20 de noviembre de 2019, 7:53:13
Opinion

DESDE ULTRAMAR


1917-2017: Centenario de la “Revolución de octubre”

Marcos Marín Amezcua


2017 acumula varios centenarios y este es uno de los más significativos. Apelo al 25 de octubre de 1917 en que el calendario juliano atestiguó el triunfo de la llamada “Revolución de octubre”, la bolchevique, la contrapropuesta a la de febrero de aquel año, menchevique, y que ya no sería derrotada, pese a ser diezmada, perseguida, sitiada, por un Occidente que sabía que la lucha obrera y campesina bien que podía estallar en sus confines, en sus cotos hambrientos y tan hartos como del zarismo, de la Primera Guerra Mundial, la otrora llamada la Gran Guerra.

La Revolución Rusa de octubre tiene por símbolo la toma del Palacio de Invierno, en San Petersburgo, ya denominada Petrogrado. Sería al final sinónimo tal episodio de la de Revolución de octubre. Al final de cuentas los bolcheviques se agenciaron el poder, fueron sanguinarios y no hubo manera de echarlos. Y si usted ha estado en el portentoso y mirífico Palacio de Invierno sabe que uno olfatea los trascendentales sucesos acaecidos allí mismo.

No podemos negar que la Revolución Rusa edificó una superpotencia. Porque el mérito fue soviético y nada más. La URSS lo fue por esta gesta, no por Pedro el Grande o Catalina II. Cada cosa en su sitio. Y la revolución proyectó al país como potencia dominadora, urdió su sistema impositivo, lo mismo que la proyectó al espacio sideral. No fue menor la hazaña –y lo digo en pasado porque cerrada está la contienda y muerta la Unión Soviética– y ciertamente a un alto costo. La Segunda Guerra Mundial selló su permanencia.

Desde luego que las purgas derivadas de las rivalidades entre bandos, Stalin y Trotsky señaladamente, rebotaron en episodios como el miserable asesinato del segundo en México, hasta donde llegó el brazo ejecutor del asesino Stalin que no le perdonó la vida ni a él ni a sus familiares cercanos, como bien documenta el museo erigido en su honor en la capital mexicana, donde yace sepultado luego del atentado perpetrado por el barcelonés Ramón Mercader.

Eso sí, nunca he admitido que ningún prorruso sostenga que los soviéticos no fueron imperialistas, pues ni obviaron su tradición rusa de serlo y lo fueron como soviéticos, porque sí lo fueron, así se tratara de llevar las mieles de su revolución por el mundo y las bondades del paraíso del proletariado o al levantar su bloque de satélites. Impusieron su fuerza allí donde los dejaron. Claro que sí. No inventaron el imperialismo, pero lo supieron explotar magníficamente. Dije mieles de su revolución, aunque los conocidos de países del Este europeo no añoran el periodo soviético y lo que más señalan es la acuciante falta de libertades que prevaleció en tal época. Y todavía en los noventa ese esperpento de Chirinovski pedía retomar el imperialismo soviético. Amenazaba con expandirse al océano Índico.

La Revolución Rusa se victimizó, pero fue imperialista. Por socialistas que fueran y erigieran estatuas a Marx y Lenin. No hay imperialismos buenos o malos. Hay imperialismos y punto, desmintiendo así en los hechos las teorías marxistas de que la ambición solo va ligada al capital. ¡Qué va!

La revolución rusa fue tan terrible como otras. Desbarató el viejo orden feudal ruso, aniquiló sus estamentos, asesinó a millones, muchos injustamente y como parte de sus progroms y sus purgas políticas por desacato, religión y rivalidad política. A sangre y fuego inspiró y levantó a una de las dos superpotencias de la Posguerra, porque tampoco eso puede obviarse. La idea del socialismo y del “Hombre nuevo” que acalló libertades y sometió pueblos enteros dentro y fuera de sus fronteras soviéticas, rusificándolos, también abrevó de sus valores. Y desde luego que solidificó su icono más significativo, la hoz y el martillo. Quedó para el folclore el cuerpo de Lenin momificado. Mas solo eran visos de su poderío, ese que sometió a una parte considerable del orbe.

La Revolución Rusa tiene un periodo armado definido. Para cuando murió Lenin (1924) ya había pasado. Lo demás fue edificar sobre su legado. Quienes vivimos la Guerra Fría sin radicar en países socialistas situados en la órbita soviética, recordamos bien el despliegue del día de la Revolución de octubre, celebrándose en noviembre por el lío de la adecuación del calendario gregoriano adoptado en la era soviética como oficial, la misma que devolvió a Moscú la capitalidad. Recordamos la soberbia soviética, su enigmática existencia. Alguna vez visité la embajada soviética en Ciudad de México y todo era tan hermético, tan cuadrado, tan impenetrable. La URSS parecía inexpugnable, y la Glasnots de Gorvachov y su Perestroika apenas eran atisbos de ligeras libertades.

Gorvachov daría a la Unión Soviética un rostro más humano, pero los valores soviéticos emanados de la Revolución Rusa perdurarían. Los logros del socialismo, la propaganda que los acompañó y desde luego la capacidad para mostrar los alcances del “Hombre Nuevo”, sirvieron para inspirar partidos comunistas por todo el globo terráqueo, como sucedió en México y con figuras emblemáticas afines como Diego Rivera y Frida Kalho.

Porque es verdad que al haber hecho una revolución, México simpatizó con la rusa, porque en México la palabra “revolución” es admitida con toda naturalidad (la encontramos en nombres de plazas y avenidas) y país que cuente con una nos ha entusiasmado. Particularmente Rusia y Cuba, porque las sentimos cercanas. De la URSS copiamos el plan quinquenal y la educación socialista en tiempos de cardenismo. México y la URSS reanudaron relaciones diplomáticas en la Segunda Guerra Mundial y México usó su acercamiento a la Unión Soviética para marcar distancia con EE.UU., en medio del nacionalismo revolucionario mexicano. Por eso México no boicoteó los jj.oo. de Moscú’80. Claro, vistos los soviéticos a la distancia, pues nunca los tuvimos encima.

Ahora bien, no obstante que se produjo el derrumbe del socialismo y con él las estatuas de Lenin, de Stalin y de Marx, con la modificación del nombre de Leningrado y de Stalingrado, por elemental justicia histórica, y la canonización ortodoxa de Nicolás II y su familia, todo lo cual parecía impensable que sucediera en los años 80, cuando el cénit del poderío soviético parecía consolidado e imbatible, el sentimiento por la Revolución Rusa no parece haber menguado. Aún con la caída y desmembramiento de la URSS, perdiendo la Guerra Fría.

Eso sí, cuando visité Rusia en 2001 se hablaba de todo aquel periodo como en pasado, nostálgicos añorando el dominio perdido, desdeñando a Europa. Y no les gustaba ni ser pasado ni ser segundos. No cabe duda que Putin cual si fuera un nuevo zar, vino a infundir un orgullo nacional perdido, insuflando los ánimos, devolviéndolo. Empero, en medio de una Rusia de libertades, con un pie en la etapa previa reciente y otro retando el futuro deseosa de regresar a las andadas imperialistas, con una Crimea engullida, nos conduce a preguntarnos qué quedó de la Revolución Rusa. No es tan sencillo saberlo. A veces parece que solo las imágenes viejas en blanco y negro. Mas como si hoy hubiera una suerte de amnesia, de un no querer recordar. Acaso por eso y porque están los rusos en una nueva dinámica capitalista, parece que este centenario está deslucido.

Claro es que la gente de ideología y las organizaciones de izquierda la resaltan, pero no más que eso. Uno hubiera esperado más despliegue y no es el caso y eso que hablamos de uno de los grandes acontecimientos del siglo XX. Pero es lo que hay.

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