23 de enero de 2020, 4:10:22
Opinion

DESDE ULTRAMAR


40 años de reanudadas relaciones México-España

Marcos Marín Amezcua


Cumplimos en marzo pasado 40 años del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre México y España. ¡Enhorabuena! Han transcurrido casi tantos años como los que precedieron de las inexistentes –rotas al desconocer Cárdenas a Franco, cobijando a los refugiados republicanos y al gobierno de la República española en el exilio [no tan activo como el grupo alojado en París, más decisivo en La Transición]– y justo ahora en el año en que conmemoramos el V centenario (1517) del arribo de Fernández de Córdoba a costas yucatecas, comenzando así una incesante dinámica bilateral que trazó el camino a la conquista de México por Hernán Cortés en 1521, que nos representa otro quinto centenario a la vista y fincó los cimientos de tales relaciones.

Tal reanudación –que nos recuerda que durante la dictadura franquista no se interrumpieron las relaciones afectivas, comerciales y culturales, aunque se dificultaron– debe inscribirse en La Transición española en su capítulo diplomático, que lo hubo. Corrió paralelo a los acontecimientos propiamente internos y supuso también un cambio de mentalidades que abarcó lo mismo recomponer relaciones con la URSS que con México, por ejemplo. Fue necesario sí, que muriera Franco, pero se consiguieron.

Si bien hoy las relaciones hispano-mexicanas son excepcionales y acaso inmejorables, con un viaje de ida y vuelta constante, no obstante hay rubros para trabajar y perfeccionar, para no sonar triunfalistas. Hoy, a tales relaciones hispano-mexicanas las distingue: 1) Que se desarrollan en el mejor periodo en la historia diplomática bilateral; 2) Son producto de la transición española a la democracia, porque tal cuenta con su capítulo diplomático (es decir, que no solo fue interna), y supusieron ser una reconciliación con el pasado; y 3) Ha visto momentos complicados para ambos países, sosteniéndose. Tan solo por la crisis de 2008, se trasladaron a México 150 mil españoles, la cifra más alta de toda la historia en el menor tiempo posible. Independientemente de argüir el plus que significa que sea la generación más cualificada. Dos palabras me parecen clave: reconciliación y entendimiento.

Son cuatro décadas de intercambio fecundo en todos los órdenes –del intercambio cultural a los convenios taurinos o educativos, del comercio y el turismo sostenido al hermanamiento de ciudades o las facilidades para la inversión y el desplazamiento– muy dinámico y sumamente diversificado, merced a un trabajo comprometido en un diálogo franco y abierto. Cercano, como no puede ser de otra manera. Los lazos familiares rebozan la relación. Cinco centurias respaldan el contacto. Que no es gratuito. Será que México es el país más indigenista y más hispanista de América, a un mismo tiempo, como otrora fue el eje más poblado y estructurado del Imperio español en Indias.

Dos siglos de diplomacia bilateral con sus altibajos, partieron del no reconocimiento a la independencia mexicana (1821), a conseguirlo tardío en tiempos de la reina María Cristina de Borbón (1836), siendo el primero de la América hispana, con subsecuentes rupturas y ríspidos momentos como sucedió tras la caída del II Imperio mexicano (1867) y durante la Revolución Mexicana y la Guerra Cristera. Fue el colapso de la II República española lo que condujo a una nueva ruptura. Si bien Lázaro Cárdenas no pudo traer a Azaña por su repentinamente muerte en Francia, sepultado con la bandera mexicana sobre su féretro, cercó en lo posible a Franco, condición heredada por los subsecuentes gobiernos mexicanos. Los años de la dictadura franquista borrarían el nombre de México hasta de las calles de España y en sentido contrario, la diplomacia mexicana atajaría a Franco. Lo mismo boicoteando sus intentos de crear una suerte de comunidad hispánica regida por la visión imperial franquista, que condenándolo en Naciones Unidas por boca del presidente Echeverría (en un año tan tardío como 1974). Cuando para llegar a Madrid se hacía vía París. Y sin embargo, son los años de Agustín Lara componiendo su Suite Española tan aplaudida en la Península o de Sara Montiel o Miguel Ríos triunfando en México. Así somos de paradójicos en ambos lados del Atlántico. Cosas de familia.

Fue José López Portillo quien emprendió el acercamiento una vez muerto Franco y sopesándolo el gobierno de Adolfo Suárez, cobijado por Juan Carlos I –a título personal tenedor de todas las facultades como jefe de Estado del periodo preconstitucional español–. Reanudadas tras de un anuncio en París y cancelándolas así con la república española en el exilio, presenciaron visitas oficiales del presidente mexicano y Suárez el mismo año 1977 y de los reyes Juan Carlos I y Sofía a México en 1978, reuniéndose inclusive, con los exiliados republicanos con el ánimo de ser “rey de todos los españoles” tal y como lo expresó el monarca en ese histórico viaje transoceánico, el primero de un rey de España a México, que no a América (1976). El rey Felipe VI tras de múltiples viajes como heredero, efectuó una visita oficial en 2015, la primera a la América hispana en su reinado.

Eso sí, hubo que salvar incidentes bochornosos como la renuncia sin aviso del primer embajador mexicano, Gustavo Díaz Ordaz, el expresidente acusado de la matanza del 68, por no querer someterse a las instrucciones de un simple secretario de Exteriores, o la visita recién efectuada a Madrid en este aniversario redondo por el impresentable aprendiz confeso de ministro de Exteriores mexicano, Luis Videgaray, que representa a un gobierno corrupto y decadente como el de su amiguete el priista Peña Nieto, que no da así la mejor cara posible. Por otra parte, fueron azares de la Historia o curiosidades de sí misma, el que el último jefe de Estado recibido por Juan Carlos I luego de renunciar a la corona, fuera al ejecutivo mexicano Peña Nieto.

Si el reencuentro de 1977 lo fue de dos viejas amigas que tenían mucho que contarse (Octavio Paz), la agenda requiere atención. Limar escollos y retrasos. Optimizar tratados laborales y educativos, abordar temas como el narco y las inversiones. Más oportunidades en ambas orillas. Recíprocas y simétricas. Un mejor conocimiento ambos países es menester. Nuestro porvenir lo reclama. Se requieren nuevos cauces entre socios estratégicos. La altura de miras de ambas partes ha sobrepasado el tiempo y suma cuatro décadas renovando. Se va por el camino correcto y que bien que así sea.

Termino. Si el historiador español Viviano Hernández me dijo al pie del Archivo General de Indias, en Sevilla, que quien quiera ir a América tiene que empezar por México, y se cuenta que el historiador español Américo Castro se arrodilló emocionado al contemplar la traza del Zócalo, entusiasmado por el legado español en América, actualiza la máxima que repetimos en esta otra orilla: que quien quiera entender México tiene que visitar España y viceversa. Consecuencia de una relación profunda y hermanada; merecedoramente pujante y altamente aportadora. Eso no puede sino entusiasmarnos de igual forma. Y pese a que hoy suene retro o casposo para todos decir expresiones como la de Madre Patria, cuando nos referimos a España.

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