15 de noviembre de 2019, 1:28:36
Opinion

DESDE ULTRAMAR


Yo caminé la Exposición Universal del 92

Marcos Marín Amezcua


Y pasaron 25 años desde su inauguración un 20 de abril de 1992 y aquí seguimos. Como si hubiera sido ayer, transcurrido un cuarto de siglo sigue indeleble el recuerdo de aquella magnificente ocasión. La Expo’92 fue la causa que motivó mi primer viaje a España y por lo tanto, mi primer encuentro con Sevilla –tan reconociblemente americana y de lo que desde América imaginamos que es España–. Fue una experiencia extraordinaria que llevaré por siempre, dado que también fue la primera vez que traspasé las puertas de una Exposición Universal.

Porque la Exposición Universal de Sevilla’92 fue todo un suceso. Al saber de ella unos cinco años antes, pensé en visitarla. Habiendo renunciado Chicago a efectuarla, unos tres años antes de abrirse una revista mexicana mostró ya algunos de los proyectos para la isla de la Cartuja. Ninguno se concretó. Desde luego que lo que resultó fue mucho mejor. Vino después la presentación de Curro, la simpática y rara mascota. El 92 se aproximaba mientras la Expo crecía.

Si la Exposición Universal es el acontecimiento más importante en el ámbito cultural, Sevilla la dotó de un sentido conceptual uniforme y armónico. Desde el logotipo hasta la vestimenta de las ujieres. Todo era un mismo concepto perfectamente articulado. Ese fue su gran mérito y por eso es verdad que el recinto expositor merecía un destino más propicio y una mejor suerte. Sevilla’92 refrendó la universalidad, un hito en la historia de estos certámenes, un episodio aparte en la evolución de estos actos. Para mí es una ocasión inolvidable que me impactó gratamente a mis veinte años. Al visitar la Expo Hanover 2000 o la Expo Zaragoza 2008 puedo afirmar que no la igualaron. Fue un escaparate de su tiempo, adelantándonos la era digital o la tecnología Imax, invocando la Era de los Descubrimientos, su lema acorde al V centenario del descubrimiento de América.

No puede negarse que España acertó al conjugar el 92. Y en la promoción de la Expo con su anaranjado globo distintivo, más. Recuerdo que hasta en un torneo con los grandes ajedrecistas Karpov y Kasparov, un día apareció el patrocinio del promo de la Expo’92, irradiándolo al mundo entero. Sí, las críticas fundadas existieron. Hoy sabemos lo dificultoso que fue impulsar el proyecto, los avatares que se cristalizaron en que el día de la inauguración la muestra no estuviera concluida en tiempo, al grado de levantarse el jocoso pabellón al “no pabellón”. Y ello pese al cuidado en cada detalle y la maestría, la imaginación y el derroche con los que se construyó. Porque la Expo fue ante todo, derroche de originalidad.

Si el ejemplar mensual de Iberia de ese mes de abril del 92 se volcó a la Expo, el cual conservo, los fuegos pirotécnicos lanzados la noche de la apertura fueron apoteósicos. A mis recuerdos se agolpan las cuatro jornadas que dediqué a visitarla, conservando publicaciones y hasta los peculiares billetes de entrada, plastificados. Entré a ella por la Puerta Triana y me dirigí con mis acompañantes al Pabellón de la Navegación, que para mí fue el más sobresaliente de la Expo. Celebro que se siga utilizando. No me olvido de la panorámica formidable que nos permitía la Torre Banesto y la portentosa vista del cohete Ariane. Aquella transmisión nocturna que nos congregaba en el Lago de España y que la afluencia de personas de todo el orbe cuán vistosa tornaba a la Expo. Entre los pabellones mis palmas al italiano y al japonés, al británico, el despliegue de la Santa Sede, la Plaza de África y los pabellones belga y danés, que junto con el ruso, fueron para mí de los destacados. Decepcionante el estadounidense y magnífica la arquitectura del marroquí. Lamenté carecer del tiempo para visitar el pabellón de Portugal, ver completo el de España o acceder al canadiense. Podía uno avanzar y avanzar y aquello era inabarcable, pues recorrer aquella inmensa ciudad era tarea titánica. Obligaba a trazar rutas y a ponderar contenidos. Disfruté de los pabellones castellano-leonés y vasco. Y de la cabalgata y del Pabellón del siglo XV. Del monoriel y del pabellón chileno. El pabellón de México mostrando aquella equis enorme, tan emblemática de nosotros, me gustó, pero no me convenció. Y pese a su magnífica ubicación, inmejorable. ¡Qué grande era la Plaza de América!

La ocasión de tan estupendo aniversario me permitió preguntarle a mis amigas sevillanas su sentir sobre aquella magna ocasión que engalanó Hispalis y sumó un galardón más a su dilatada historia. Carmen me escribió: “Tuve la dicha de conocer una Expo cuyo efecto rebasó los límites de la ciudad para abrir Andalucía al mundo. La del 29 embelleció Sevilla, la del 92 vertebró Andalucía con las comunicaciones, aunque Almería quedó descolgada al no enlazar por autovía con Málaga y Granada. Creo que ese es el legado más importante de aquella preciosa, divertida y multitudinaria Expo. La multiculturalidad de esos seis meses ha dejado un poso importantísimo en una ciudad enamorada de sí misma cual Narciso. Hoy sus habitantes parecen mucho más abiertos a otras lenguas, a otras culturas”.

María Luisa me expresó: “(La Expo es) el recuerdo del mundo que no conocía que exploré con personas muy queridas que ya no están. La maravilla de una ciudad inventada con lo mejor de cada país. Porque excluía lo desagradable y hacía soñar.... Y porque un recuerdo de hace 25 años borra hasta que iba con muleta ¡por una rodilla tonta! En cuanto a la utilización del recinto hoy se está recuperando en parte no solo como ámbito empresarial, también como centros de investigación. Qué tiempos... Desde la nostalgia todo nos parece hermoso”.

En contraste, Concha me exteriorizó su sentir: “Yo no pisé la Expo, estaba en contra de tal evento por la cantidad de millones que se invirtieron y se perdieron, hay quien se puso rico con tal evento, como fue el caso del amigo de Felipe González, Jacinto Pellón. Aparte de lo expuesto no me parecía justo dicha inversión, mientras justo enfrente se mantenía un poblado chabolista, El Vacie, donde vivían personas en condiciones infrahumanas, y que en la actualidad sigue existiendo. Por cierto que la mayoría de los pabellones fueron destruidos y el recinto abandonado a su suerte, pues donde ponga la mano el Psoe, es como el caballo de Atila, por donde pasan, arrasan…”.

Pasaron 25 años. Solo resta suspirar. ¿Qué me embelesa Sevilla? es verdad y regresé a ella 9 años 360 días después de haberla dejado aquella primavera del 92. Me habría gustado que el proyecto Cartuja’93 se hubiera instrumentado más rápidamente. La Expo’92 fue irrepetible y por fortuna habiéndose instalado allí la empresa Televisa, la seguimos en México hasta su clausura. Yo la sentí muchísimo porque sabía que cerrada una Expo, jamás regresa. Así las cosas.

La ocasión feliz que nos reúne no es óbice para deplorar los sucesos de la reciente Madrugá sevillana que insigne, no merece que nadie la mancille. He presenciado dos veces la Semana Santa en Sevilla y me uno a su dolor. Por respeto a los sevillanos de bien, a la gente que se limita solo a seguir sus tradiciones, que no llevan otra intención que compartirlas participando de ellas; en una ciudad con identidad propia, acogedora, emblemática de España y con la Macarena de universal significado que abona a tal, siempre será reprobable la intentona de frustrar la alegría de los sevillanos. Su alegría es la mía. Su enfado y su reclamo, también lo son para mí y me solidarizo con mi querida Hispalis aeterna.

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