19 de julio de 2019, 21:44:12
Opinion

DESDE ULTRAMAR


20 años sin Diana de Gales

Marcos Marín Amezcua


Y exactos transcurrieron 20 años en un pispás desde su trágica muerte en París que la inmortalizaría en definitiva, dejándonos la doble sensación de que era injusta y lo ocurrido acaeció en condiciones no del todo claras. Acaso también nos sembró la enorme duda de cómo hubiera sido todo si viviera Diana, princesa de Gales, pues feneció justo cuando parecía reiniciar una vida que iba a dar mucho más de qué hablar. Diana, princesa de Gales, ya no pudo ser más. Hoy sabemos tantos entresijos y vericuetos de esa historia que desluciéndola inevitablemente, apenas guarda ya algo del fulgor de libreas doradas y corazas fulgurantes vistas el día de su despampanante e inolvidable casamiento –de pompa y despliegue notabilísimos– retransmitida al orbe entero en tantas ocasiones desde entonces. De manera inevitable se ha estropeado su nombradía y su reputación, inexorablemente.

No será la primera vez que los índices apunten hacia la mismísima casa real británica y las bocas mascullen hipotéticos nombres responsables guiadas por la sospecha, la conjetura y la suspicacia. Ya episodios como el de Jack El Destripador nos han dejado el caudal de reconcomios y murmuraciones hacia el heredero mal logrado de la reina Victoria, el príncipe Alberto Víctor.

Presuposiciones y elucubraciones aparte alrededor de la muerte de Diana, es verdad que si en vida ya era un icono de moda y belleza, ribeteado después por su compromiso contra las minas asesinas y por ser promotora del medio ambiente –en ambos rubros tocando intereses muy fuertes– también reconózcase: Diana se volvió una suerte de leyenda en vida y su muerte solo la consagró. Su fallecimiento puso fin a un relato de ruptura y dolor que resultaba también ya algo estólido. Lo mejor si es que estaba por venir, ya jamás llegó.

Cuando ella era Princesa de Gales me preguntaba yo si no sonaría raro llamarla en su oportunidad como “reina Diana”, puesto que no era un nombre muy británico para la casa real ni apegado a la solera de la corte de Saint James, al no corresponder a la regalía tradicional adoptada. Hubiera sido la primera reina consorte así denominada, junto a un marido de quien aún se cruzan quinielas acerca del apelativo que adoptará llegado el momento, de cristalizarse, pues sus biógrafos se decantan entre un Carlos III y un Jorge VII. A saber qué suceda.

Diana de Gales transitó del Lady Di compuesta por Baudiot y De Seneville, magníficamente interpretada al piano por Richard Clayderman al Goodbye England’s Rose recompuesta por su amigo Sir Elton John que oímos interpretarla muy sentidamente en la abadía de Westminster en los funerales de su amiga. Aquel acontecimiento era un hito y su transmisión planetaria en directo, un hecho incontrovertiblemente mundial, que colocó a Isabel II de cara a su pueblo, reclamante y sin cuchichear, empero pronunciando mejor de manera soterrada algunos nombres de presuntos culpables.

Alguien dijo que Diana de Gales, la princesa, convirtió en sapo a su esposo, el príncipe. Él tan soso, ella tan radiante. Tan infieles ambos, a fin de cuentas. Es verdad que no supo estar. Al final le falló conseguirlo, pero era humana y justamente mandó al diablo todo lo que la impedía protestar. En efecto. Yo recuerdo que hasta su peinado era imitado. Su estilo abarcaba copiar su mítico vestido de bodas, cuya cauda gigantesca parecía interminable al descender de la carroza que adquiriera el rey Jorge V para su coronación, que la condujo a las escalinatas de la catedral de San Pablo. Al ascender frente a los variopintos uniformados atónitos apostados a su vera, parecía que aquella cola más que prominente, no cabría en tan magnificente edificación. Era un tren jamás visto.

Mientras pasaban los años y se extinguía el refulgir de aquella pareja, descollaba Camila, que jamás se fue. Dicen las malas lenguas que la muerte de Juan Pablo II retrasando como un gesto de sobriedad las segundas nupcias de Carlos ahora con ella, era el regalo de bodas envenenado de Diana. Cotilleos aparte, desde luego.

Los detractores de Diana han repasado sus amantes y sus desaciertos en este vigésimo aniversario y sobresalen las notas de escándalo. Las revistas del corazón han publicado ejemplares repletos de su historia profusamente ilustrada, algunos novedosos tanto en el contenido como en las fotografías. No ha pasado desapercibido esta efeméride luctuosa. ¿Y al final qué nos queda? ¿persisten los recelos y hay que encontrarlos? ¿los hijos han perdonado a la amante de su padre? ¿debería rogar ella morir antes que Carlos o si no será presa de las garras del futuro rey? sospecho que Guillermo será muy duró con ella. ¿Es un mensaje de revancha y de no olvido ni perdón, el que la segunda hija de los duques de Cambridge porte el nombre de Diana y el de su bisabuela Isabel II? ¿se transó? ¿han disminuido los cuestionamientos a la monarquía? ¿cómo saberlo?

Esa reina de corazones que al final tuvo un paso fugaz por la vida –que a veces parece legendario– me resulta a un mismo tiempo tan actual, como también muy lejana ya en el tiempo. Se difuminará su alcance y posiblemente se perderá su influencia tal y como la vimos que fue. Pienso que ya hoy mismo carece en gran medida de tal y para la generación presente es una persona más de la Historia. Jamás sabremos cómo hubieran evolucionado las cosas. Qué rol hubiera jugado y qué sitio le hubieran asignado en los subsecuentes jubileos de su exsuegra y de sus funerales. Cuál hubiera sido el lugar ocupado en las bodas de sus hijos y del momento de conocer a sus nietos. Y en la coronación de su exmarido siendo madre de un futuro rey y el asignado en la coronación de su hijo. Y de su poderosa imagen combinando hermosura, entrega y su sobreposición al statu quo, volviéndola extremadamente popular, muy aparte de su búsqueda incansable por cambiar sus roles y aires. Nos quedaremos con esa sonrisa de a millón y esos ojos azules de tenue tono y de mirada profunda y ávida de captarlo todo.

Tanto cotilleo, chismarajo y recriminaciones dos décadas después, no han cesado. Podríamos pasarnos otros 10 años en el tema y pareciera incombustible. Por lo pronto aún hay muchas preguntas sin respuestas. Inescrutables, desconocemos si algún día sabremos todo acerca de este episodio cubierto por un velo y un cúmulo de complicidades retadoras del mundo cibernético que hoy parece que casi todo lo vela. Lo de Diana, princesa de Gales, es ese “casi” que no sale “invicto” cobijado de misterio y de supuestos, pues va con reveladoras versiones que van juntando las piezas. El siglo XX se la llevó. Ojalá que el XXI entregue las respuestas faltantes.

Cinco días antes que Diana, murió la Madre Teresa. El premio Nobel, la santa que era la más pobre entre los pobres, destacaba y contrastaba con Diana. Sería injusto juzgar igual a ambas por sus vidas diferentes. Ambas demostraron sí, que tales vidas no eran determinantes ni las frenaban en sus afanes. Moraleja: eso sí es lo valioso.

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