18 de enero de 2021, 15:32:56
Opinión


De la carrera hacia el 2012

Luis Medina Peña


Es costumbre mexicanísima adelantar vísperas en las sucesiones a la presidencia de la República. Desde que rige la no-reelección, es costumbre que las especulaciones empiecen tan pronto el presidente en el cargo ha entrado en funciones. En la picaresca política, a este deporte nacional se le llama “futurismo”. El futurismo está desatado a dos años de la asunción del cargo por parte del señor Felipe de Jesús Calderón, del Partido de Acción Nacional. Pero lo curioso está más activo, no tanto en el partido en el poder, sino en la oposición de izquierda, el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Como se sabe, el ex candidato a la presidencia de la República por ese partido, Andrés Manuel López Obrador, no aceptó la derrota en 2006 y se impuso la obligación de dirigir un movimiento nacional en calidad de “presidente legítimo” para abonar a una renovada candidatura en el 2012. Esto ha enrarecido notablemente el ambiente político mexicano y le ha presentado serios problemas al gobierno de Calderón.

Un pupilo del señor López, Marcelo Ebrard, al cual heredó la Jefatura de Gobierno en la ciudad de México, tuvo la ocurrencia de admitir que él también quisiera ser candidato por el PRD al supremo cargo nacional en 2012 en competencia con su jefe y protector. La tensión en la izquierda había montado el último par de meses porque Ebrard gobernaba con acierto la inhumana ciudad a la par que anunciaba nuevas y atractivas obras públicas que abonaban a su imagen pública, en tanto que los esfuerzos del señor López Obrador por torpedear la iniciativa energética del gobierno iban en declive en cuanto a resultados mediáticos. En las páginas de opinión de los diarios ya se comentaba con elogios el buen desempeño de Ebrard. Esto obviamente no caía bien en las filas del señor López, ahora amalgamadas en un frente amplio, pero poco o nada podían hacer para detener al pupilo.

Pero las grandes ciudades están sembradas de trampas, y la administración de Ebrard cayó en una peligrosa al fallar un operativo policíaco en una discoteca de medio pelo en un barrio pobre, en donde varios cientos de jóvenes adolescentes celebraban el fin de cursos escolares en una tardeada. El pretexto: que se vendía cerveza, quizá drogas, a menores de edad. Inscrito dentro de la política de tolerancia cero, aconsejada en su momento por el ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, el operativo se llevó a cabo con el ejercicio de las salvajes costumbres de la policía metropolitana. Resultado, doce muertos (nueve jóvenes y tres policías) en una estampida a la cual le bloquearon las salidas. Ante la indignación de la opinión pública el hecho provocó de inmediato las reacciones oficiales consabidas en el gobierno del DF: estrategia de control de daños, búsqueda de culpables en los escalones inferiores, amenazas a los deudos, consignaciones y declaraciones; ríos de dinero a la prensa para que guarden la imagen del titular del gobierno de la ciudad. A los errores del “operativo” se agregó el desarreglo en los procedimientos iniciados por la Procuraduría del DF. La indagación y las consignaciones se han hecho con gran desaseo en formas y procedimientos. A como van las cosas, todo se confabula para terminar en condenas de funcionarios menores y policías, en tanto se capea el temporal.

Minimizar los hechos no se pudo, a pesar del dinero repartido. Las nuevas tecnologías (cámaras y teléfonos móviles) multiplicaron los videos tomados por los jóvenes asistentes. (Se pueden consultar en YouTube, dirección “news divine”, ahí están todos). Además de documentar la estulticia de las autoridades, estos videos asenderean las formas emergentes de comunicación electrónica, ante la cual casi nada puede ocultarse y los intentos de manipulación de la información resultan inútiles.

Pero lo que más llama la atención es la forma en que el PRD dejó a Ebrard en la estacada. Casi todos los comentaristas interpretaron el silencio de la izquierda como un apoyo tácito a Ebrard. Pero en realidad fue la manera en que el PRD ha empezado a deslindarse de un político mal tolerado en sus filas. Puertas adentro del partido se dieron sólo tres descafeinadas defensas del jefe de gobierno. Don Guadalupe Acosta, presidente nacional del PRD, aclaró que Ebrard no puede constitucionalmente remover al jefe de la policía, sino que le toca al presidente de la República; Alejandra Barrales, líder del partido en la ciudad, anunció un frente legislativo para “defender los derechos de la ciudad” (sic), y López Obrador, en un mitin en el Zócalo de la ciudad de México, afirmó que Ebrard es un “buen funcionario”. Esto contrasta de manera notable con el aluvión de declaraciones que motivó el fallido intento de desafuero de López Obrador, entonces jefe de gobierno de la ciudad de México, por violar un amparo de la justicia federal, en 2004. Tarde o temprano este deslinde se hubiera planteado; los trágicos sucesos de la discoteca únicamente lo adelantaron y por los pronto lo han resuelto a favor de López Obrador, caudillo máximo de la izquierda mexicana.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2021   |  www.elimparcial.es