a Irlanda se la considera como una gran nación amiga, nos emociona sumarnos al festejo planetario que aquí abarrota los pubs que explotan su tono irlandés, aunque no pase de concurrirlos. La ocasión lo amerita. La afamada cerveza irlandesa de emblemática marca se prodiga a borbotones. A mí no me agrada. Si le digo que me parece sospechosamente verde y espumosa, asemejándose a pipí de duende, ¿qué quiere que le diga?

Empero, es que tenemos nexos peculiares con Irlanda. Un irlandés, Guillén de Lampard, a inicios del siglo XVII fue el primero que intentó liberar estas tierras del Imperio español. A la llamada Esmeralda de los mares la consideramos similar a nosotros, en la condición de estar frente a Gran Bretaña como nosotros nos vemos frente a Estados Unidos. Consideramos que enfrentamos un desafío similar. Católicos vecinos de una potencia protestante que ha sido su némesis y su agresora, su inspiradora y su antítesis, que nos pone en la misma tesitura. Pero de la que abrevamos, también. También se ha recuperado y exaltado la solidaria ayuda del batallón de San Patricio, compuesto por migrantes irlandeses, que en la guerra invasora de Estados Unidos a México (1846-48), pasaron al bando mexicano. Su martirio se recuerda en un monumento y año con año la embajada irlandesa deposita una ofrenda floral. Un conjunto de gaiteros de San Patricio, así se denominan, ameniza ese y muchos momentos en el año con sobrado éxito en los escenarios. Familias prominentes como los O’Farril han dotado de visibilidad al emprendimiento y a la presencia irlandesa en México, por modesta que sea.

Y así, cada vez es más frecuente que en tal jornada veamos a personas que se pintan un trébol en la mejilla, que se atavían con prendas o adminículos verdes, cuando no van de verde de los pies a la cabeza. Yo igual me pongo una camisa verde que una corbata de tréboles si mi agenda anticipa algo más formal para ese día. San Patricio nos lo encarece y gustoso acojo el llamado. Me fascina. Ya los ecos del mundo nos compartirán el desfile que se montan en Nueva York para admiración de la propia Irlanda, que honra la humilde contribución de noble aporte de sus migrantes irlandeses a la grandeza de la Urbe de Hierro o las celebraciones irlandesas.

San Patricio convoca. A fuer de insistir nos permite ser nosotros mismos y prodiga cierta camaradería, pues se irradia alegría por doquier, facilita encuentros y entendimientos. Nos inspira y nos encanta. Yo solo puedo invitarlo a unirse. Que sea para usted un día extraordinario y la suerte lo asista.

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