25 de enero de 2020, 13:33:28
Sociedad

CIENCIA Y TECNOLOGÍA


Reportaje. ¿Cómo puede la Inteligencia Artificial ayudar a prevenir el suicidio?

Eduardo Villamil

Desde hace algún tiempo, compañías como Facebook emplean sus algoritmos para detectar patrones de comportamiento autodestructivos.


Cada año, unas 800.000 personas se quitan la vida en todo el mundo. Mientras la esperanza de vida se ha doblado en menos de un siglo, las cifras de suicidios van en aumento. En pleno siglo XXI, este eterno tabú social del que Hermann Hesse se sirvió para clasificar a los humanos en su 'Lobo Estepario', está "muy vivo".

En España, el número de muertes autoinfligidas ha crecido más de un 100% desde 1980, pasando de 1.652 a 3.602, en 2015, último año del que se tienen registros. No obstante, según indica la OMS, por cada suicidio hay muchas tentativas, muchos intentos frustrados, ya sea voluntaria o involuntariamente.

Fuente: INE

A lo largo de la historia, la consideración social del suicidio ha experimentado diferentes estadios, muy divergentes en función de cada cultura. Para los antiguos atenienses, quitarse la vida mediante la ingestión de cicuta, como hizo Sócrates, era una forma de mantener el honor. El código ético de los samuráis, o bushido, dictaba que un hombre debía abrirse las entrañas con una espada (harakiri) bien para morir con honor y no revelar secretos a sus enemigos en caso de inminente captura, o bien como pena capital.

Sin embargo, desde el Concilio de Arlés, celebrado en el año 452, la Iglesia pasaría a considerarlo una obra de Satanás, y una razón de inmediata excomunión. Ello provocó que en países de gran raigambre cristiana, como Francia, Alemania o Inglaterra, se adquiriera la costumbre de arrastrar el cadáver del suicida por las calles para luego colgarlo boca abajo en una pila de basura. Por supuesto, sus propiedades eran confiscadas y su familia perdía todo derecho de herencia y era inmediatamente reprobada.

Con la irrupción del Renacimiento y su epílogo racionalista, autores como Dorne o Hume, comenzaron a mostrar una visión más abierta del suicidio: "Un hombre que se retira de la vida no hace daño alguno a la sociedad; lo único que hace es dejar de producirle bien. Y si esto es una ofensa, es, ciertamente, de la más modesta especie", escribiría este último. La penúltima de las concepciones sobre el suicidio, que se extendió por la Europa del siglo XIX, atribuiría su causa a la locura.

Lo que hoy sabemos es que no hay una única causa que puede llevar a una persona a tener la idea extrema de poner punto y final a su vida. Si bien las enfermedades mentales suelen estar detrás de la mayoría de los suicidios, existen otros factores de riesgo, como las drogas, las enfermedades terminales o dolorosas, las situaciones de estrés extremo, como el acoso escolar, la pobreza o el abuso sexual. Pero la última tendencia, la más absurda de todas, es la del suicidio por idealización. Es decir, la asunción de la idea como un dogma que embota la maleable mente de quien la recibe. Por ejemplo, en 2008, un foro japonés compartió información sobre la posibilidad de suicidarse con ácido sulfhídrico. Poco después, 220 personas intentaron suicidarse de esa forma. 208 lo consiguieron. Así de frágil es la vida.

Edouard Manet - 'Le Suicidé' | Wikimedia Commons

Suicidios e Internet

Las nuevas tecnologías e Internet han modificado para siempre el paradigma humano, transformando la forma en que el individuo se comunica, no sólo con los demás, sino también consigo mismo. En una época en la que el número de horas que el humano pasa frente a una pantalla es creciente, no es extraño que el suicidio se haya convertido en un tema recurrente en la Red.

A principios de este año, saltó a la fama mundial el fenómeno de la "Ballena Azul", un siniestro juego en el que un "administrador" que capta a sus víctimas a través de redes sociales (por lo general, adolescentes con problemas de autoestima) y les va poniendo retos autolesivos cada vez más exigentes que culminan con el suicidio del jugador/víctima. Las muertes de jóvenes se sucedieron a cientos por todo el mundo. La denostada Deep Web, el antiguo paraíso del cibercriminal, ya muy controlada por el FBI y otras agencias policiales, ha servido durante años para dar cobijo a miles de personas que colgaban en foros guías para quitarse la vida.

El juego de la 'Ballena Azul' | EFE

Hace apenas unos días, la actriz porno canadiense, August Ames, de 23 años, apareció muerta después de ser objeto de críticas en las redes sociales, luego de que la joven dijera que no quería protagonizar una escena de sexo con un actor que había participado de una película porno gay. Junto a su cadáver se encontró una carta en la que se disculpaba con su familia y sus padres por haberse quitado la vida.

Inteligencia Artificial

Desde hace cierto tiempo, algunas de las compañías tecnológicas más importantes del mundo investigan cómo identificar patrones de potenciales suicidas en Internet. Mindstrong, una desarrolladora de aplicaciones de Palo Alto (California), está desarrollando y probando algoritmos de aprendizaje automático para correlacionar el lenguaje que usan las personas y su comportamiento (como la velocidad de desplazamiento en teléfonos inteligentes), con síntomas de depresión y otros trastornos mentales.

Mediante el análisis de 54 millones de mensajes, Bob Filbin, científico jefe de datos de Crisis Text Line ("una línea de apoyo a personas con problemas"), se ha dado cuenta de que los individuos que contemplan la posibilidad de terminar con sus vidas rara vez usan la palabra 'suicidio'. Términos como 'ibuprofeno' o 'puente' suelen ser mejores indicadores de pensamientos suicidas. Con la ayuda de tales ideas, Filbin afirma que los asesores de Crisis Text Line generalmente pueden determinar en no más de tres mensajes si deben alertar al personal de emergencia sobre una amenaza inminente.

Gigantes como Facebook, Google o Apple también están desarrollando métodos de detección propios, que se valdrán de algoritmos de inteligencia artificial para encontrar posibles casos de suicidas. Normalmente, un suicida niega ante los psicólogos haber considerado quitarse la vida. Sin embargo, con la ventana digital de las redes sociales o los buscadores, esa falsa apariencia se diluye en una binaria y fría realidad de unos y ceros. Cada perfil, cada clic, cada publicación, será una pista que puede ayudar.

El pasado 27 de noviembre Facebook anunció un proyecto de análisis de datos y ayuda para prevenir suicidios, a través de la IA | EFE

No obstante, no han tardado en oírse voces críticas que apuntan a posibles vulneraciones de la privacidad. El nuevo programa de prevención de suicidios de Facebook depende en gran medida de los informes de los usuarios, así como de algoritmos propios que escanean las publicaciones en busca de "señales de alerta", que luego contactan al internauta o avisan a un moderador humano. El moderador decide si advertir a las personas, proporcionar enlaces a recursos como Crisis Text Line o notificar al personal de respuesta de emergencia.

Sin embargo, la compañía de Menlo Park no ha desvelado detalles sobre el funcionamiento de los algoritmos o los moderadores, ni se ha especificado si se realizará un seguimiento a los usuarios para validar los algoritmos o evaluar la eficacia de la intervención. Facebook ya ha dicho que las herramientas se desarrollan "en colaboración con expertos" y que los usuarios no pueden optar por no recibir el servicio.

Las aplicaciones de la Red en materia de prevención son innegables, pero merecen un cuidadoso análisis. La privacidad de los usuarios se ha convertido en uno de los caballos de batalla de algunos sectores de la sociedad moderna, reacia a que el viejo fantasma de '1984' cobre vida. No se discute el fondo pero sí la forma. Nadie ignora (o al menos no debería) que cada 'clic' en un ordenador o cada 'tac' en un dispositivo táctil es una miga de pan en un sinuoso y dilatado rastro virtual. La cuestión reside en dilucidar cuánta ventaja nos dejarán compañías como Facebook o Google.

"Abandonarse al dolor sin resistir es abandonar el campo de batalla sin haber luchado"

Napoleón Bonaparte

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