7 de diciembre de 2019, 3:42:37
Cultura


Irán, el país donde las mujeres no tienen permitido cantar

Alicia Huerta

Enmarcado en el famoso Festival de Ravenna, el concierto de Riccardo Muti en Teherán al frente de la Orquesta Sinfónica iraní este verano ha servido para recordar una vez más que las mujeres de aquel país tienen prohibido cantar en público.


Irán lleva un tiempo, no mucho, intentando mostrar una nueva cara y limar sus diferencias políticas con Occidente mediante actividades culturales. En 2015, después de que la Orquesta pudiera volver a tocar tras años de prohibición musical de cualquier tipo, el maestro Daniel Barenboim intentó dirigir un concierto en Teherán con la Staatskapelle de Berlín, pero su nacionalidad israelí hizo que el proyecto fracasara. Este verano, Riccardo Muti aprovechaba la conmemoración del vigésimo aniversario del proyecto The Roads of Friendship (Los Caminos de la Amistad) – se inauguró en Sarajevo en 1997 - con el que el Festival de Ravenna promueve el diálogo intercultural a través de la música, para unir a músicos iraníes e italianos en un concierto dedicado a Giuseppe Verdi. Un doble concierto en realidad, ya que al celebrado en Teherán le siguió otro igual en la ciudad italiana de Rávena. En todo caso, el más esperado era sin duda el primero, porque la ciudad iraní llevaba 45 años sin poder acoger un evento de estas características. En 1979, tras la Revolución Islámica, el Ayatolá Jomeini prohibió, entre otras muchas cosas, toda forma de música en la radio y la televisión, con la única excepción de los cantos nacionalistas para animar a las tropas durante la guerra con Irak. Aseguraba que la música pervertía a la juventud y esta norma, en su faceta más estricta, duraría diez años. La apertura progresiva que culminó con la elección en 1997 de Mohammad Jatamí permitió la enseñanza de música clásica, pero se sufrió un nuevo retroceso bajo la presidencia de Ahmadinejad. Desde 2013, la música ha sido autorizada de forma escalonada por el Gobierno de Hasán Rohaní, que ganó las elecciones prometiendo otorgar mayores libertades públicas a los ciudadanos. Y, por fin, se restablecieron el Coro y la Orquesta Sinfónica de Teherán, creada en 1933.

Siempre se ha dicho que la música no entiende de fronteras, pero lo cierto es que el concierto dirigido por Muti también estuvo a punto de naufragar y las autoridades iraníes esperaron hasta el último minuto para dar su autorización al evento. El maestro napolitano quiso, en todo caso, restar importancia a los problemas y celebrar el hito de haber logrado ponerse finalmente al frente de 200 músicos iraníes e italianos. La Orquesta juvenil Luigi Cherubini y el Coro del Teatro Municipal de Piacenza, por parte italiana, y la Orquesta Sinfónica y el Coro de Teherán, del lado iraní. En calidad de solistas, el tenor Piero Pretti, el barítono Luca Salsi y el bajo Riccardo Zanellato. Ninguna soprano pudo subir al escenario. Aunque tanto en el coro como en la orquesta se pudiera ver a mujeres, no fue posible incluirlas entre los solistas: la ley iraní prohíbe que una mujer pueda cantar ante un público mixto si su voz no queda tapada por una masculina. Así que se seleccionaron exclusivamente arias masculinas de Verdi, hecho que Muti justificaba asegurando que nunca se involucran en la política de las naciones que visitan. “No quiero criticar por qué no pudimos usar a una soprano que cantara sola en el escenario”, afirma el maestro, “Me gusta ver la otra parte, que en la orquesta, mujeres y hombres pueden sentarse juntos. Es un gran paso adelante”.

En todo caso, el Twit del Festival de Rávena “¿Podría #Verdi tender un puente entre Irán y Occidente?” dejaba por ello un sabor de boca que no podía ser tan grato como pretendía el maestro. Al menos, no para todos. Sí lo fue para la joven violonchelista iraní Honey Kazerooni, que tocaba por primera vez fuera de su país. “Me encanta ver a otras personas de diferentes lugares con diferentes culturas, con diferente historia, con diferente arte”, ha asegurado sobre la experiencia, “Hoy en día es muy natural que los padres lleven a sus hijos a clases de música. Cuando yo era pequeña era muy raro para mí andar por la calle con un instrumento tan grande. La gente me miraba extrañada, pero ahora ya no, se han acostumbrado”. Las mujeres cuyo instrumento es la voz no lo tienen tan “fácil”, aunque las haya que sigan batallando contra la prohibición que les impide emprender su carrera profesional.

Hace unos años, a la joven música y compositora Sara Najafi se le ocurrió la idea de organizar un concierto en Teherán. Toda una “provocación”, que fue recogida en el documental, No Land's Song, realizado por su propio hermano, Ayat Najafi y que desde su estreno ha sido ampliamente difundido en más de una docena de festivales de cine, donde ha cosechado galardones como el de Mejor documental en el Festival Internacional de cine de Montreal o el Festival Internacional de cine de los Derechos Humanos de París. También se llevó el premio otorgado por el público en el Festival de cine Oriente Medio Ahora y el Premio a la película de la Paz en Osnabruck. Hasta llegar ahí, Sara perdió la cuenta del número de veces que acudió durante este tiempo al Ministerio de Cultura de su país donde siempre le denegaban el permiso. Su arma para conseguirlo fue, como suele ocurrir, el apoyo de otros. De mujeres y hombres, cantantes y músicos, entre ellos Parvin Namazi, Sayeh Sodeyfi, la francesa Jeanne Cherhal o los músicos Edward Perraud y Sébastien Hoog. Con perseverancia, finalmente Sara ha logrado su objetivo de formar un grupo de cantantes femeninas - aunque sus conciertos y la grabación de los discos no se producen en Irán, sino en ciudades europeas -, y lo más importante: seguir llamando la atención sobre lo que ocurre en su país y el deseo de libertad de muchas mujeres iraníes.

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