19 de noviembre de 2019, 19:10:27
Cultura

ÓPERA


Lucio Silla, la dimisión de un dictador en versión mozartiana

Alicia Huerta

El Teatro Real ha inaugurado este miércoles con gran éxito su temporada, subiendo al escenario una ópera de juventud del genial Mozart que nunca había sido representada en Madrid y en la que ha destacado la interpretación de la Orquesta Titular y de su director, Ivor Bolton.


En septiembre, mes de las asignaturas pendientes, el público madrileño ha visto aprobada con nota excelente la que tenía con una de las óperas menos representadas de Wolfgang Amadeus Mozart. La enorme exigencia de virtuosismo a los solistas y su estatismo son las dos razones de que Lucio Silla no suba a los escenarios con la frecuencia que la belleza y genialidad de la partitura merecerían. En cuanto al primer motivo, algunas de sus arias se cuentan entre las más difíciles que se han escrito para la voz humana, aunque en “descargo” del compositor habría que decir que Mozart escribió la obra que le había sido encargada por el Teatro Regio Ducal de Milán para determinados cantantes, algunos de los mejores de la época, y sabía por tanto lo que podía esperar o no de ellos, cómo hacerlos brillar. De hecho, Mozart tuvo que improvisar importantes cambios de última hora para adaptar el papel del tenor cuando, repentinamente, “el suyo”, Ancargelo Cortoni, enfermó y hubo de ser sustituido. La premura impidió que pudiera encontrarse otro a la altura de sus características vocales, y el compositor tuvo que recortar el papel, eliminando aquellas partes que el sustituto – sin tiempo además para ensayar – no iba a ser capaz de interpretar según la partitura.

Y el contratiempo no era baladí, porque se trataba, para colmo, del personaje que da nombre a la obra basada – sin, al parecer, demasiado rigor histórico – en Lucio Cornelio Silla, notable político y militar romano, convertido en dictador entre los años 81 a. C. y 80 a. C. Un personaje moralmente ambiguo, ya que fue uno de los últimos defensores de la legalidad constitucional romana, pero también uno de los principales responsables de la caída de la República. De tal modo, que para algunos fue simplemente un tirano sanguinario mientras que para otros su figura sea digna de elogio, ya que utilizó su mandato para realizar una ambiciosa obra legislativa, pero, sobre todo, porque una vez cumplido ese objetivo, dejó “el cargo” y se volvió a su casa, a la condición de simple ciudadano. Mozart refleja, en todo caso, ambas caras del dictador: la del déspota endiosado que quiere imponerse a cualquier precio y la de hombre enamorado que al final entona una especie de “ahí os quedáis” cuando el esposo presuntamente fallecido de la mujer que ama reaparece y él aún no ha conseguido que ella “acepte” casarse con él. Ni siquiera apelando al Senado.

Así que con un protagonista de tan complejo e importante perfil histórico, seguro que Mozart no lo tuvo fácil para reescribir su parte en la obra cuando se quedó, de un día para otro, sin su tenor. Sin embargo, es precisamente en estos trances cuando más brilla la genialidad: Mozart trazó un perfil de Silla débil, exhausto, iracundo e incapaz de expresar sus sentimientos. Y con la mala suerte de enamorarse de Giunia, la hija del hombre que había derrotado para hacerse con el poder. Un perfil, el de Silla, que Mozart decidió reforzar con la orquesta, para que fuera ella quien “hablara” por el personaje, expresara los cambiantes estados de ánimo del dictador. Es decir, que la orquesta se convertía de pronto en protagonista, algo nuevo para la época. Por ello, esta obra supone una ocasión de oro para que el foso se luzca, como ocurría precisamente en el estreno madrileño de anoche de esta producción de 2005. A las órdenes de la exquisita batuta del mozartiano Ivor Bolton, director musical del coliseo madrileño, la Orquesta Titular del Teatro Real se llevaba anoche la mayor ovación de un público por completo convencido. Una ovación que también acababa de recibir la soprano francesa Patricia Petibon por su intensa interpretación de la mujer que osa decir no al dictador, Giunia, convertida asimismo en protagonista de gran peso tras los cambios de última hora en el papel de Silla. Junto a ella, solvente en su interpretación vocal y actoral, el tenor estadounidense Kurt Streit, ha sido asimismo muy aplaudido, igual que lo han sido la mezzosoprano valenciana Silvia Tro Santafé por su interpretación de Cecilio, Igna Kalna en su complejo rol de Lucio Cinna, María José Moreno dando voz y vida a la hermana del dictador y Kenneth Tarver, como Aufidio.

Capítulo aparte merece el referente a la puesta en escena de esta producción creada por Claus Guth y que ha contribuido con gran acierto a que la tercera ópera compuesta por el precoz genio de Salzburgo pueda subirse a escenarios que no la habían recibido nunca o donde hacía muchos años que no estaba en cartel. Porque como decíamos al principio, el segundo motivo de la escasa representación de Silla reside en un estatismo difícil de combatir que el director alemán supera con originalidad y recursos altamente eficaces. Precisas herramientas teatrales que logran mantener dinámica una acción, a la que permite fluir durante las más de tres horas que dura la obra y con momentos, incluso, de sorprendente tensión dramática. El escenario giratorio del escenógrafo Christian Schmidt facilita la consecución de las diferentes escenas que Guth presenta a modo de cuadros dotados de enorme plasticidad, que ofrecen en conjunto una escena inteligente y una interpretación actoral impecable. Un conjunto, el escénico, igualmente muy premiado por el público que anoche asistía a un estreno doble: la primera vez de Lucio Silla en Madrid y la apertura de esta especial temporada 2017-2018, llena de conmemoraciones importantes. Solo acabamos de empezar.

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