18 de enero de 2020, 17:00:08
Opinion

Y DIGO YO


¿Héroe o cobarde?

Javier Cámara


Hablar a toro pasado siempre es más fácil. Lógicamente, hacerlo antes de que las cosas sucedan hace pensar que se posee algún tipo de capacidad adivinatoria poco común y, en cualquier caso, reservado para otros espacios informativos. Pero opinar sobre lo claro que “se veía”, lo “evidente” que era algo o el trilladísimo “se sabía” cuando “no se sabía nada” tampoco tiene mérito una vez tenemos hechos constatables.

Al margen de resultados de autopsias y demás pruebas, la muerte de Miguel Blesa es una desgracia que ahora dirán muchos que se veía venir. Algo así pasa todos los días. Mucho más de lo que la gente se cree. Cuando se dice que el número de fallecidos por suicidios duplica al que provocan los accidentes de tráfico resulta difícil de creer porque no lo vemos. Ese pacto tácito para no informar sobre el suicidio ha llevado a que durante años no se conocieran todos los que se producen. Dicen que para evitar el efecto contagio… Pues no lo sé. ¿De verdad alguien sabe si leer una noticia sobre el suicidio de un personaje incita a suicidarse?

El caso es que he de reconocer que el suicido ha provocado en mi un contradictorio efecto de reflexión. ¿Héroe o cobarde? Una persona que decide prescindir de lo más sagrado que tenemos, que desprecia el más básico instinto humano, que es el de la supervivencia, y que no valora el regalo que es la vida, ¿es un cobarde que no tiene huevos para enfrentarse a ella y sus problemas (por gordos que sean) o es un valiente que ha optado por una acción, a mi entender, imposible de llevar a cabo?

He de decir que siempre me deja más poso la opción de la cobardía. Es cierto que una persona como Blesa ha estado en la cárcel, con todo lo que ello conlleva, se ha visto en todos los telediarios y periódicos entrando a un juzgado, le han insultado en la calle y ha comprobado cómo la sociedad ha perdido la confianza en alguien que ha estado en lo más alto. Deshonor y vergüenza. Todo esto, sin entrar a valorar culpabilidades o no, es difícil de gestionar emocionalmente, psicológicamente.

Pero no lo es menos no poder dar de comer a tus hijos o ver cómo precintan tu casa y te echan porque no la puedes pagar o tener que ir a hacer cola para que te den comida porque no puedes comprar nada o tener una empresa con 70 personas que dependen de ti y no poder pagarles porque la Administración no te paga a ti o tener 73 años y no poder cuidar a tu mujer con alzheimer o no soportar la pérdida de un hijo de dos años por una enfermedad. Impotencia, abatimiento y también vergüenza.

Existe también una opción que nos trae la cavilación de estas líneas. La posibilidad de que en el fondo haya un intento de culpabilizar, en esta huida cobarde, al sistema que le llevó a adoptar una decisión así. Es un descargar, hasta en el último momento, la culpa sobre otros. Como si en la muerte se pudiera disfrutar de los remordimientos por tu falta provocados en terceros. Esas ganas irreprimibles por fastidiar a tus padres, que no te entendieron; a un amor, que no te quiso; a unos jueces, que te condenaron…

Los motivos, cómo vemos, pueden ser variados, inducidos o involuntarios, accidentales o naturales, con o sin dinero de por medio. El tema no es fácil y la respuesta a la pregunta clave es un misterio dentro de la psique humana: ¿realmente, qué lleva a una persona a quitarse la vida? No me atrevería a adivinar qué pasa por la cabeza de alguien capaz de tomar la decisión más extrema.

La vida de Blesa, ahora, no estaba resultando fácil. Condenado por las tarjetas black y con diferentes causas pendientes por los sobresueldos en Cajamadrid, las preferentes o el caso del Banco de Florida, el panorama vital no era muy halagüeño. Para algunos es muy fácil sacar conclusiones.

¿Accidente? ¿Asesinato? ¿Suicidio? Da igual, el final es el mismo.

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