12 de noviembre de 2019, 7:07:56
Opinion

TRIBUNA


Ni capitalismo ni socialismo: justicia

Antonio Barnés Vázquez


En realidad no necesitamos a los clérigos del dios Mercado (capitalistas) ni a los clérigos del dios Estado (socialistas). Necesitamos gobernantes, humanos, prudentes y justos. El fin del gobierno es la justicia, no la ingeniería social, ni la redefinición de lo humano y lo divino. Las ideologías (religiones secularizadas) son muy invasivas, y aman el intervencionismo estatal, entrando como un elefante en una cacharrería en la vida de las personas y de las sociedades. En relación al Islam, se suele mostrar inquietud por el maridaje de lo político y lo religioso que anida en él, pero lo cierto es que las ideologías implican también un maridaje entre lo político y lo religioso (secularizado). Aunque el mito se vista de seda, mito se queda. Y Steiner en Nostalgia del absoluto prueba que paradigmas como el marxista, el psicoanálisis, la antropología cultural o la ufología, detrás de una apariencia “estrictamente científica”, esconden mitos, leyendas, apriorismos.

La justicia, que se ha venido definiendo como la constante voluntad de “dar a cada uno lo suyo”, precisa la prudencia, y atiende a la relación entre iguales (justicia conmutativa), y entre gobernantes y gobernados (distributiva y legal). Estamos ya cansados de políticos que parapetados tras un Estado “serio” y abstracto (e implacable) nos organice la vida, redefina quiénes somos (los parlamentos se comportan como concilios), tratando en definitiva a los ciudadanos como infantes que precisan al pedagogo papá-Estado.

El capitalismo representa el desplazamiento de la aristocracia por la burguesía, imponiendo el gusto y la moral del nuevo rico, la nobleza del dinero. Sustituye el artificio de lo heroico, lo cortés, por el colonialismo de las factorías. Reemplaza la bondad por la eficiencia y convierte al ciudadano en un productor-consumidor, definición que puede aplicarse igualmente al cerdo, “de quien todo se aprovecha”.

El socialismo, henchido de trastorno bipolar, trata de aplicar el remedio estatalista a los males mercantiles, y hace verdadera la sentencia de que es peor el remedio que la enfermedad. El socialismo clásico cree religiosamente en el efecto salvífico del Estado y lo público, y transforma el capitalismo de mercado en capitalismo de Estado. El problema es que el capitalista eficaz puede ser malo, pero no tonto, en tanto que el político metido a capitalista, además de ser malo, suele ser inepto.

La solución pasa por adelgazar al Estado y devolver a los gobiernos y parlamentos su función de arbitraje. Que hagan el favor de no decidir quién puede nacer, quién ha de morir, cuántos hijos tener, qué es un matrimonio y qué deben explicar los profesores-siervos. Las ideologías mueven a la compulsión y a la hiperactividad, y reemplazan los diez mandamientos por diez mil reglamentos.

Administrar justicia: de eso se trata, sin sacralizar la democracia, que es medio, no fin. Aunque, en realidad, se predica la democracia pero se realiza una partitocracia, el gobierno de los partidos: grupos oligárquicos de estructura piramidal que consagran el principio de incompetencia, ya que los aupados por ellos para diputados, senadores o concejales constituyen un estamento a cuyos miembros no se exige currículum, sino fidelidad a quienes los han incluido en sus cerradas listas. Por eso, propongo, con Simone Weil, la supresión de los partidos políticos: listas abiertas, elecciones libres, políticos profesionales EN la política y no profesionales DE la política, parlamentos libres, sin disciplina de voto, el cese de la cartelería electoral y el empleo de las televisiones y radios públicas para que los candidatos expliquen sus propuestas.




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